Fariba Akemi guardó su vida en dos valijas cuando huyó de Afganistán para escapar de más de dos décadas de vida bajo los talibanes y buscar un futuro mejor para sus hijas. Se estremeció de miedo cuando el grupo islamista regresó al poder con la conquista de Kabul la semana pasada. "Si me encuentran, me matan", le dice Akemi a The Independent desde su nuevo hogar en Delhi. “Los talibanes habían emitido una orden de muerte”, dice, una sin fecha de vencimiento.

Esta mujer de 40 años de Herat, la tercera ciudad más grande de Afganistán, tomó la decisión imposible hace cuatro años cuando decidió dejar atrás a toda su familia, amigos y parientes, sabiendo que nunca podría regresar. Fue el precio que tuvo que pagar para dejar atrás a su esposo, dice, de quien descubrió que era un combatiente talibán. 

Akemi cuenta que tenía solo 14 años cuando sus padres la casaron con un conocido del que sabían poco. “En Herat, a nadie le importa la edad. Él era 20 años mayor que yo y sin embargo acepté mi nikah (matrimonio) con él ya que estábamos enfrentando problemas financieros extremos. Nadie en mi familia conocía su identidad real ”, dice, hablando en el hindi que aprendió viendo películas de Bollywood en Afganistán.

“Poco después de nuestra boda, comenzó a golpearme y abusar de mí. A veces no regresaba a casa durante días y meses. Todo empezó a desmoronarse. Me robaron la educación porque él nunca me dejó estudiar, porque para él una esposa era simplemente un khidmati [servidor] para él. Lo acepté como mi destino y tuvimos cuatro hijas”, dice. 

La situación, que ya era desoladora, empeoró dramáticamente cuando la hija mayor de Akemi cumplió 14 años. Dice que su esposo comenzó a acumular grandes deudas y vendió a la niña para casarla con un combatiente talibán. “Solía consumir drogas y se involucró en su negocio. Vendió a mi hija mayor, que tenía 14 años en ese momento, por 500.000 afganos (4.225 libras esterlinas). Solía llorar todo el tiempo y nadie nos ayudaba. Me amenazó con que haría lo mismo con mis otras tres hijas si se lo contaba a alguien”, dice.

“Un día llegó a casa y dijo que había vendido a nuestra segunda hija. Estaba devastada y no podía dejar de llorar. Era muy pequeña, de unos 11 ó 12 años. Fui a la policía y al gobierno afgano para buscar ayuda para encontrar a mi hija”, dice. Akemi dice que su esposo se enteró de que había acudido a las autoridades en busca de ayuda y que respondió atacándola con un cuchillo. “Me hirió en cuatro lugares. Todavía llevo las cicatrices en el cuello y los brazos, y mis dos dedos no funcionan”.

Temerosa pero negándose a ceder, volvió a acudir a la policía para presentar una denuncia. Pero esta vez su marido había huido de Herat, y fue entonces cuando la policía confirmó oficialmente que era un combatiente talibán. “Después de que se fue, recibí una llamada de los talibanes diciendo que necesitaban a mi tercera hija porque mi esposo ya había cobrado por ella”. Este fue el punto de ruptura de Akemi: después de haber perdido a dos hijas, tuvo que elegir entre dejar que sus hermanas también fueran vendidas a los talibanes o huir a una tierra extranjera desconocida sin ningún apoyo o certeza sobre el futuro.

Akemi dice que los talibanes han enviado repetidos avisos a su familia en Herat, emitiendo una condena a muerte y diciendo que ellos también enfrentarían graves consecuencias si ella no regresaba con sus hijas. “Los talibanes me condenaron a muerte por escapar con mis dos hijas. Pero el aviso no dice nada sobre las dos hijas que perdí. No tengo idea de lo que les pasó o si están vivas o muertas”, dice.

Desde que tomaron las riendas del gobierno afgano el 15 de agosto, los líderes talibanes han intentado ofrecer garantías de que respetarán los derechos de la mujer dentro de las normas de la ley islámica. “Vamos a permitir que las mujeres trabajen y estudien. Tenemos encuadres, por supuesto. Las mujeres van a estar muy activas en la sociedad pero dentro del marco del Islam”, dijo Zabihullah Mujahid, portavoz del grupo, en una conferencia de prensa en Kabul la semana pasada.

Akemi dice que no cree en lo que ella llama las "promesas vacías de recuperar el poder". “Su forma de pensar nunca puede cambiar. Se presentan a sí mismos como reformados, pero en realidad son los mismos que antes". dice.

Al describir a los talibanes como “el enemigo del mundo”, Akemi dice: “Hay muchas mujeres como yo que dirían lo mismo pero están demasiado asustadas para hablar. Pronto el mundo volverá a saber cómo es la vida bajo el gobierno de los talibanes”, añade. Akemi dice que pudo haber escapado, pero aún teme por su seguridad y la de su familia. “He pasado noches sin dormir desde que los talibanes regresaron al poder. Tengo toda mi familia, mis hermanos, hermanas, padre y madre en Herat. El wifi es demasiado débil en Herat ahora para hablar con ellos en una videollamada y ver sus caras. Los extraño y tengo miedo por ellos. Nunca podré perdonarme a mí misma si les pasa algo”, dice.

Akemi dice que se siente obligada a hablar ahora con la esperanza de que las autoridades indias le otorguen una tarjeta de refugiada, lo que le permitiría acceder a varios derechos. Ella es muy consciente de los peligros a los que aún se enfrenta, pero cree que no tiene otra opción. Dice que su marido ya sabe que vive en Delhi, después que un YouTuber afgano filmara un video de ella y lo publicara en su canal.

“Mis hijas están petrificadas, se preocupan por mí”, dice. “Mientras camino por la carretera, temo que alguien me apuñale por la espalda o que alguien secuestre a mis hijas. India me ha dado mucho, pero necesito irme de India ahora. Necesito ayuda del gobierno indio." Akemi había estado trabajando en un gimnasio antes de que la pandemia lo cerrara junto con muchos otros espacios públicos. La situación de la Covid en Delhi también ha retrasado el proceso de solicitud de su tarjeta de identificación de refugiada.

“Mi caso ha estado pendiente debido a la pandemia de covid. Temo por mi vida y la pandemia ha reducido los ahorros. Estuve sin trabajo la mayor parte del tiempo”, dice. “Todo lo que pido es el derecho humano básico a la seguridad y a la vida. Necesito ayuda para que mis dos hijas no corran la misma suerte que sus hermanas”.


De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12

Traducción: Celita Doyhambéhère