Nunca el futuro fue tan fácil de adivinar. No me refiero al número que saldrá en la lotería o al equipo que saldrá campeón, sino al rol del hombre común en la histérica sociedad que se desarrolla frente a nuestros ojos y oídos. Porque el futuro es este presente pero que se volverá más histérico e hiperkinético aún. Y más desigual, aunque en la desigualdad todos tendremos nuestra cuota de pertenencia.

No me crea pesimista. No lo soy. Porque además creo que en ese mundo delirante habrá barreras, reparos, proyectos nacionales, peronismo, etc., que darán alguna tregua. Pero ya iremos a eso. Ahora vayamos a tratar de entender el futuro.

El diagnóstico más evidente es que el mundo cambió tan drásticamente que nos agarró desprevenidos y con pocas ganas de rebelarnos. Me refiero a las rebeliones con ideología, claro, porque de las otras, las que son mezclas de catarsis, desconcierto e imbecilidad, hay para hacer dulce.

Y no es que hayamos dejado de desear un mundo más justo, el hombre nuevo y bla… bla… Es que ya no sabemos dónde buscar, a quién pedírselo, contra quién luchar y en qué lengua. La velocidad de pensar y actuar del hombre común es tracción a sangre comparada con la del nuevo poder, que va en jet y que no duerme y nunca deja de acumular. Y acá, la parábola de la tortuga difícilmente se cumpla.

Pero si apenas nos dimos cuenta de que en pocos años el mundo cambió de manos y tiene nuevos dueños. Y las herramientas no fueron los ejércitos sino empresas sin tierras y sin banderas, llámense fondos buitres o Facebook, que a velocidades inusitadas se van quedando con todo, incluso con nuestras subjetividades a través de likes, emoticones y el derecho (no conquistado) de tener un terrenito en territorios vacíos y amigos desconocidos en lugares que nunca pisaremos.

Lo fascinante de ese futuro es que allí hay un lugar para todos. Esta hipermodernidad es, si se quiere, más justa que el lugar de donde venimos, con ese imperialismo donde algunos comían caviar y otros lamían cáscaras de papa. Bueno… de eso habrá también, alguien tiene que barrer y limpiar los culos de los ricos.

Pero en el futuro al que me refiero todos tendremos derecho a ser un algoritmo. No importa si se está en guerra civil, en la pobreza más abyecta o en una patera que te puede llevar a Benidorm o a la muerte. Aun así, participaremos de las ceremonias del streaming y sabremos qué serie debemos ver. Allí, en ese último minuto de vida, seremos buenos consumidores de apps, dejaremos likes para la posteridad y chequearemos en tiempo real si nuestro equipo ganó.

La rebelión de siempre, el deseo de cambiar el mundo, se volvió el deseo de ser parte de él, de pertenecer. Entramos como corderitos al circo donde somos actores y espectadores. Sin cobrar, eso sí. Pagando, más bien. Pagando para mostrar nuestro trabajo o simplemente para poder trabajar. Sí, esta modernidad es tan loca que se paga para poder trabajar. ¿Cómo desaprovechar el éxtasis de creer que en Alaska saben que existimos y que somos capaces de crear efímera belleza o efímeras risas?

Hasta la concepción del delito nos cambiaron. Los garcas licuaron sus mierdas y ni reaccionamos. Dejaron que supiéramos sus trapisondas en medio de miles de noticias glamorosas. Nos contaron que nos espían, que se llevan la guita a Panamá y que mienten a mansalva. Y nada. No pasó nada. Más de una vez pensamos lo mal que la iban a pasar estas basuras cuando se supiera esto. Se supo y no cambió nada.

No hay que ser mago ni filósofo para entender que la posibilidad de que esto vire es nula. Siempre puede haber un imponderable. Pero ese imponderable llegó, se llamó pandemia, y a pesar de los charlatanes que predestinaran cambios, el sistema apenas se corrió de su eje. Y se corrió al rincón donde más le convenía.

¿Hay opciones de huir? Siempre se puede elegir, dicen los héroes de la televisión y del cine. Pero retirarse a la montaña es cada vez más difícil. Están privatizadas y plagadas de carteles de publicidad. Hay quiénes huyen, claro. Unos pocos, estadística insignificante para cambiar lo esencial.

Y además no lo deseamos. Queremos nuestra cuota de droga, ser fan destacado de la página de Magoya y que Amazon nos llame por nuestro nombre cuando nos incite a comprar el helado que nos gusta. Y es justo el que nos gusta. ¿No es genial?

Por esa misma ventana, dentro de ese mismo pack, mezclado con esa misma droga, entra el discurso que quiere borrar el pasado y enturbiarlo todo. Por esa ventana volvió el fascismo. Y un día saltamos del helado preferido al imbécil preferido: dos al precio de uno. Acepte la oferta que vence a medianoche.

Quizá la única rebelión que se está dando sea una ajena a nuestros principios, los de la gente politizada. Y es la rebelión del pataleo constante. Esa suerte de negarlo todo, de entender a medias o de no entender un carajo ni esforzarse para hacerlo. Gritar, sacarse la camiseta de tu partido político y ponerse otra, cualquiera. Tatuarse si no lo estás y destatuarse si lo estás. Negar que el mundo es redondo. Negar la biología, incluso. Algo que no parece una revolución sino más bien a retirarse al rincón donde no llegan las ideas, o llegan demasiados confusas.

La teoría del aceleracionismo (“Manifiesto de una política aceleracionista”, Alex Willians y Nick Srnicek, 2013) da una probable explicación: hay impulsos (dados por la gente, aún sin saber) que empujan las taras del sistema capitalista más allá de lo razonable para que nazca algo aún desconocido. Sin nombre. Un esperpento. ¿Quién empuja? Todos y nadie. ¿Llegará ese momento? Quizá esté llegando, simplemente.

Hay barreras, claro. Seguro que en África hay barreras que desconocemos. Acá hay barreras. El peronismo, por ejemplo. Los proyectos nacionales (o el populismo) ponen una barrera ante el embate global de la derecha (aunque ya esto excede a la derecha) que trafican con nuestros deseos de pertenecer. Es que la embarrada viene con todo. Y es global y potenciada desde las mismas plataformas que te preguntan: “Javier, ¿todavía no te compraste esa guitarra que tanto soñás? Y me muestra la guitarra con la que sueño. Esas barreras resistirán hasta que no resistirán más. Pero eso se lo cuento en la próxima nota.

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