CINE
El secreto en sus ojos
Todo lo que usted imagine si le dicen que Nadie nos mira es una película sobre un niñero gay que cuida a un bebé en Nueva York estará equivocado. Una vez más Julia Solomonoff, la directora de El verano de la boyita, reconstruye lo imprevisto en torno del secreto y las identidades que fluyen.
Guillermo Pfening, protagonista de Nadie nos mira, premio a mejor actor en el Festival de Tribeca.Guillermo Pfening, protagonista de Nadie nos mira, premio a mejor actor en el Festival de Tribeca.Guillermo Pfening, protagonista de Nadie nos mira, premio a mejor actor en el Festival de Tribeca.Guillermo Pfening, protagonista de Nadie nos mira, premio a mejor actor en el Festival de Tribeca.
Guillermo Pfening, protagonista de Nadie nos mira, premio a mejor actor en el Festival de Tribeca. 

Nadie nos mira, de Julia Solomonoff, trae a la pantalla, encarnado por Guillermo Pfening, el personaje de un actor que escapando de un amor oculto con su productor, viaja a Nueva York para empezar una nueva vida. Pero como la propia vida nunca es nueva, esta vieja frustración lo acompaña. Un personaje complejo, oculto para otros pero principalmente para sí mismo, es este que Solomonoff, directora de Hermanas y El último verano de la boyita, logra construir en este film inspirado no solo en lo velado de los otros sino también en sus propias zonas ambiguas. “Hay algo del secreto que a mí me fascina y a la vez es la manera que tengo de decir mis propias cosas, siempre desde un ángulo tangencial. Las cosas no son lo que parecen, las verdades vienen detrás de lo velado. Quizás en eso soy visceralmente queer. Y esa es mi identidad narrativa, ambigua y contrabandista (el término subversiva viene a mi mente, pero me parece muy ambicioso para mis narrativas personales y mínimas). O como decía Marguerite Duras, las mujeres somos, inevitablemente de moral doble y dudosa: nuestra relación con la moral impuesta siempre va a ser fingida o subversiva, somos dobles y dudosas por naturaleza, la moral que nos impusieron nos es fundamentalmente ajena”.   

¿Y por qué elegiste que a esta historia la protagonizara un hombre gay?

-Supe siempre que no era una historia de alguien saliendo del closet, ni que la homosexualidad era algo en primer plano. No porque eso fuera un problema, sino que me parecía interesante trabajarla como una capa más de las que constituyen la identidad, que es una especie de compuesto y en determinadas circunstancias uno es más una cosa que otra. A veces la identidad de género, por ejemplo, se siente más fuerte que la geográfica o la cultural o de etnia. A mí siempre me pasa que tengo que confrontar con eso de llenar un casillero donde dice que soy blanca e hispana y parece que fueran opuestos. Para mí es una cuestión de respeto no definir a los personajes por una sola de esas capas. 

Esta película viene después de El último verano de la boyita, que trata sobre la pubertad trans. ¿Se puede decir que en el tabú que recae sobre los temas lgbti vos encontrás una inspiración?

-Son cosas que una no se da cuenta hasta qué punto la marcan, pero una vez trabajando con el editor, Andrés Tambornino, él hizo una observación. Hablando de las distintas generaciones de directores, me dijo que mi generación es la que creció en dictadura. Y hay algo que me marcó mucho de lo prohibido y también la idea de que el mensaje va de contrabando, no puede ser directo, gritado, sino velado, se va mezclando con la trama y así llega la historia. Esto es algo constitucional mío, no me interesan las películas que en los primeros cinco minutos se sepa cómo va a terminar la película.

¿Algún problema con las clasificaciones? ¿Cómo te llevás con la militancia?

-Yo respeto las políticas de visibilidad y creo que hay avances legales, educativos e institucionales que hubieran sido imposibles sin un discurso público y político. Pero acá, en NY, veo tantas etiquetas, tantos “nichos” para algo que para mí es esencialmente múltiple y fluido. Prefiero pensar una identidad sexual variable y múltiple más que una fija y catalogada a la que hay que “cumplirle”. Una militancia que no convierta en prisión el deseo. Creo que el derecho a la privacidad (y al cambio, a la ambigüedad y a la exploración) será nuestra mayor batalla en el siglo XXI que ya viene plagado de selfies y de exposición. A mí me excita más lo que no veo. 

Es particular que habiendo sido Nueva York esa especie de meca gay sea la ciudad donde se desarrolle una historia que tiene que ver, sobre todo, con la represión sexual…

-En EEUU cuando ven una historia gay que viene de Latinoamérica dicen: seguro que vino porque no puede vivir libremente su sexualidad en su país. Y yo siempre, en cada reportaje me ocupo de decirles que hubo matrimonio igualitario en Argentina antes que acá, que allá hubo presidenta mujer, igual que en Brasil o en Chile y acá no. Porque acá hay todavía muchas veces preconceptos, se suponen más libres y yo siento que a nivel sexualidad, o por lo menos políticas de género, durante las presidencias de Cristina se ha avanzado un montón. 

¿Influyó algo de tu vida cotidiana en Nueva York a la hora de pensar esta historia?

-Yo tuve dos etapas acá, una tuvo que ver con venir a estudiar antes de mis 30 años, una etapa de exploración y de mucha soledad, y también de algún corazón roto que me trajo aquí. Y después hay otra parte que es volver como mamá de dos hijos y observar la vida de los parques y las plazas; a las mamás “helicóptero” que son las que están muy encima de los chicos, de la educación. Y a una nueva especie que son los niñeros, que es de lo que trabaja el personaje de la película. Me interesó ver esto: el hecho de que existan los niñeros habla de un cambio demográfico. Empieza a haber niños que tienen dos mamás o una mamá soltera, que acá son mujeres profesionales que deciden tener su hijo solas. Y chicos con papás más grandes que no tienen con quien jugar a la pelota y ese rol paterno, más tradicional, se perdió y surge esta especie de sustituto. 

Sí, por eso también se vislumbra en el personaje de Nico una suerte de competencia con el padre del bebé que cuida. 

-Para crear el personaje era importante, por un lado, la relación con Martín que él había dejado atrás y por el otro, la que desarrolla con el bebé. El se la pasa escondiéndose, disfrazándose, pero con este bebé se relaciona de una manera genuina. Sentía que si en ese vínculo ponía una mujer, gay o straight, no importa si fuera lesbiana o heterosexual, la gente en seguida vería la relación con un bebé como una especie de maternidad. Y para mí el rol del bebé no era el de llenar un hueco que tuviera que ver con la paternidad o la maternidad. El bebé lo refleja a él, lo cura, hay con el bebé empatía emocional y me parecía interesante estudiar esa relación sin llenarla de simbolismos de maternidad o paternidad. Me inspiré bastante en Guillermo (Pfening), el actor, para construir este personaje. Algo que está en el tejido interno de la película es Manuel Puig, a quien he leído mucho y quizá sí tiene que ver que el personaje sea gay con la presencia de Manuel Puig en mi imaginario. Es alguien que tengo muy presente, más allá de que no se manifieste porque tengo un tono distinto y me da un poco de miedo el melodrama, pero de a poco me voy animando.