Es curioso cómo ciertos episodios en sí mismos poco memorables le quedan a uno en la memoria y regresan sin ser convocados. Ocasionales encuentros, remotas lecturas, episodios intrascendentes, culpas olvidadas, películas del montón, la memoria es un basurero en apariencia maloliente y muerto pero en realidad acechante, flor de fango se diría rememorando un título de tango, él sí, en este momento, olvidado.

Lo que hoy me vuelve es una película de 1962, ¿Qué fue de Baby Jane?, pero no su argumento o conflicto sino las bellas caras de las protagonistas, las notorias rivales Bette Davis y Joan Crawford, dos estrellas en el cielo hollywoodense. Son hermanas en la película y una, la Davis, hace de “mujer mala” pero no de “mujer fatal”, como se decía entonces; la Crawford, de “mujer buena”, no tan buena en la vida real, presidenta de la Pepsi-Cola, que bien podría ser el “mal” desde el punto de vista de la Coca-Cola o de los diabéticos y que al parecer lo fue según testimonio --escrito en un libro-- de una de sus hijas.

Como se ve, el eterno conflicto, desde Caín y Abel hasta la fecha; el mal y el bien enfrentados eternamente, casi siempre el mal logra destruir, a veces el bien triunfa, por lo general a lo Pirro. Y, desde Caín y Abel ambos principios encarnados en actores. ¿Cuál es la más interesante cinematográficamente? Al parecer fue la mala, a la Davis le dieron un premio, la bronca de la otra queda consignada en su biografía. De donde una especie de conclusión que va más allá de esa película y del cine y alcanza al teatro en primer lugar y por fin a la literatura: los personajes malvados son más interesantes que --salvo San Francisco de Asís que pasó a la eternidad dándoles miguitas a los pajaritos, o Alicia-- los bondadosos, que suelen ser secundarios, cumplen con deberes morales, actúan para morigerar o neutralizar las hazañas perniciosas de los malvados en quienes se deposita lo que la imaginación puede proporcionar.

De ahí una audaz afirmación, sobre la que regreso, difícil de aceptar sin reparos y seguramente de compartir: los personajes “malos” de las películas y de las novelas además de que son más interesantes que los otros tal vez lo son porque la maldad es más complicada y compleja si se trata de comprender y, por eso mismo, es o sería lo que incita a contar, justifica el cuento. En cambio, casi no hay relato atractivo de la bondad, que es lo natural: hasta en los relatos de amor, que es lo bondadoso por excelencia, si no hay algo malvado de por medio no hay nada que contar, dos que se aman, se besan, hacen el amor y luego qué, ya se sabe lo que pasa, las perdices de los viejos cuentos; muchos de los que se internan en este sendero suelen ser previsibles y aburridos o, simplemente, reproducen en espejo lo que se desea en la vida real, la maldad inquieta, la bondad tranquiliza y la inquietud, se sabe, provoca, incita, atrae.

Desde luego, generalizo y dejo de lado no sólo aspectos particulares de los seres humanos, hombres tan malos como las mujeres malas, eso es obvio, así como que hay personajes buenos, mujeres u hombres, que pese a todo logran ser literariamente interesantes, tanto como los otros y a veces más, el delicado idiota de Dostoievski es un ejemplo, del mismo modo que hay personajes que no son buenos ni malos o son una mezcla de ambas características y resultan interesantes y lo mismo que aquellos que exceden esa clasificación. Me restrinjo arbitrariamente a la idea inicial, me persiguen tanto Bette Davis como Lady Macbeth y aun la perversa enfermera Wilkes, de Stephen King, que tortura al escritor que cae en sus redes para que siga escribiendo lo mismo.

Es claro que en literatura la cosa no queda aquí, además de buenos sentimientos o de malas intenciones que radican en los personajes, intervienen muchos otros factores para darle sentido a un relato, algunos retóricos, otros provenientes del imaginario o del inconsciente, sería largo enumerarlos, pero, si permanecemos en esta incómoda oposición, brotan las conjeturas y las interpretaciones que en ocasiones nutren la literatura; por ejemplo, se diría, para tranquilidad de los lectores, que si la mayoría de los seres humanos busca el bien y, correlativamente, le tiene miedo al mal, trata por todos los medios de neutralizarlo o castigarlo cuando no lo puede asfixiar en la cuna. Esa lucha, denodada y en la que casi siempre triunfa el bien, ayudado muchas veces por la ley, constituye la materia de los relatos, porque algo muy íntimo, muy instalado en el subconsciente, lo anima y lo hace desarrollarse cuando hay que tomar una decisión o bien la frena y ese combate funda la narración, todo relato es de esa pugna.

No quisiera que de este complicado razonamiento se concluyera que algunos malos que tenemos a la vista sean por eso interesantes; depende del genio del escritor y su capacidad de construir un relato y eso no se puede prever, ni siquiera en el caso de escritores experimentados: no todos miran a su alrededor para escribir y los que lo hacen corren serios riesgos, pueden hacer retratos y mostrar casos de maldad pero no por eso alcanzan el estatuto de la literatura, una cosa es Ma Grissom, el personaje central de Miss Blandish, y otra nuestra Agata Galiffi, que no tiene una entidad semejante, ambas malísimas. Lo que no impide que miremos a nuestro alrededor y propongamos que algunas mujeres malas que andan por ahí haciendo daño se conviertan, en la pluma de algún inspirado novelista, en personajes atractivos, aunque en la realidad sean insoportables. Mi amigo Guillermo Saccomanno lo ha encarado: Soy la peste, una de sus últimas novelas, es un ejemplo, no hace concesiones a la maldad aunque no sé si se ha inspirado en alguien en particular, “El petiso orejudo” u otro de sus parientes malvados.

 

Me refiero, porque no se les puede quitar ese mérito, a dos mujeres que no paran de hacer daño pero que hasta la fecha no han cambiado de categoría, no se han convertido en personajes que podrían, justamente por ser tan malas, llegar a serlo y entrar de este modo a la gran e imaginaria galería de esas fieras. No sé cuál es peor, cada una tiene sus rasgos propios, una es la inefable Patricia Bullrich, la otra la exuberante Elisa Carrió. Patricia, en la línea de Bette Davis, tiene su Joan Crawford, que se llama Cristina Fernández, de quien no es hermana; la quiere ajusticiar, no se saca esa idea de la malvada cabeza hasta el punto de que ese deseo se convierte en un rasgo de su personalidad, que se suma a su innegable habilidad para cambiar de camiseta y su manejo de la mentira ponzoñosa, pero es clarísima su tendencia así como el objeto de su maldad. Elsa Carrió, a su vez, maneja la impunidad con consumada maestría, es una cualidad que, sumada a su ignorancia, le permite distribuir veneno cada vez que emite alguna frase que siempre parece axiomática y que siempre apunta bajito, como si desdeñara la posibilidad de decir algo con sentido; su desgracia es que le han aparecido algunos competidores, no son mujeres malas sino masculinos atroces, un tal peludo Milei, un tal pelado Espert y un delirante Juez. Pero, tenaces, son infatigables y, por eso, no porque tengan algún encanto ni la belleza de la Davis y la Crawford, pueden llegar a ser atractivas pero no me atrevería a aconsejarle a ningún escritor amigo que se ocupe de consagrarlas, tal vez porque no recorrieron todavía hasta el final el maléfico sendero de la maldad.