Diario del año de la peste

Al final de la Edad Media, una epidemia de peste mató la mitad de la población europea. Esa epidemia habría acelerado la llegada del Renacimiento; de pronto el mundo había cambiado. El costo era una parva de muertos.

Con afán de ver el vaso medio lleno, esa tragedia modernizó el mundo. Con menos gente había más trabajo, más movilidad social, más solteras/os, viudas y viudos aún en edad de merecer, etc. El mundo se había vuelto un lugar donde los emprendedores tenían parte del camino allanado.

El aprendizaje no es que la modernidad puede llegar de la forma más inesperada, sino que ciertas cosas no se pueden evitar. La peste era una fatalidad. Y como tal, había que vivirla y tratar de que se cargue al vecino en lugar de a uno.

Justamente, la muerte del vecino fue lo que les permitió al resto tomar conciencia del peligro y rajar al campo o a la montaña. No es que el vecino muriera para ayudar a sus contemporáneos, pero sin saberlo había dado la voz de alarma; gracias a él, muchos se salvaron.

A las tragedias generadas por el hombre tampoco es posible evitarlas, excepto en la ciencia ficción, ucronías, utopías y distopías. Pero en la vida real son tan inapelables como la peste. El genocidio americano producido por el colonialismo mató tanto como la peste, millón más o menos. Y también significó un paso hacia la modernidad (al menos en los libros). El costo fue semejante: una parva de muertos.

Dos tragedias, una natural y otra producida por el hombre. Ambas inevitables, una porque no tenía remedio conocido, y la otra... tampoco, porque era el hombre en su esencia, dominando el mundo para apoderarse de sus riquezas.

La otra peste terminó cuando aparecieron los antibióticos, esta no terminó. 

Desde la inocencia, uno podría pensar que la historia podría haber sido diferente si Colón no hubiera encontrado América (una ucronía). Pero la encontró. Sino, la destrucción hubiera empezado en otro lado y hubiera muerto otra gente. Y luego, cuando al fin encontraran América, la iban a arrasar igual.

Estos hombres eran una peste, a su manera, también inevitable. Con el hombre en tanto peste, se puede invertir el orden de los factores, pero no alterar el resultado. Así con el nazismo, las dictaduras latinoamericanas, el genocidio belga en Africa, y un largo etcétera.

El segundo aprendizaje que nos da la historia vendría a ser que las cosas no desaparecen porque se nieguen. Igual que la peste, ante las tragedias causadas por el hombre, tampoco hay otra solución que vivirlas y rogar que se cargue al vecino.

Pero no solo el mundo se moderniza luego de la peste. Las pestes creadas por el hombre también se modernizan. Cambian de nombre, de estrategia, se disfrazan de remedios, pero son versiones refinadas de las mencionadas: nazismo, colonialismo, globalización, etc.

Eso lo entendió no el primero de los muertos, sino el primero de los vivos. El que vio que el mundo había cambiado, pero también vio que los menos escrupulosos, los que tenían una mirada más global, pusieron bajo control la peste para usarla como arma, embotellaron el remedio y lo vendieron. El mal y su solución tenían dueño.

Volvamos al primer muerto de peste. Siempre hay un primer muerto. Es el primero que se pone negro y se le salen los ojos de las órbitas. En esta época, ese primer muerto viene a ser el conocido a través de los memes como el pobre de derecha.

Mucho se ha hablado en estos días del pobre de derecha como el mejor invento del capitalismo. Es el obrero ramplón, el que no tiene donde caerse muerto, el que por estos días ha votado a nuestro querido presidente acá, a Le Pen (o a Macron, en este caso no importa) en Francia, o a Trump en EEUU.

(De paso: no veo por qué está mal que el pobre elija quién le va a pisar la cabeza. No pudo elegir cuando evangelizaron América ni con las monarquías. A nuestros abuelos los llevaron a la guerra reyes, elites y señores feudales. Si lo elegís, y eso te cuesta la vida, al menos tendrás derecho al pataleo y posibilidad de cambiarlo. Además, ¿por qué el pobre tiene que ser más inteligente que la clase media, que escupe para arriba a cada rato?)

No hay que enojarse con él. En cierto sentido equivale al primer muerto de la peste, que volvía visible lo que era invisible. La muerte estaba en el aire y nadie lo veía hasta que ese hombre estornudó, la nariz le salió disparada por los aires y cayó muerto.

El pobre de derecha es ese primer muerto (simbólico, o no tanto) que nos hace ver que la peste seguía entre nosotros, algo que quizá ignorábamos, o que habíamos disfrazado entre tanto optimismo nacional y popular.

Gracias a este primer apestado, ahora sabemos que esa peste ‑antes colonialismo, ahora neoliberalismo; el nombre es anecdótico‑, existe, y podemos intentar vacunarnos (no tengo idea cómo ni con qué, eso se lo dejo a otro más inteligente).

El pobre de derecha ha logrado poner en evidencia dónde está la peste y qué cara tiene. ¿Cuántos depredadores cuya cara ignorábamos hace meses ahora están en televisión a cada rato? Sabíamos quién era Trump, y Macri, pero ignorábamos que existían los primos de los primos, y sus esposas y sus amantes, que se llenaban los bolsillos desde el anonimato. El pobre de derecha los ha sacado del anonimato. Al igual que el nazismo, o el colonialismo antes, no porque se lo negara, no existían. El pobre de derecha se ofreció, sin saberlo, a ser la víctima para que nosotros, sin que él lo supiera, nos preparáramos. ¿Quiénes vendríamos a ser ese nosotros? Los que todavía podemos correr. 

Ese héroe incomprendido ‑que a su vez es un pelotudo importante, pero estadísticamente capaz de torcer todas las balanzas, sea hacia la izquierda, o ahora hacia la derecha; por eso es el blanco preferido del lavado de cerebro comunicacional‑, nos permitió saber, también, que la maquinaria que actúa sobre nuestras cabezas, dentro de nuestros cerebros, alrededor de nuestros oídos, es capaz de hacerle creer al negro que puede ser blanco, al pobre que puede ser rico, y al lector de zócalos de televisión que puede ser inteligente.

Usted me dirá que a esta peste ya la conocemos y yo le digo que sí. Pero, ¿cuántos jóvenes no conocen el poder de su veneno? ¿Cuántos clasemedieros han olvidado que hace pocas décadas agarró a su familia del cogote y los repartió por el mundo, luego de sacarles lo que tenían, y quizá de cobrarse alguna de sus vidas?

Con su voto, que parece el de un resentido, pero en realidad es el de un iluminado, por la desgracia, pero iluminado, el pobre de derecha nos puso la peste frente a la nariz. Y morirá por esa elección. Simbólicamente. O no. Morirá de verdad, de hambre, de pobreza, de bronca; todo para que nosotros intentemos salvarnos.Tratemos de no defraudarlo.

 

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