“Infierno de laurel” es una expresión que se usa para describir a algunos arbustos de laurel que crecen en los montes apalaches de la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Se dice que los matorrales son tan espesos que si una persona se atora dentro de ellos es probable que nunca logre salir. Muchos, incluso, llevan los nombres de las víctimas que han muerto atrapadas entre sus ramas. Son los mismos infiernos de laurel que inspiraron Laurel Hell, el último disco que la artista japonesa-americana Mitski lanzó este 4 de febrero. Aunque, claro, nunca vivió en carne propia la muerte en manos de los laureles asesinos, la compositora dice que la atrajo la cualidad destructiva de esas flores, la idea de morir asfixiada dentro de esas explosiones de belleza.

A pesar de ser conocida por su perfil bajo y su casi nula presencia en las redes sociales, en los últimos años las letras de Mitski llegaron a la plataforma de moda, TikTok, y construyeron una base de fans posmillenials que, según sus propias palabras, “no sabe qué hizo para merecer”. Tres años después de su hiatus, con una nueva tribuna de fanaticxs que la venera como a una figura materna y está lista para analizar, editar y diseccionar todas sus letras, la artista reaparece con su infierno de laureles. Si bien su discografía ha oscilado entre sonidos más inclinados al rock o al indie, en los que conjugaba la eficiencia técnica con una sensibilidad punk, éste es su lanzamiento más pop hasta el momento.


Quién es Mitski, la artista pop que revolucionó TikTok

Por más íntimas que sean las letras de sus canciones, por más grande que sea su éxito internacional, se saben muy pocas cosas sobre la vida de Mitski: que nació en Tokyo, con una madre japonesa y un padre estadounidense, y que siempre se sintió una nómada en tierras ajenas. Que a lo largo de su vida vivió en distintos países como el Congo y Turquía hasta que finalmente se mudo a Nueva York, donde empezó a estudiar cine y a experimentar con formatos artísticos. Se sabe, también, que en un principio tocaba el piano en sus conciertos, pero aprendió a tocar la guitarra por la práctica que le resultaba para transportarla en el subte. Que tiene 31 años y un perro cuyo nombre no se anima a decir porque “le teme a la gente de internet”; que también tuvo cuentas de Twitter y de Facebook eliminadas por motivos similares y que con el lanzamiento de su nuevo álbum acaba de reactivar.

Mientras tanto, en esas mismas redes sociales que Mitski evade, se viralizan los clips de ella besando su propia mano, acariciándose el pelo como si lo hiciera una persona amada, moviéndose robóticamente entre máquinas de humo al ritmo de los lavarropas de Washing Machine Heart, llevando la guitarra a la boca y gritandole a las cuerdas, con su voz cruda y desgarradora, la letra de Class Of 2013. La apuesta visual de sus shows es muy simple: se viste con una remera blanca, shorts negros y un par de rodilleras que le permiten arrastrarse por el escenario, contorsionarse y treparse a la silla y a la mesa que constituyen casi su única escenografia. Con esas herramientas construye su propio idioma performático.

El lenguaje performático de Mitski es simple: remeras blancas, shorts negros y rodilleras para deslizarse


Letras que hablan de amor, sexo, belleza y muerte

Mitski habla de sexo, amor, pérdida, belleza, muerte, capitalismo, dulzura, contradicciones. Sobre todo, habla del punto exacto en que se encuentran el dolor y el deseo, una sexualidad trágica. “Quiero un amor que caiga tan rápido y tan fuerte como un cuerpo desde una terraza” escribe en Townie. “Soy un líquido suave a punto de derrumbarse, veni a tocarme antes de que colapse o, al menos, sacame una foto”, pide oscilando entre el inglés y el japonés en Liquid Smooth, una oda a la descomposición y a la búsqueda tortuosa de la belleza. Desde un ángulo similar, en Brand New City dice que no sabría como estar viva si dejara de intentar ser hermosa. “Ya amé a muchos chicos y ya amé a muchas chicas, no pienso en el pasado, ya está ahí de todas formas”, confiesa en Cop Car. En Nobody, su himno melancólico por excelencia, la insoportable soledad inherente al ser humano explota en un estribillo disco.

Las experiencias de una asiática de segunda generación en la sociedad americana también son cruciales en la discografía de Mitski. Strawberry Blonde y Your Best American Girl, dos de sus hits por excelencia, en especial el último, narran las barreras culturales que surcan el afecto, la imposibilidad de encajar en un estilo de vida occidental, tratar de ser una chica americana y fallar en el intento. No importa cuantos relatos trágicos Mitski escriba sobre sí misma y sobre los demás, se resiste a ser considerada “una artista del sufrimiento”. Ha dicho, en varias de sus entrevistas, que querría ser recordada en términos menos limitantes, y que no quiere -ni puede- asegurarle a su público que vaya a terminar llorando.

"No soy una artista del sufrimiento" dice Mitski

Hace dos semanas, Mitski empezó su gira de Laurel Hell por Norteamérica y Europa. Son las primeras presentaciones en vivo desde que, en aquel 2019 del que se habla como el mejor momento de su carrera, posterior al éxito de su quinto álbum Be The Cowboy, cerró todas sus redes sociales (incluso ha confesado que, en ese momento, consideró retirarse para siempre de la escena musical). Tres años después, aparece vestida con una túnica blanca, al mejor estilo de heroína trágica, una santa patrona del amor maldito.

“Caminemos despacio hacia la oscuridad”, invita Mitski en Valentine, Texas, el primer track de Laurel Hell. En su infierno de laureles, su voz suena más calma, serena, incluso reconciliada con el dolor, en contraste con las guitarras caóticas que sonaban en su primer álbum, Lush. Laurel Hell es una banda sonora para la transformación, un mapa hacia el lugar donde la vulnerabilidad y la resiliencia, la tristeza y el deleite, el error y la trascendencia, pueden asentarse dentro de nuestra humanidad. Todos pueden verse como dignos de reconocimiento y, en última instancia, de amor” así describe ella misma este último disco.

Existencialista como siempre, su lírica todavía habita escenarios oscuros y nostálgicos, pero está envuelta en cierto optimismo ochentoso, sonidos electrónicos provenientes de una fiesta lejana. Recorre matorrales llenos de departamentos compartidos, calles vacías, listas de amigos olvidados, piensa el ciclo infinito de trabajo y explotación en la sociedad americana, se adentra en bosques de plantas carnívoras para dejarse devorar, y todo lo hace con una elegancia resiliente, con la esperanza de atravesar el infierno y encontrar la ternura.