“No veía la hora en que se terminara el gobierno militar. Se estaban cumpliendo seis agobiantes años de miedos y silencios, de destrucción de los sueños, de tristezas por la locura que hizo que muchos ya no estén. Como si todo esto fuera poco, aparecía el general Galtieri anunciando el desembarco en las Islas Malvinas. Jamás pensé que algo bueno pudiera suceder. Fue la manera en que el gobierno militar logró acallar las voces de muchos sectores que empezaban a criticar y pedir elecciones nuevamente. Les podía servir para salir más favorablemente del gobierno y que se olviden de los espantos. Una jamás olvidaría. En la escuela se vivía un nivel de patriotismo militar, que me ponía los pelos de punta”, dice Magdalena Canevari que tiene 68 años. 

En el 82, cuando tenía 27, la nombraron maestra titular interina en una escuela de Hurlingham, dice que tenía menos alumnos de los normal y que quedaba en el fondo del barrio, cerca de Campo de Mayo. Durante los 74 días que duró la guerra recuerda que hacían prácticas para desalojar la escuela: “No me acuerdo mucho pero se iban evacuando por grados. Se hacían simulacros de bombardeos, tocaban el timbre y los chicos debían meterse debajo de la mesa y quedar callados, se escribían cartitas para los soldados y les compartían sus golosinas”. No era la única forma en la que el reciclaje de los resabios de la dictadura se metía en las aulas: la marcha de Malvinas había que aprenderla de memoria y se cantaba a la salida de la escuela, el ritmo debía ir acompañado del golpe en el suelo de los zapatos. 

La marcha fue compuesta en 1940 para contribuir a la difusión y el conocimiento de la soberanía sobre las islas, la letra fue el resultado de un concurso poético musical que ganaron José Tieru y Carlos Obligado, el certamen fue organizado por la Junta de Recuperación de las Malvinas durante la presidencia de Roberto Marcelino Ortiz, pero fue recién durante los meses de la guerra que los medios de comunicación y las escuelas la transformaron en la banda de sonido oficial del arraigamiento patriótico: ¡Para honor de nuestro emblema, para orgullo nacional, brille, ¡oh Patria!, en tu diadema la pérdida perla austral”

Desde el 2 de abril hasta el 14 de junio la currícula en las escuelas del país era una de las tantas formas de alentar la guerra, también las escuelas fueron sedes para las colectas y los entramados solidarios hacia los cientos de jóvenes enviados a la guerra con la promesa de un regreso heroico aunque la mayor parte del abrigo, las golosinas, las cartas y las donaciones no llegaron más que a las manos de los altos mandos y nunca a los soldados. Pero antes, todo eso que nunca llegó estaba alojado en las salas de actos, decenas de bolsas organizadas metódicamente por el mismo cuerpo docente que se dividía entre quienes formaban parte de una algarabía colectiva al mejor estilo de la competencia futbolística -¿cuántos años duró la canción de “el que no salta es un ingles” en las canchas”?- y quienes ya sabían que la guerra era una jugada de la dictadura más cruenta de la historia argentina.

Alicia Affato trabajaba en la escuela Nicasio Oroño y en el 82 tenía 37 años: “El 2 de abril cuando salí de mi casa vi que un vecino había colgado la bandera argentina en su balcón. Reaccioné mal, a los gritos denuncié la maniobra de la dictadura. Mi vecino la sacó pero yo estaba indignada porque sabía que todo era mentira, fue una etapa muy dolorosa, por momentos, insoportable” relata Alicia que en esa época militaba en el Partido Comunista y era delegada de la escuela: “Las discusiones se centraban en que se trataba de un acto patriótico y que yo tenía ideas "extranjerizantes". Yo denunciaba que nada vinculado a la dictadura tenía que ver con la patria, que nuestras tropas no estaban preparadas para enfrentar a un enemigo tan poderoso. Con respecto a las colectas yo me preguntaba: ¿Por que nunca habían ayudado a los niños de la escuela que eran muy pobres? Teníamos muchos niños tobas que no eran admitidos en otras escuelas. Yo lo decía todo el tiempo porque estaba convencida que las colectas estaban instaladas por los medios y que `donar` estaba `bien`” cuenta Alicia que daba clases en una escuela que quedaba en el barrio Arroyito, en Rosario.

La bajada de línea

En el 82, Lidia Lloret estaba embarazada de su primera hija que nacería en julio, trabajaba en una escuela de Versalles y tenía complicidad con la directora del colegio: “Yo lo único que quiero es que mi hija no nazca en guerra”, le decía a la directora en los recreos. Las dos estaban en contra de esa bravuconada bélica pero tenían que obedecer la bajada de línea que venía del Ministerio de Educación y de un organismo específico que se llamaba Consejo Nacional de Educación. 

El combo de estrategias destinadas a las escuelas iban desde las colectas hasta las producciones literarias en las clases de historia y lengua: poesía, cartas y narrativa: “En mi escuela hubo reuniones con la directora para ver los trabajos que se tenían que hacer. Para mi era muy difícil de acuerdo a mi posicionamiento político por estar en contra del gobierno militar y considerar a esa guerra absurda. Los chicos en general venían con relatos armados desde las casas, la mayoría apoyando la guerra y queriendo tener una actitud solidaria con los soldados. Había que manejar todas las inquietudes de los chicos, yo tampoco quería entrar en conflicto con los padres”, cuenta Lidia que decidió no participar de las colectas: “Los padres y algunas maestras organizaron colectas de víveres y ropa tejida por las madres. Todo eso estaba organizado en bolsas que los mismos chicos llevaban al salón de actos que quedaba en el primer piso. Yo no participé de eso”, cuenta.

Hablar en el aula de Malvinas era ponerse en la piel de un relato vivo, sin la perspectiva del tiempo y con la información sumamente distorsionada. Las maestras estaban a cargo de una ardua tarea: “Las maestras éramos las historiadoras en el sentido en el que la historia estaba pasando. Y si bien no podíamos decir lo que pensábamos, si podíamos contener porque muchos -sobre todo los varones- estaban entusiasmados con el tema de la guerra.

Cementerio en Malvinas con restos sin reconocer aún (Telam)

"Me acuerdo que abracé mucho a una alumna que se llamaba Paula, que era nieta del escritor y periodista Conrado Nale Roxlo, ella tenía la vena de escribir, hacía poesía, escribía sobre los pobres soldaditos que tan jóvenes que van a dar su vida por la patria y dejan a sus madres llorando. Lo recuerdo y se me caen las lagrimas. El resto de los chicos repetían lo que los padres hablaban en las casas”.

Elena Rigatuso es docente rosarina y en el 82 trabajaba en una escuela del barrio industrial Empalme Graneros, en La Plata. La semana pasada escribió un posteo de Facebook con una foto de una carta que ayudó a escribir a sus alumnos y alumnas destinada a los soldados de Malvinas:: “Durante la Guerra yo era maestra de primer grado, con mis alumnos además de sumarnos a las colectas de medias, gorros y chocolates, escribimos una carta para que sea entregada a los soldados en el frente. Me acuerdo que empezamos así “Queridos soldados”. Dos años después nos llegó la respuesta”. 

La respuesta tenía un remitente muy claro: Aldo Raúl Torres, Ex combatiente de Malvinas clase 62, la carta está fechada el 17 de marzo del 84 y comienza así: “El motivo de esta carta es para agradecerles a los alumnos de primer grado y a la maestra Elena”. La suerte del primer grado de la Escuela 456 Carlos Pellegrini no fue la de la mayoría, muchas de esas cartas no llegaron a destino como tampoco las colectas ni las donaciones. 

Tiempo después los testimonios de los ex combatientes revelaron lo que se suponía: Juan Alberto Bassano, ex combatiente contó: “Muchas de las cosas que mandó el pueblo llegaron a Puerto Argentino, pero la distribución se hizo muy difícil después del 1 de mayo, cuando ya se había desatado la guerra. Sé que muchas cosas quedaron en los galpones de Puerto Argentino. Luego supe que se hizo una investigación en la base de Comodoro Rivadavia y nos enteramos que mucha mercadería había sido vendida en kioscos por la gente del Ejército”. 

María Cristina Zambruno tenía 35 años y trabajaba en la escuela Carrasco con niños y niñas de primer grado, ella destaca dos aspectos que vivía dentro de la escuela: “Uno era la esperanza de creer que las Malvinas podían volver a ser argentinas y otro era la bronca que le tenía a los milicos. Los chicos que yo tenía eran muy chiquitos y hacían dibujos y cartitas. Pero ya sabemos que son cosas que nunca llegaron. Esto me hace acordar a mi abuela ese día que se hizo un programa especial de televisión, ella regaló una joya que tenía de oro, andá a saber a dónde fue a parar” y agrega “desde el Ministerio llegaban bajadas de línea, pero nosotras teníamos una directora que no nos imponía, recuerdo que se cantaba mucho el himno de Malvinas y después del hundimiento del Belgrano empecé a dudar mucho más, pero tuvo que pasar un tiempo para que supiéramos lo que había pasado”.

El funcionario que manejó los fondos fue Amadeo Frúgoli, ministro de Defensa del gobierno dictatorial de Leopoldo Galtieri. En 1982 el ejército publicó un informe muy escueto donde explicaba el supuesto destino de los fondos: la mitad fue usada en medicamentos, una cuarta parte para comprar equipos y repuestos para la batalla y el resto para combustible. Nada de eso se pudo comprobar.

Dos plazas llenas y un desembarco

En el 82, Maria Inés Balbi tenía 46, vivía con su esposo y tenía 7 hijos, ninguno de los varones con edad para ir a la guerra: “El 30 de marzo de ese año una huelga de trabajadores conmovió al país, fue generalizada y reprimida como era de esperar en esa eterna noche que estábamos viviendo. La Plaza de Mayo desbordaba al grito de Pan, Paz y Trabajo y una dictadura agónica intentaba dar sus últimos manotazos para salvarse. Yo recuerdo corridas y detenciones que, en muchos casos , serían futuras desapariciones. Y el 2 de abril ¡sólo tres días después! amanecimos con la noticia de que “Tropas argentinas habían desembarcado en Malvinas”. 

Inés vivía en Villa Celina y era directora de una escuela en donde la mayoría de lxs estudiantes eran del barrio “Las Achiras”: “Era un barrio muy humilde, muchos de los chicos que iban a la escuela tenían hermanos haciendo el Servicio Militar y cada familia sufría por el destino y paradero de sus hijos. Hay una calle que le cambiaron el nombre original por el de Soldado Juan Rava. ¿Se pueden equiparar quince cuadras con una vida truncada en pleno germinar?”, se pregunta.

Carta de un alumno de séptimo a

Solo tres días separaron un día histórico de la lucha sindical argentina de aquel desembarco en donde los jovenes, además de luchar contra militares experimentados, tuvieron que soportar el clima, la tortura y la mala alimentación. A pesar de la crueldad, ese tiempo fue un tiempo bisagra que culminó con el fin de de la dictadura que había comenzado en el 76. 

“Yo estaba en contra del régimen militar y a la vez tenía una fuerte conciencia antimperialista, por lo tanto viví ese momento con las contradicciones que lo vivimos muchos: Yo no estoy en contra de la guerras antiimperialistas, pero en este caso, tenía la contradicción de saber quien dirigía esta guerra” cuenta Elena que participó de la marcha del 30 y recuerda cómo se invitaban de boca en boca y se reconocían con la mirada: “Carlos De la Torre, un histórico dirigente docente, sacó un cartelito hecho a mano que decía `Cetera` y fuimos tras él”. 

Elena en ese tiempo tenía 29 años y también recuerda que cuando el 2 de abril Galtieri anunció en la plaza que se habían recuperado las Malvinas, la gente cantaba: `Galtieri, Galtieri poné mucha atención, Malvinas Argentinas, el pueblo con Perón`: “Yo no creo que haya sido una guerra inútil, esa guerra se perdió pero también significó el fin de la dictadura y eso no es poca cosa. A partir de ahí el pueblo volvió a ganar las calles, esos jóvenes no cayeron en vano”.

El después de las batallas perdidas

El 14 de junio del 82 los soldados argentinos se rindieron con el peso de 649 muertes y los sobrevivientes fueron obligados al silencio, de los que volvieron, más de 400 se suicidaron y recién alrededor de 1986 comenzaron a aparecer sus relatos.

Las aulas fueron uno de los escenarios en los que los ex combatientes pudieron hablar de lo que había sucedido:: “Yo recuerdo que en una charla en el aula a la que invitamos a un ex combatiente él dijo `nos obligaron a no decir nada`” cuenta Margarita Papalardo, que en aquel momento tenía 29 años y era preceptora del Liceo Víctor Mercante en la ciudad de La Plata, ciudad con un alto caudal de estudiantes desaparecidxs durante la dictadura. 

“Así se fue conociendo a través de los relatos en primera persona como mintieron y ocultaron. Entonces de lo que nos mostraron los medios de comunicación a lo que después nos contaron en primera persona los ex combatientes nos sucedieron una mezcla de sentimientos, entre la conmoción, el horror y la bronca porque al fin de cuentas habíamos acompañado esos silencios, nos habíamos acostumbrado a no hablar” recuerda.

Graciela Monje fue maestra de primer y segundo grado en una escuela de Ciudad Evita. El 2 de abril de 1982 tenía 33 años y estaba sentada en el sillón de su casa amamantando a su hijo de tres meses: “Recuerdo ese día como una fotografía, estaba tremendamente angustiada. Estaba muy formateado el estilo en el que teníamos que enseñar, recuerdo que las inspectoras durante toda la dictadura nos decían que teníamos que enseñar de acuerdo a una secuencia. Me cuesta recordar, pero por ejemplo la primera palabra era `mamá` creo que la segunda palabra era `oso` y la tercera palabra era `papá` y vos no podías cambiar ese orden que ya venía en los libros. Me trajo muchos tirones de oreja querer cambiar ese orden para enseñar las palabras”. 

Graciela cuenta que ya en el 82 empezaba a aparecer la pedagogía de Emilia Ferreiro, una pedagoga argentina radicada en México: “A mí me pareció un flash porque ella trabajaba con el contexto, es decir, que aparecían las palabras que aparecían y eso tenía que ver con las necesidades de existencia. Es incorporar el nombre de los objetos que tenés alrededor, en tu vida y no palabras con orden como obligaba el proceso militar”.

En el 94, Graciela asumió un cargo directivo y conoció la historia de un ex combatiente que había llegado a Río Gallegos y que cuando estaba a punto de partir a Malvinas se lastimó los testículos con un arma y lo hicieron volver a Campo de Mayo. En ese momento el muchacho enterró documentación, fotos y hasta un arma en un descampado y migró a México.

 “Cuando volvió después de muchos años y quiso encontrar lo que había enterrado se dio cuenta de que en el lugar habían construído una cancha de paddle. Eso era lo que le hubiera permitido rápidamente conseguir el subsidio que le dio el Estado a los ex combatientes”. El padre de Graciela es militar y tiene 96 años, ella casi no tiene relación con él y dice que no participó de la dictadura pero la apoyó. Cuando se enteró de la historia del ex combatiente, llamó por teléfono a su papá para ver si se podía hacer algo: “Mi viejo averiguó y lo que me dijo después, es que había muchas personas que aprovechaban y mentían para tener el subsidio. Yo lo creí a este muchacho que con el tiempo se transformó en músico que escribe canciones que tenían que ver con Malvinas”.

María Cristina Zambruno tenía 35 años y trabajaba en la escuela Carrasco con niños y niñas de primer grado, ella destaca dos aspectos que vivía dentro de la escuela: “Uno era la esperanza de creer que las Malvinas podían volver a ser argentinas y otro era la bronca que le tenía a los milicos. Los chicos que yo tenía eran muy chiquitos y hacían dibujos y cartitas. Pero ya sabemos que son cosas que nunca llegaron. Esto me hace acordar a mi abuela ese día que se hizo un programa especial de televisión, ella regaló una joya que tenía de oro, andá a saber a dónde fue a parar” y agrega “desde el Ministerio llegaban bajadas de línea, pero nosotras teníamos una directora que no nos imponía, recuerdo que se cantaba mucho el himno de Malvinas y después del hundimiento del Belgrano empecé a dudar mucho más, pero tuvo que pasar un tiempo para que supiéramos lo que había pasado”.

 

La agonía de la dictadura y la vuelta a la democracia vienen adosados al dolor de esta guerra, un feriado nacional, ex combatientes organizados, leyes reparatorias y actos escolares para reponer esta historia. A cuarenta años es una historia revisada y recordada pero todavía con la pregunta de si hubo un reconocimiento justo, si las gruesas capas de silencio que cargan todavía muchos ex combatientes podrían alivianarse un poco más. Y si ese reclamo no tendría que estar más presente cada 24 de marzo para que ellos también tengan Memoria, Verdad y Justicia.