Kim Ki-duk
La ley de la frontera
Alejándose tanto del imaginario budista como de las brutales explosiones del materialismo salvaje de películas como Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera, Hierro 3 o Piedad, que contribuyeron a su fama internacional, el director surcoreano Kim Ki-duk sorprende con La red, donde bajo la cáscara del thriller politico y el juego del policía bueno y el malo relata la odisea de un pescador que cruza involuntariamente la frontera entre las dos Coreas.

Ecléctico como pocos directores, el surcoreano Kim Ki-duk ha desconcertado a todos esta vez. La red, su nueva película -presentada en el último Festival de Venecia-, se interna en caminos insospechados para una filmografía cuyas dispersiones y excesos parecen ser la norma. Nacido en la región de Bonghwa, un área fría y montañosa al este del territorio surcoreano, Kim ki-duk ha explorado en su cine desde el imaginario budista y cierta melancolía pictorialista nacida de la conexión con la naturaleza, hasta las más brutales explosiones del materialismo salvaje y demencial en el que arraigan algunos de sus civilizados personajes. Ha logrado el éxito internacional con Primavera, verano, otoño, invierno … y primavera (2003), ha impuesto su incorrección con Hierro 3 (2004), y ha sacudido los límites de la crueldad con Piedad (2012). Sin embargo, nada hay como La red en su extensa filmografía, aún si nos remontamos a su debut con Crocodile (1996), también ambientada en un río preñado de muerte y desvíos. Si entonces la vida de una mujer cambiaba de rumbo tras la elusión del suicidio y el disfrute del sexo salvaje, en La red será la más pérfida mueca del azar la que tuerza la vida de un pobre pescador de Corea del Norte. La cáscara del thriller político, el juego del policía bueno y el policía malo, y la más declamada condena a la realidad política de aquella lejana península oriental le permiten a Kim ki-duk una curiosa mirada sobre el presente de un país dividido, ceñido por conflictos irreconciliables, y plagado de inimaginables absurdos. 

La red no podía tener un comienzo más prometedor. Nam Chul-woo es un pescador norcoreano que todas las mañanas se adentra en las aguas fronterizas a tirar la red y esperar el milagro de la pesca. La mirada atenta de los guardias de uniforme rojo se apega a su recorrido, marcado por la marea y las mieles del pique. Pero ese día la red se enreda maliciosamente en la hélice y la frágil embarcación de Chul-woo se desliza irremediablemente en aguas enemigas. Al arribar a la costa surcoreana, tras la inicial sospecha llegará la enloquecedora paranoia. Tratado casi como un alienígena, el joven pescador comunista pasará las de Caín: lo despojarán de su ropa, de sus pocas pertenencias y lo someterán a los más furiosos interrogatorios que el moderno capitalismo le tiene preparados. Cada golpe, cada caída, cada marca en el cuerpo de Chul-woo resuena como un eco desde el fuera de campo porque, en esta ocasión, Kim ki-duk elude cualquier atisbo de brutalidad explícita para sustituirla por su sola representación. Todo en La red parece aspirar a la metáfora, incluso con atisbos de excesiva marcación. Y será el signo de la falsa libertad del consumismo el que se impregne en las tonalidades de ese recinto ascético y casi espacial en el que Chul-woo espera el próximo capítulo de su odisea. 

En ese infierno en la Tierra que se replica en sospechas sobre su lealtad ideológica, amenazas a su mujer e hija y en el fantasma de la deserción a su patria norcoreana, Chul-woo encontrará un inesperado aliado. Oh Jim-woo es el guardia asignado para su cuidado. Una especie de enfermero del primer mundo con traje y buenos modales que le ofrece ropa deportiva nueva, le muestra la confortable cama occidental que le espera esa noche, y lo defiende ante los brutales abusos del maniático interrogador. En la inocencia juvenil de Oh Jim-wood se gesta la confianza y cercanía que logra establecer con el pescador a lo largo de los días que dura el encierro. Frente a ese mundo regido por el dinero y la despersonalización, la ferviente resistencia de Chu-woo inspira en su guardia la conciencia de un posible ideal. Su defensa de Corea del Norte, pese a las invocaciones de dictadura y lavado de cerebro, es honesta y nunca exenta de contradicciones. Se intuye que pesa más su familia que ese voluminoso Estado, pero pese a sus dudas resiste las tentaciones de una libertad que revela su carácter ambiguo y tristemente condicionado. 

Kim ki-duk no duda en llevar a fondo su mirada escéptica, pero la ausencia de sangre y crueldad generó más desilusión que expectativa en su breve recorrido internacional (evidente en las coberturas de revistas como Variety y The Hollywood Reporter). Es que su celebrado virtuosismo estético, su tendencia al éxtasis formal como correlato de una brutalidad dolorosa e incorrecta y la lenta explotación de ese registro en sus últimas películas (sobre todo en el humor negrísmo de Moebius) han quebrado todo los parámetros y, frente a esa estridente mirada sobre la voracidad del capitalismo y la indolencia humana, el relato en clave de fábula de La red resulta de tono menor y por momentos algo ingenuo. Pero Kim ki-duk no es un artista reconciliado, puede afirmar con insistencia lo sugerido pero aún en ese reintento se produce un juego interesante. Como él mismo lo afirmaba en sus entrevistas luego de la consagración en Venecia con Piedad, la violencia explícita de sus películas era, entonces, un filtro para que el espectador pudiera acceder a las verdaderas consecuencias de ese mundo alterado. Aquí todo ha cambiado: la alteración es el estado de cosas del que sale y entra Chu-woo. El temor a la alteración es lo que la película observa como el peligro latente detrás de la más obediente aceptación. 

La imposibilidad de un futuro encuentro de dos naciones nacidas del mismo vientre es vista por Kim ki-duk con dolorosa impotencia. Sin embargo, en el retrato de sus personajes se juega su curioso e incómodo sentido del humor, nacido de pequeños detalles y divertidas repeticiones. Cuando Chu-woo es interrogado por el despiadado oficial del servicio secreto surcoreano -menos preocupado por los cuestionamientos de la prensa o los llamados de atención de los estamentos políticos que por saciar una venganza personal- le hará escribir toda su vida en una hoja. Toda, sin saltear ningún detalle. Cuando el ceñudo policía lea el informe y no quede satisfecho, le dirá que vuelva a hacerlo, esta vez sin omitir nada. Escribir y volver a escribir para contar una vida. ¿Cuál de ellas será la verdadera? Esa repetición tortuosa, iniciada como tragedia, terminará derivando en farsa: Chu-woo escribirá incansablemente sobre sí mismo, a todos los que pidan y ordenen. Y será en esa vorágine de palabras sueltas en el papel donde su verdad se irá diluyendo, donde su destino, torcido por el capricho de la red de pesca, le deparará la más paradójica de las burlas imaginadas.

Despierto se presenta los viernes en el teatro Beckett, Guardia vieja 3556. A las 23.