A mediados del siglo XIX, Juan B. Alberdi escribió en Bases que “gobernar es poblar”, con todo lo que para él imponía este verbo: educar, civilizar y engrandecer. Cien años más tarde, Juan Perón dijo que “gobernar es crear trabajo” y que la desocupación era un fenómeno inconcebible en un país como la Argentina, donde todo estaba por hacerse. En definitiva, para uno y otro, gobernar significaba superar las carencias que impiden el desarrollo y el progreso de una sociedad.

Para una parte de la teoría política contemporánea, gobernar implica intercambiar problemas. Así, una política pública está destinada a resolver o atenuar un problema pero, al llevarla a cabo, crea o agudiza otros problemas que deberán ser atendidos en algún momento. De modo que quien gobierna interviene en la realidad social eligiendo los problemas que va a enfrentar, sin perder de vista que su intervención va a generar otros problemas. En resumidas cuentas, la gestión de los gobiernos generalmente canjea problemas grandes e inmanejables por otros más pequeños y manejables.

Al final del día, como escribió el economista chileno Carlos Matus, lo único que realmente importa de un gobierno son sus resultados. En los sistemas democráticos, los gobiernos exponen sus logros para que los ciudadanos los examinen. Si mayoritariamente están conformes con ellos, es muy probable que lo reelijan. Si los consideran insuficientes, votarán por una alternativa diferente dentro de un menú de proyectos electorales. Matus, quien fue ministro de Salvador Allende y que en sus años de exilio se convirtió en el más importante teórico de la planificación pública en América Latina, escribió que “el gobierno empeña su palabra cuando anuncia su proyecto de gestión. Palabra que valida con su cumplimiento y que el país evalúa por sus resultados. Resultados es la palabra que encumbra o hunde al gobierno”.

La acción de gobernar siempre se da en un contexto de incertidumbre, en el cual el gobierno realiza apuestas y toma decisiones. Gobernar no surge de un cálculo aritmético en donde todos los elementos para resolver un problema están planteados en su propio enunciado, sino que es una materia estratégica, donde existen variables y comportamientos desconocidos o contingentes.

Triángulo

Según Matus, para que un contexto de incertidumbre adquiera algún grado de previsibilidad, el gobierno debe contar con cinco condiciones: (a) alta capacidad de sus funcionarios, (b) buena organización del aparato público, (c) proyecto de gobierno compatible con aquellas dos capacidades, (d) contexto adecuado para que ese proyecto pueda avanzar y (e) buena suerte. Algunas de estas condiciones permiten configurar un “triángulo de gobierno” cuyos vértices son el proyecto, la gobernabilidad del sistema y la capacidad.

El proyecto de gobierno es una propuesta de intercambio de problemas, donde los partidos políticos y sus candidatos le ofrecen al electorado un menú de acciones que producen beneficios y costos. El proyecto expresa un balance entre los problemas que el gobierno se propone resolver y los nuevos que va a generar.

La gobernabilidad del sistema se define como la relación entre las variables que un gobierno controla y las que no controla. Este atributo incide directamente en la capacidad del gobierno para tomar decisiones y llevar a cabo su proyecto.

La capacidad del gobierno, que es la variable más importante y la menos valorada, según Matus, conjuga el liderazgo con la experiencia y los conocimientos de un equipo de gobierno para llevar a cabo sus decisiones. Sin capacidad de liderazgo político, los conocimientos y la experiencia solo producen buenos asesores. Un liderazgo político sin conocimientos y experiencia, es incapaz de producir estadistas.

De modo que la gestión de un gobierno se evalúa a partir de sus resultados y éstos surgen del intercambio de problemas que logra producir. Asimismo, el arte de gobernar se manifiesta en la capacidad para seleccionar los problemas que un gobierno se dedicará a resolver. La complejidad surge precisamente en este punto, porque la lista de problemas prioritarios que escoge el gobierno no necesariamente coincide con los problemas que eligen los ciudadanos o los partidos de la oposición.

A esto hay que sumarle, además, los problemas propios de la legitimidad política y la ampliación de los derechos democráticos, como por ejemplo, la identidad de género, IVE, cupo trans o AUH, y los que son propios de la gestión macroeconómica, como crecimiento, desarrollo, creación de empleo, nivel de actividad, distribución de los ingresos, estabilidad de precios, emisión y reservas monetarias.

Estos tres grandes temas de gobierno (intercambio de problemas de la vida cotidiana, gestión política y gestión macroeconomía) forman, para Matus, tres “cinturones” que deben estar balanceados, de modo tal que el déficit que se verifica en alguno de ellos se debe compensar con superávits en los restantes cinturones.

Pandemia y después

La pandemia, por ejemplo, puso en evidencia el desbalance global del actual gobierno, sin que éste pudiera corregirlo. Alberto Fernández apostó gran parte de su capital político inicial, muy importante si se tiene en cuenta los resultados electorales de 2019, tratando de sostener un aislamiento sanitario que, a fines de marzo de 2020, comenzó siendo acompañado por amplios sectores de la población pero que, en su prolongada duración, erosionó su legitimidad de ejercicio.

En cambio, otros problemas que sí formaban parte de la agenda prioritaria de amplios sectores del Frente de Todxs no avanzaron más allá de la retórica. La reforma de la Justicia Federal y la expropiación de Vicentin, que Alberto Fernández sacó de la galera para, luego, agregarla a la lista de iniciativas fallidas, son dos buenos ejemplos del déficit imputable al proyecto de gobierno.

En cuanto al balance macroeconómico­, sin dudas, el cinturón más deteriorado por la gestión macrista y el que mayores expectativas sociales generaba, la recuperación relativa en los niveles de actividad y de empleo se logró a costa de subestimar otras dos variables igualmente importantes y sensibles: la política de ingresos y la estabilidad de los precios.

Es obvio y hasta innecesario señalar que, luego de 30 meses de gestión, el balance global del actual gobierno es deficitario y esto no es inocuo. Al respecto, escribió Matus que “si un gobernante, dominado por la improvisación, la negligencia o la incapacidad, tiene un déficit en estos tres balances de gestión, inevitablemente desacumula poder y pierde prestigio. No basta con manejar bien uno de los balances, si ello produce, en ausencia de compensación con los otros balances, un déficit global en la gestión política. No se puede estar en déficit en los tres balances, porque ello significa desgobierno”.

El ascenso de Massa

El reciente ingreso de Sergio Massa al gabinete significa, tal vez, el último intento por balancear los tres cinturones. El gobierno deberá llevarlo a cabo en condiciones de gobernabilidad mucho más limitadas y con un horizonte de tiempo extremadamente más acotado que las que encontró Martín Guzmán al inicio de la gestión. 

Massa y sus colaboradores deberán dedicarse a resolver con la mayor celeridad posible el principal problema que resiente a la ciudadanía: la inflación y sus efectos erosivos sobre los ingresos de los sectores sociales menos favorecidos, lo que incluye operar exitosamente sobre otros aspectos del balance macroeconómico; entre ellos, la cuestión cambiaria. Las medidas anunciadas por el nuevo ministro podrán parecer tibias para algunos, nocivas o insuficientes para otros, pero responden en lo inmediato a salir del marasmo en el que se encuentra el gobierno.

Sergio Massa no es un economista sino uno de los principales referentes políticos de la actual coalición de gobierno, que está empeñado en armar un equipo con los técnicos que, a su juicio, son los más idóneos para afrontar una agenda de gobierno que tiene tiempos y objetivos limitados. La novedad radica, precisamente, en la convergencia de la política y la economía para no seguir tensando innecesaria y peligrosamente los tres cinturones de gobierno.

“La peor gestión política, escribió Matus, es aquella que consume el capital político del gobernante sin alcanzar los resultados anunciados y perseguidos, y ello puede ocurrir por un mal manejo técnico. La peor gestión técnica es la que, por no medir los costos políticos, queda inacabada y debe retroceder cuando ha consumido torpemente el capital político que le daba sustento”.

No se trata, por cierto, de seguir llorando sobre la leche derramada o de seguir apelando a la guerra o la pandemia para justificar el inmovilismo de un gobierno que había generado, en sus días iniciales, otras expectativas más felices. Se trata, en cambio, de que el gobierno se ocupe de resolver problemas prioritarios bajo las actuales condiciones del contexto que, sin duda, no son las que por su propia voluntad hubiese elegido.

Aún queda por delante más de un año de gestión antes de que el voto ciudadano defina una nueva elección presidencial, cuyo resultado todavía está por verse, pese a los pronósticos de los muchos encuestadores que nunca aciertan y que ya dan por sentado un triunfo opositor. En política, las victorias cantadas y las derrotas inexorables son dos grandes impostores.

* Politólogo y doctorando en Ciencias Sociales (UBA). [email protected]