El cuento de la criada
Cría hijos
A mediados de los años ‘80, en plena era Reagan, Margaret Atwood imaginó un futuro en el que los Estados Unidos pasaba a ser gobernado por una tiranía cristiana fundamentalista que toma el poder por la fuerza cuando una crisis de fertilidad humana amenaza con la extinción de la especie. Treinta años después, en la era Trump, El cuento de la criada es una serie de MGM y Hulu, la señal de TV de Amazon, creada por Bruce Miller y con Elizabeth Moss en el papel de Offred, la criada de la obra más célebre de la escritora canadiense. Elogiada por la crítica, muy cuidada en su estética oscura y luminosa a la vez y en explícito diálogo con el presente, esta distopía alerta sobre el futuro inmediato en manos del ultraconsevadurismo y los fundamentalistas religiosos. Radar presenta la serie y repasa las distopías de la literatura, el cine y la historieta.

El comienzo de El cuento de la criada no podía ser más desconcertante. Un auto escapa a toda velocidad por una ruta desierta, apenas rodeada de árboles desnudos y vegetación tupida. Una sirena policial se oye de fondo, con insistencia atronadora. De pronto, un desvío; el auto se desliza por un barranco lleno de hojas secas y un hombre desciende algo agitado. Ayuda a salir a su mujer y a su pequeña hija, y las convence de escapar hacia el norte. “Tenés que llevártela. ¿De acuerdo? Es a unos tres kilómetros hacia el norte. Dijo que alguien se reuniría con nosotros. Corran. Yo iré detrás de ustedes”. La cámara sigue a las fugitivas de cerca mientras las sirenas se aproximan, amenazantes. El sol apenas se filtra entre los árboles secos del bosque, bañando de un ocre espeso y luminoso el ambiente invernal. Ellas corren sin descanso, agitadas por el miedo y la urgencia. Se oyen disparos a lo lejos, los perseguidores se acercan desde el fuera de campo que solo deja oír sus voces cada vez más cercanas. La madre levanta a su hija en brazos, la protege bajo su abrigo y se esconde con ella entre las raíces de un árbol añoso. Cuando cree que el peligro ha pasado, y que puede continuar la marcha, varios hombres encapuchados la capturan y le arrancan a la nena de entre los brazos. Un golpe, un desmayo, y un viaje hacia el peor de los mundos. La mujer que conocimos en su fuga desesperada ahora se recorta como una tenue silueta oscura en la luz que emerge de una ventana. “Una silla, una mesa, una lámpara. Una ventana con cortinas blancas y un cristal inastillable. Pero no temen que nos escapemos. Una criada no llegaría demasiado lejos”. La voz de Offred, apenas audible pese al asfixiante silencio, es la que nos contará la historia, su historia. La historia de un mundo que ha dejado de ser lo que era hasta entonces. 

Producida por MGM Television y la señal de contenidos televisivos de Amazon, Hulu, El cuento de la criada llega a convertirse en una serie televisiva en un contexto muy particular: el triunfo de Donald Trump y su evidente misoginia, la voz de las mujeres que se alzan desde noviembre pasado en las principales ciudades de Estados Unidos en señal de alerta, el fantasma del terrorismo como excusa para políticas crecientemente represivas, y la evidente predisposición a fundamentalismos morales y religiosos que produce ecos cada vez más preocupantes en las sociedades contemporáneas. Aquella novela de culto de la célebre Margaret Atwood, publicada en pleno apogeo de la era Reagan, adquiere en el presente una fascinante actualización al poner en sus rebeldes criadas el único llamado libertario en una era de renovado oscurantismo. La novela de Atwood imagina un futuro distópico en el que Estados Unidos está gobernado por una tiranía cristiana fundamentalista, que ha tomado control del Estado mediante las armas luego de que una grave crisis ambiental derivara en una seria disminución de la fertilidad humana. “Dios ha castigado a la humanidad”, ha conjurado ese nuevo ejército de hombres uniformados y seguidores de la palabra bíblica. Y, ante la amenaza de extinción, ha reclutado a las mujeres fértiles sobrevivientes para convertirlas en vientres al servicio del sostenimiento de su poder. 

A quién pertenecen los cuerpos

“El cuento de la criada no es una fantasía”, afirma la misma Margaret Atwood, productora también de la serie, a Sophie Gilbert de The Atlantic. La novela se nutre de premisas defendidas por las comunidades puritanas que se afincaron en Estados Unidos en el siglo XVII, de sucesos que hoy acontecen a las mujeres en zonas de Medio Oriente, y de las disputas que existen en torno a la legalización del aborto y a la potestad de la mujer sobre su cuerpo. De hecho, Gilbert señala que en 1985, año de la publicación de El cuento de la criada, una de las representantes del sector cristiano evangélico más conservador que había brindado su apoyo a la reelección de Reagan afirmaba desde su libro The Way Home: Beyond Feminism Back to Reality que el estilo de vida patriarcal la había realizado como mujer. “Mi cuerpo no me pertenece”, sentenciaba Mary Pride, y la creación de Atwood adquiría visos de aterradora realidad. Más de treinta años después, la nueva serie creada por Bruce Miller (productor de series futuristas como Los 4400, Los 100 y Alphas) logra captar ese estado de terror subterráneo que transmite el espíritu de la prosa de Atwood en atmósferas opresivas y asfixiantes, en un tiempo dilatado que regresa una y otra vez al pasado previo al desastre, y que delinea el incipiente germen de una anhelada rebeldía. Junto a Miller aparece Reed Morano, directora de varios episodios y responsable de la fotografía –que  combina la luz incandescente que se filtra desde el afuera como restos de un paraíso perdido con las tonalidades opacas que dominan los interiores–, e Ilene Chaiken, creadora de The L Word a la que se le había perdido el rastro –salvo su intervención en la bizarra Empire–, y cuyo regreso resulta bienvenido. 

El punto de vista inicial, instalado en los primeros episodios, responde al relato de Offred, interpretada por la extraordinaria Elizabeth Moss (Mad Men, Top of the Lake). Offred se encuentra confinada en su habitación, en un altillo de la elegante mansión del Comandante Fred Watterford (Joseph Finnes). Viste de rojo, como todas las criadas, y lleva una cofia banca que cubre su rostro durante las breves salidas que realiza al exterior. Esos paseos diarios, a la luz del día, le ofrecen un paisaje militarizado, con paredones con cadáveres colgando como advertencia a disidentes y muros de lamentos destinados el rezo diario. En la casa a la que fue destinada (luego de que su antecesora desapareciera misteriosamente), su función se reduce a servir como esclava sexual al patrón durante la llamada Ceremonia, que se realiza en los días fértiles del mes. Siguiendo la palabra del Génesis, las criadas se prestan al coito entre las piernas de sus amas infértiles, la señoras de la casa. Mujeres de alta alcurnia que visten de un azul verdoso, llevan la casa con prestancia y participan de la humillación mensual en la que sus poderosos maridos ofician de sementales. Las criadas son entrenadas con severidad por las Tías, señoras de uniforme militar y fusta que enseñan la palabra divina a fuerza de palo y sangre, amenazan con la deportación a las Colonias (especie de campo de exterminio para mujeres impuras, infértiles y lesbianas), y reprimen cualquier atisbo de insurrección. El mundo se ha convertido en la peor de las pesadillas. 

Aplaudida por la crítica estadounidense como una de las ficciones del año, El cuento de la criada se despliega a medida que cada una de las piezas que forman ese complejo  rompecabezas va ocupando su lugar. Cada episodio entrega una nueva información: la presencia de “ojos” en las casas como espías ante cualquier comportamiento sospechoso, los detalles de la preparación de un nacimiento (uno de cada cinco embarazos llegan a término) como una especie de baby shower bíblico con frases de manual de autoayuda, y la proscripción de todo rastro del pasado, aquel lejano en el que la mujer tenía una vida autónoma e independiente. El verdadero nombre de Offred, June, también ha quedado proscripto, como el recuerdo de su amiga Moira (Samila Wiley, de regreso luego de su salida de Orange is the New Black), lesbiana militante cuyo rastro resulta un misterio, y como también la actividad secreta de la “network”, la resistencia al régimen que permanece en la más secreta clandestinidad. El fantasma de un posible ataque terrorista es el que justifica el control militar en las calles, la vigilancia a quienes no son poderosos, y el Estado teocrático que controla las vidas civiles. La fe es lo que debe guardarse y cualquier amenaza debe ser sofocada y castigada. 

La voz en off de Offred resulta algo más que una puerta de entrada a los hechos y el contagio de cierto desconcierto inicial que se va revelando como angustia y desazón. En sus palabras se intuye su estado de ánimo, en sus inflexiones de voz la inercia que provoca la desesperanza, en sus pensamientos  el desánimo que trafica el sinsentido. Pero junto a ella se vive la resistencia de la memoria, el recuerdo de la lucha y la cofradía (que se cristaliza en un intento de fuga y el posterior apoyo de las otras prisioneras ante el castigo), y la apuesta a la confianza en quienes están en su misma situación. Las criadas solo salen al exterior en pares. La idea del régimen es que cada compañera funcione como control, gracias a la sospecha y a la paranoia difundida. Offred sale en compañía de Ofglen (Alexis Bledel, la menor de las chicas Gilmore), quien lentamente va rompiendo el hielo y estableciendo con ella una vital cercanía. Esos lazos de solidaridad que parecían extintos para siempre renacen lentamente, no sin contratiempos y castigos. Pero es en esa llama donde El cuento de la criada cifra su apuesta de insurrección: en la contraposición entre las duras palabras controladas por el poder y la fuerza vital que emerge de las imágenes interiores. Es desde lo profundo de su interior, donde todavía es dueña de su verbo y su mirada, de donde emerge su verdadera fortaleza, aquella que por momentos la hace sentir invencible.