La tesis queda clara rápidamente: Pablo Aimar habla como jugaba. O al menos esos parece en los casi 70 minutos de charla que luego se convertirán en nota y que, casi que de manera involuntaria, expondrán al de Río Cuarto tanto como lo hacían sus propias gambetas en el campo. Aimar habla en dos velocidades. La primera ocurre cuando expresa algo ligero, que dinamiza el diálogo, que termina en un chiste o que simplemente es el paso a otra cosa. Ahí corre en puntas de pie, casi sin tocar el césped, como llevado por el tempo de lo que va ocurriendo a su alrededor. La segunda toma forma en las respuestas largas, cuando el ex River se frena, piensa, engola su voz sin darse cuenta, pone pausas y conceptualiza. Ahí, Aimar aparece en su esplendor como lo hacía a la hora de dar un último y genial pase. Ahí, ese surfista de piernas muestra, en verdad, su costado profundo, su fútbol rico en ideas y su verdadera valía. Ahí hay que parar la oreja. Y escuchar, claro.

 

-Hablemos un poco de cómo vemos y consumimos fútbol. ¿Cuál es tu opinión sobre los medios respecto de eso?

-Que hay que hablar del juego. Todo lo que se pueda. Pero para hablar del juego hay que quererlo. Hay que jugarlo. Y no creo que eso implique una preparación académica, porque realmente tiene tantos lugares en los que entrar, que podemos estar todo el día. ¿Quién es el que sabe de fútbol? ¿El que gana? Yo creo que no. Yo creo que el que sabe es el que más enseñanza deja. Ahí arranca la madre de todas las charlas. Pero se habla de otras cosas. Menores, si querés. Pero que venden más.

-¿Y cuál es la razón para que se ocupe tanto tiempo hablando de otras cosas?

-Que la gente nunca cambia de canal o tampoco cierra el diario si huele a escándalo. Tal vez lee primero eso. No sólo en el deporte.

-¿Cómo hacés vos para salir de ahí?

-Tratando de entender. Pero es difícil. ¿Cómo le pedís a un tipo que laburó diez horas que trate de entender la lógica de eso? Si, al final, el tipo quiere sentarse un rato a descansar y que lo entretengan. Y, ojo, yo también consumo algún puterío, eh. A todos nos pasa.

-¿Hay conciencia del daño en los medios?

-No, porque la gente no tiene incorporado al otro. Vivimos desconociendo que existe otro. Se cagan de risa del otro. Son pocos los que dicen ‘voy a dejar cruzar al tipo porque hace dos horas que está parado ahí y venimos pasando 200 autos’. Y cuando lo dejás pasar hay otro que te putea. Pero eso no ocurre sólo acá ni sólo en el fútbol. El mundo está planteado así. El ser humano es un bicho complicado.

-¿El sistema te aliena para evitar el colectivo?

-No sé si es el sistema o es la naturaleza del ser humano. El problema es que acá no podemos apagar el grabador (se sonríe)...

-¿Por?

-Porque cuando vos hablás en público perdés el derecho a la contradicción. Y vos te contradecís. Todo el tiempo. Entonces te van a decir ‘y bueno, pero ayer tal cosa’. Y sí, me contradigo. Todos lo hacemos.

-Volvamos al fútbol, pero con esto. ¿Cómo se aplica ese individualismo al juego?

-Equipo de fútbol que consigue evitar ese pensamiento individual, prevalece. Es que que hay una pelota y 22 tipos y cada tipo la toca 3 minutos sobre 90. Es decir que cada uno juega 87 minutos sin la pelota. Entonces, si vos conseguís moverte para que el gol lo haga un compañero, sos un genio. Si vos conseguís darle una solución al compañero y que él salga en la tapa y vos ni pintes, bárbaro, jugás para el equipo. Al final, los mejores jugadores de fútbol son los que hacen jugar bien al otro. Y me han tocado tipos así, que no dicen nada, pero te hacen mejor. Vos podés tener al mejor lateral derecho del mundo, rápido como Usain Bolt y con técnica. Pero le tirás la pelota atrás y sonó. Se vuelve el peor del mundo. Al cabo, el que lo hace jugar bien, ese es un grande, aunque no salga en la tapa.

-¿Y quiénes eran los mejores en eso?

-A mí siempre me sorprendió Leo Astrada. El tipo no era un portento físico ni era mágico técnicamente, pero era inteligente. Te daba la pelota con ventaja y te hablaba. Se desmarcaba para que se la devuelvas. Te estaba haciendo mejor a vos. No sé si él se daba cuenta. Yo lo entendí con el tiempo. Roberto Fabián Ayala es otro caso. Le tiraban una pelota al nueve del equipo rival, él saltaba y en vez de tirarla afuera, te miraba y, mientras se la quitaba, ya te la daba a vos en el mismo toque. Y el que salía en la tapa era yo, que por ahí me daba vuelta después de eso y metía un pase de gol. Esos te hacen mejor y no salen en la tapa del diario. Y hay otros que tienen las dos cosas. Te hacen mejor y salen en la tapa del diario. Pero esos son elegidos. Te digo dos: Riquelme y Messi.

-¿Al margen de esos tipos que tienen eso incorporado naturalmente, se puede lograr que uno que no lo tiene juegue así?

-Sí, pero te tiene que gustar el juego. Vos podés tener el mejor profesor de guitarra, pero si no te gusta tocar... Mientras más chico agarres al futbolista, si tiene esa pasión, mejor podés comprometerlo. A mí me gusta mucho esa parte de este deporte. Porque hubo gente que me enseñó y ahora debo seguir el camino hacia las generaciones más jóvenes. Yo lo viví con José Pékerman y es el día de hoy que me acuerdo sus enseñanzas. Paraba el entrenamiento y me decía: ¿A dónde está la solución?”.

-¿Y qué se le dice a los pibes sobre la fama, el dinero y el lugar que ocupa el futbolista?

-Que eso no es malo. Querer mejorar como futbolista no se contrapone a todo eso. Yo me arrepiento de no haber disfrutado más del lugar que ocupaba. Imaginaba que a los 60 me iba a quedar sin plata y no me daba cuenta que era a los 20, que ahí tocaba, porque después la vida se pasa. El entrenamiento te lleva 3 o 4 horas y el día tiene 24. Después, si sólo te importa la plata, estás en problemas. Pero le puede pasar a un abogado también. Si sólo quiere cambiar el auto, no va a ser mucho mejor en lo que hace.

-¿Pero puede haber alguien que sólo piense en el dinero jugando a la pelota?

-Mirá que el manual de cómo se vive no lo tiene nadie. A mí me dolían las derrotas de una manera que no dormía. ¡Y estoy seguro que el equivocado en eso era yo! Eso me hacía un inconformista, sí. Me hacía mejorar, tal vez. ¿Pero quién vive mejor? El que le chupa un huevo. O no. No me gustan esos que dicen ‘porque los pibes de ahora’. Tal vez los pibes de ahora viven mejor que nosotros. Andá a saber. No me gusta el dogmatismo. ¿Cuántas veces van a vivir? Una, igual que vos. Después, para trabajar, dame a los que sienten dolor en la derrota. Eso sí, jamás le diría a uno de los otros ‘che, vos estás viviendo mal’.

-¿Existe el “se juega como se vive”?

-Yo creo que hay una sola manera de conseguir la mejora de un futbolista y es la pasión. Sin eso no hay posibilidad de disfrute. Sin pasión, en el fútbol no hay nada. Necesitamos ese amateurismo. No podés ir a hacer horario de oficina en un entrenamiento. Por eso a mí me cuesta creerle a los buenos jugadores que dicen que no les gusta el fútbol.

-¿Al fútbol, entonces, lo salva el fútbol? ¿Son los tipos apasionados los que nos hacen mejores?

-Es difícil de decir. Si hablamos de geografía y de calidad del espectáculo, por acá no queda mucho de lo mejor. Hay algunos partidos lindos para ver, pero cada vez menos. Somos la última generación que un partidos enteros.

-¿Por qué?

-Porque están más acostumbrados a lo efímero. El partido de PlayStation dura 5 o 7 minutos apenas. Están acostumbrados a los resúmenes. A ver en el celular los goles de todo el mundo. Son víctimas de este estímulo. Y nosotros le seguimos viendo cosas al juego. Seguimos esperando una jugadita. Cuando hay partidos divertidos, ahí sí, ahí se hace más fácil.

-Hablás de divertirse y de amateurismo. ¿Eso no es dar un paso atrás en un mundo que te dice que lo mejor es lo nuevo, que siempre todo va hacia adelante?

-Conservar el amateurismo no significa no tener estrategia. Significa entrenar con una sonrisa. Es filosófico, no de sistema.

-En el medio, eso contrasta con las presiones y todo lo que se dice de un jugador. ¿Igual vale la pena pagar el precio?

-No. No lo vale. O no es que no valga la pena. Lo sufre otra gente. Yo sé que los familiares de los jugadores van cada vez menos a la cancha. O ni van. Y es contradictorio. El pibe llegó a donde soñó y no vas a verlo. O ponés la tele sin volumen. Eso pasa en las familias de los futbolistas. No te gusta que insulten a alguien al que vos querés y no te podés pelear con mil tipos.

Aimar, además de ser ese mito viviente y esa contracara riverplatense y amigable de Juan Román Riquelme, es, también y casi que para la posteridad, la leyenda del hombre que fue ídolo de Lionel Messi. De todos los que caminan la tierra, nadie deslumbró más al rosarino que Pablo. Y como el fútbol es una pelota que da vuelta, Messi, claro, también pasó a ser el ídolo de Aimar. Cuando habla de él, Pablo se ilumina como casi nunca.

-¿El mejor Messi siempre es el último?

-Es probable. Vos mirabas un partido de Messi a los 20 años y no te podías distraer un segundo porque gambeteaba a cuatro así de golpe. Ahora, de más grande, tal vez no apila un montón de rivales 10 veces por partido. Lo hace dos. O una. Pero lo hace en el momento que lo tiene que hacer y en el lugar en el que lo tiene que hacer. Toca cuando tiene que tocar. Recibe cuando tiene que recibir. Sabe si se la tiene que quedar. Vos me podés preguntar cuál era mejor para ver. Yo te voy a decir que el de 20. Pero el que juega mejor es el de ahora. Después, para decir quién fue el mejor de la historia hay cosas que no puedo medir, como los arbitrajes, el césped, los rivales y demás. Pero el Messi de ahora, el que se hace hacer el foul en el lugar que quiere para patear el tiro libre, ese es espectacular.

-Hasta cuando no hace nada está haciendo algo...

-Claro. Pero hay cosas que son difíciles de explicar. Messi juega 70 partidos por año y si corre 12 kilómetros por partido, se lesiona al partido 30. No es tan complicado mirar eso. Juega los 70 y define, 60 o 65. Es terrible eso. Copa del Rey, juego. Champions, juego. Campeonato, juego. Selección, juego...

-Entonces, decís que un tipo de esa estatura sabe hasta cuándo regular y cuándo no.

-Pero es que Messi sabe todo lo que hay que saber en el fútbol. Sabe cuándo juntar gente para dársela a otro. Sabe cuándo encarar. Sabe cuándo tenerla. Sabe cuándo acelerar. Cuándo de primera, cuándo a dos toques, cuándo recibe, cuándo no. La madurez de Messi me sorprende. Messi es el futbolista total.