El día que la mano derecha claudicó

Luisito. Así lo llamaba el Negro. Fue su asistente personal desde que la enfermedad empezó a limitarlo para trabajar solo. Al principio Luisito –en rigor Luis Grigione– se encargaba de archivar los dibujos, atender el teléfono y cuando la enfermedad avanzó, debió también asistirlo en otros cuidados. “Siempre buscábamos la manera de que no dejara de trabajar, porque era su terapia, aunque le costara más”, dice Luisito.

En diciembre de 2006, Fontanarrosa dijo basta. Y un mes después lo anunció públicamente: dejaba de dibujar la página de Inodoro Pereyra y el chiste quincenal en la revista dominical del diario Clarín.

Finalmente, la mano derecha claudicó. Ya no responde, como antaño, a lo que dicta la mente. Por lo tanto, e independientemente de que yo siga intentando reanimarla, me veo en la necesidad de recurrir a alguno de los muchos excelentes dibujantes y amigos que tengo para que pongan en imágenes mis textos. Nadie mejor en este caso, a mi juicio, para graficar mis ideas, que el Negro Crist. Porque lo conozco desde hace más de 30 años, porque somos como hermanos y porque dibuja en blanco y negro o a color, mucho pero mucho mejor que yo. Siempre admiré su virtuosismo y hoy me alegra poder aprovecharme de él y lucirme de esa forma. 

También se notaba que la viñeta en la página 2 presentaba alguna dificultad, no era un trazo habitual de Fontanarrosa. Fue entonces que lo llamó por teléfono a Crist.

–Me vas a tener que hacer los dibujos tal cual lo habíamos charlado en algún momento–, dijo con la más absoluta naturalidad.

–Si querés inventamos un dibujante nuevo, con tus textos y mis dibujos, lo que siempre quise hacer– respondió Crist.

–No, yo te mando el texto.

–Ok, entonces tenemos que hacer una fuente con tu letra para escribirla en el teclado. Cuando vos me digas, largamos.

–Ah, ni intentes hacer mi dibujo, es tu dibujo con mi texto– ordenó antes de cortar la comunicación.

Ante el avance de las dificultades, Gabriela empezó a averiguar sobre la posibilidad de encargar a un diseñador que hiciera una tipografía con la letra del negro. La primera referencia que le dieron fue un diseñador londinense. No hizo falta recurrir a alguien tan distante. Pocos días después la llamó Eduardo Tunni desde Buenos Aires. “Yo estuve desarrollando una tipografía con la letra del negro, lo hice como hobby, pero si llegaran a necesitarla la perfecciono y se las mando”, le dijo. Fue un regalo, no hubo manera de que aceptara honorarios por esto que fue un gran aporte.  

Luisito se encargaba de mandar mails con las ideas que el negro dictaba en su estudio. Primero, para el chiste diario y luego para el unitario que se publicaba en Viva. El sistema de trabajo se cumplía a la perfección: Crist hacía los dibujos, su mujer, María Teresa, se encargaba de pintarlos con el photoshop y devolverlos terminados por correo electrónico. Luisito, en Rosario, cargaba los textos y tras una última supervisión del negro, los chistes partían a la redacción. “Luisito es el héroe anónimo de esta historia, lo aprecio mucho, hacía de todo”, dice Crist. 

“Nos cargaba de laburo y si me demoraba se ofendía, además yo tenía que hacer mi laburo, y como soy naturalmente vago, me atrasaba, y él quería ver los resultados al toque”, cuenta Crist.

Lo que llevaba más tiempo era la realización de las páginas de humor en la revista. “Te hice un guión a tu medida para el domingo”, dice el mail que llega desde Rosario. Se ve el muro mandado a levantar por Estados Unidos en la frontera con Méjico. En una torre están dos guardias tejanos con sus sombreros blancos, el encuadre está del lado mejicano. Uno de los guardias, con la escopeta en la mano, le dice al otro: “Yo sabía que cuando hiciéramos este muro, iba a hacer una tentación para los mejicanos”. Y se ve a dos muchachos pintando murales. “Hice una mezcla de Diego Rivera, Jesús Clemente Orozco y Alfaro Siquieros, lo hice a la manera de ellos”, dice Crist, con cierto orgullo. “No era para tanto”, le contestó el negro a través de un mail cuando vio el dibujo terminado.

Lo de Inodoro Pereyra fue más complejo. Un nuevo llamado entra desde Rosario a la casa de Crist: 

–¿Y el Inodoro, te vas a animar a hacerlo? Yo sé que lo podés hacer bien– 

–No me animo, no estoy acostumbrado a repetir el personaje en toda una historieta, pero tengo una solución–, le respondió el cordobés.

La cuestión era encontrar otro dibujante cercano al estilo de Fontanarrosa, sin que fuera un clon, que limitaría muchísimo la creatividad del ilustrador.

–¿Cuál es?

–En La Voz del Interior hay un dibujante que hace una tira con un personaje local, “Jerónimo”, que quiere ser un conquistador con traje de lata. 

Se trataba de Oscar Salas. Crist lo convocó a su casa y le contó cuál era la situación: “Flaco, el negro está jodido y no puede dibujar. ¿Te animás a hacer el Inodoro Pereyra?”. Salas se quedó callado. “Es mucha responsabilidad, pero si me lo pide se lo hago”, contestó. Hizo una primera prueba, un Inodoro un tanto infantil para el gusto de su creador pero cuando le pidió que lo humanizara, que fuera más antropográfico, dio su aval para su publicación y a partir de entonces Inodoro salió con firma compartida.

Vale este informe a los lectores para que no se sorprendan al advertir que he mejorado notablemente la calidad de mis trazos y de mis colores. 

El último encuentro con Crist fue en el departamento de calle Wheelwright en el marco de una cena con sus parejas, regado por un vino Trapiche Medalla, del que dieron cuenta rápidamente. Como un déjà vu, volvió a surgir la mención a Clint Eastwood, a Harry, el Sucio.

–¿Viste las últimas películas de Clint, Cartas desde Iwo Jima y Banderas de nuestros padres?– le preguntó Fontanarrosa.

–Flags of Our Fathers.

–Su inglés me impresiona.

–¿Cuál te gustó más?

–La parte japonesa.

–A mí también.

–Ahora Clint se ha transformado en un director de culto.

– Los puentes de Madison.

–¿Quién lo hubiera dicho, no? Del cowboy aquél a las cosas que está haciendo ahora…

Antes de la despedida, Crist le hizo un regalo. Un libro del escultor y poeta Juan de Dios Mena.

–¿Qué te parece?

–¡Ottimo!

Hubo un abrazo final y el deseo compartido de volver a verse.

El próximo 19 de julio se cumplen diez años de la muerte de Roberto Fontanarrosa. Su biografía, El Negro Fontanarrosa (Homo Sapiens Ediciones), escrita por Horacio Vargas, acaba de reeditarse y se presenta el sábado 22 en Rosario.