Brasil, decime qué se siente

Se repite en eco: como slogan, como mantra, como verdad revelada. “La Argentina iba en camino de ser Venezuela”. Se sabe quién la salvó de ese destino manifiesto. La afirmación es falaz e interesada, su único objetivo es desacreditar a los gobiernos kirchneristas.

La comparación es, desde el vamos, improbable o imposible. Demasiadas diferencias entre los dos países, su historia lejana o reciente, su tradición política, su cultura popular, los modelos de liderazgo del siglo XXI… solo para empezar.

Trazar un parangón entre Argentina y Brasil es más atinado, siempre a condición de reconocer diferencias y asimetrías. Hubo paralelismos en el siglo pasado: las presidencias de Juan Domingo Perón y la de Getulio Vargas. Las de Carlos Menem y Fernando Collor de Melo, las dictaduras.

A partir de 2003 aumentan las analogías y hasta las sincronías. Los presidentes Lula Da Silva y Néstor Kirchner asumieron con poco más de cuatro meses de diferencia. Fueron aliados, los sucedieron sendas presidentas, las primeras en la historia de cada nación. Ambas resultaron reelectas, Añadamos el desendeudamiento (casi simultáneo y acordado) con el Fondo Monetario Internacional, el ascenso de las clases más humildes, la Asignación Universal por Hijo y Bolsa Familia. Y cien etcéteras.

El fin de la continuidad demarcó un hiato, enorme. El presidente Mauricio Macri le ganó al kirchnerismo en elecciones libres. Su colega brasileño, Michel Temer, llegó merced a un golpe institucional maquillado.

Como nota al pie: el consultor predilecto de Macri, Jaime Durán Barba, reconoce la falta de sustento de la destitución de Dilma en el reciente libro que firma junto a Santiago Nieto (“La política en el siglo XXI”). Describe al juicio político como “un carnaval bizarro en el que la banalización de la política llegó a un extremo difícil de concebir”. Unas líneas más adelante, retoma su cinismo clásico: asevera que la ex presidenta “fue destituida por su impopularidad” y coquetea con justificarlo.

Volvamos al eje.

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La legitimidad de origen de los actuales mandatarios de Argentina y Brasil distingue a los dos procesos políticos. Pero es posible que estén tendiendo a parecerse, convergiendo del peor modo.

 La infundada condena penal contra Lula por un delito no probado, sin prueba documental alguna mientras crece su popularidad tiene un aire de familia con la coyuntura argentina. Acá también se judicializa la disputa electoral entre macrismo y kirchnerismo, acosando a Cristina Fernández de Kirchner. La proscripción vía condenas judiciales es una amenaza conjunta. En Brasil está más avanzada, lo que regocija a su establishment y motiva envidia de las clases dominantes argentinas. 

Allá se votó una reforma laboral regresiva. Acá está en barbecho. Las legislaciones son distintas, tanto como los niveles de sindicalización y el piso de protección social, más satisfactorios en nuestro país. Pero hay voluntad similar para socavar derechos, favorecer a las grandes patronales, desguarnecer a los trabajadores.

Este cronista no es partidario hacer aseveraciones rotundas o excluyentes sobre la legitimidad de ejercicio: debe ser sopesada por el pueblo soberano al votar.

No obstante, sí es válido advertir sobre la erosión de la legalidad democrática, que se incrementa día tras día. Milagro Sala sigue presa sin condena firme, la Corte Suprema silba bajito. Se quiere desplazar, acaso por decreto, a la Procuradora Alejandra Gils Carbó. El cierre de la planta de PepsiCo rebosa de ilegalidades, acuerdos espurios entre funcionarios y la patronal, violencia de fuerzas de seguridad (ver nota aparte). Las reforma previsional (a la baja, desde ya) se avizora en el horizonte cercano. Se multiplican los conflictos de intereses de miembros del Gabinete que benefician sin empacho a sus empresas de origen. Y siguen las firmas.

Tal vez los comicios de octubre sirvan de parate a la escalada macrista. Para eso, deben ser libres. La historia comprueba que, desde 1945, siempre existieron bajo gobiernos peronistas. Pero ninguno de los otros partidos que llegó a la Casa Rosada se privó de proscribir alguna vez: ni los radicales, ni los desarrollistas. Esa perversión se discontinuó desde 1983, mérito de todos los jugadores del sistema democrático.

El PRO, un partido nuevo, afronta el desafío de preservar tamaño avance, diferenciándose de los precedentes del peor pasado. Habrá que ver y, por cierto, que controlar como cuadra en votaciones con sufragio universal y participación ciudadana.