Hasta hace muy poco, Greil Marcus había decidido no usar nunca más la palabra “rock”. Una de las eminencias mundiales de un género hoy tan celebrado como el periodismo de rock, pionero al frente de la primera versión de la revista Rolling Stone y autor de libros venerados como –por ejemplo– Rastros de carmín, sobre el punk y sus antecedentes, Marcus se asqueó cuando leyó que durante la invasión de Irak los soldados norteamericanos se arengaban diciendo “listos para el rock” antes de salir a la batalla. Y pensó: si quieren usar “rock” de esa manera, bien, se los regalo, no voy a usar mas esa palabra. “Así fue”, confirmó sentado en un café de Av. Libertador, a un par de cuadras de la Biblioteca Nacional, antes de dar la charla que hizo pública su segunda visita a la Argentina. “Pasé a usar el término ‘música pop’, pero más que nada porque es insignificante: no tiene connotaciones metafóricas, es como decir música redonda”, explica. “Pero volví a usarlo en uno de mis últimos libros: La historia del rock’n’roll en diez canciones. Quise hablar de eso que, en cierto momento, llegó al mundo y trajo algo nuevo. Porque antes del rock hubo ciertos sonidos que nunca habían sido escuchados: cierto ritmo, propulsión y espíritu que nunca habían estado ahí en la música. Quise enfocarme en eso, y extenderme durante diez canciones que logran capturar esa especie de momento fundacional. No importa cuáles, en realidad. Cualquier buena canción contiene toda la historia del rock”.

Al comienzo del libro hay una lista de nombres que ocupa seis páginas, que resume la historia oficial casi como un jugador de bowling pone en orden todos los palos antes de proceder a tirarlos...

–¡Esa era la idea! Estaba diciendo: esta es la historia convencional del rock, ahora podemos ignorarla. Pero al mismo tiempo era una forma de proveer de un contexto histórico sin tener que hacerlo de una manera laboriosa. La armé cronológicamente, recorriendo la web del Salón de la Fama del Rock, donde los nombres están alfabéticamente. Así que la revisé una y otra vez, pero aún estoy esperando que alguien me diga que me olvidé algún nombre. Porque estoy seguro que alguno debe faltar...

¿Hacer ese libro y esa lista significa entonces que ha vuelto a reclamar el término?

–Así es. Lo recuperé y ya no tengo problemas en usarlo.  

CONTARLO TODO

Tanto la primera como esta segunda visita de Greil Marcus a la Argentina no estuvieron vinculadas a su trabajo como periodista cultural, sino que fueron algo asi como un subproducto de los estudios de su hija más joven, Cecily. Como cuenta Marcus en el prólogo de la versión argentina de El basurero de la historia, Cecily vino al país en 2001 para realizar una investigación para su tesis de doctorado sobre comunicación cultural durante la dictadura. Volvió al año siguiente, y con ella vinieron de paseo sus padres, que descubrieron que la Argentina era más que –la enumeración corre por parte de Marcus– Perón, Eichmann y dictaduras. “La idea que tenía era más cercana a la caricatura que construyen películas como Notorious, de Hitchcock. Así que quedé abochornado por mi ignorancia al descubrir que Buenos Aires es una ciudad fantástica, una mezcla entre Chicago y Barcelona”. 

Aunque no vino a ejercer su oficio, Marcus no pudo con su genio, y en el libro Real Life Rock –que compila casi tres décadas de columnas de su Real Life Top Ten – se puede leer en la entrada correspondiente a aquel primer viaje referencias a Julio Cortázar, una obra de Nicolás Guagnini –”30.000”– que formó parte entonces de una muestra con los proyectos presentados para el entonces futuro Parque de la Memoria porteño y unas extrañas estatuillas de Verónica Longoni, que recuerda haber visto de casualidad paseando por Palermo y lo fascinaron. “Para este viaje me puse a releer Rayuela y El examen, y me sorprendió descubrir que los tenía claros en la memoria. Lamentablemente no tuve tiempo de ir a ver el monumento que finalmente fue elegido para el Parque de la Memoria, porque fue un viaje muy corto”, repasa Marcus. “Pero luego de conocer a su autora y visitarla en su taller, compré en aquel viaje tres de esas figuras, y las tengo en mi hogar, bien a la vista. Verónica nos contó que las poses de las figuras están relacionadas con su experiencia como profesora en el campo, con la vida cotidiana local, pero también con la dictadura y la tortura, que fue lo que inmediatamente nos impresionó cuando las vimos en aquella vidriera. Cuando hoy miro una de ellas no puedo dejar de pensar en aquella famosa fotografía sobre las torturas en Abu Girab, pero lo mas impresionante es que entonces eso aún no había sucedido”. 

Despues de un evento histórico traumático, asegura Marcus, toma más o menos dos décadas para que la gente esté lista para hablar de lo que sucedió, y por eso calcula que tanto su hija como él y su esposa vinieron a la Argentina aquella primera vez en el momento justo. “Cuando Cecily llegó y empezó a hacer preguntas, la gente le decía una y otra vez que nunca nadie les había preguntado eso, o que nunca se lo habían contado a nadie. Pero seguramente si se lo hubiesen preguntado antes, no hubiesen podido responder, porque no estaban listos”. Esa represión, asegura Marcus, puede ser también un regalo. Porque cuando se llega en el momento justo ante gente que ha rehusado a hablar, ya sea porque ha escondido su decepción con la fallida revolución o con el experimento que ahora lo humilla o los hace sentir ingenuos al pensar que creyeron en él, es entonces cuando lo cuentan todo. “Durante mi investigación para Rastos de carmín llegué ante la puerta de Michele Bernstein, la mujer de Guy Debord, el fundador de la Internacional Situacionista, y lo primero que ella me dijo fue que no recordaba nada. Era 1983, había dejado el movimiento en 1968 o 69 y vivía en Salisbury, Inglaterra. Pero no le pregunté por su marido, sino que le dije que me interesaba su obra literaria, y eso la sorprendió. A continuación, habló durante seis horas de corrido. No tuve necesidad de preguntarle nada”. 

Es tentador imaginar que a las estrellas de rock últimamente les está pasando lo mismo, y por eso es que empiezan a contar sus vidas libro tras libro...

–No creo que eso responda precisamente a una represión traumática (se ríe), pero sin dudas fue el caso de Viv Albertine, la cantante de The Slits, que realmente tuvo que olvidar todo lo que le sucedió, todo en lo que creía, todo lo que quiso hasta que se hizo realidad y después se convirtió en una pesadilla. Lo dejó todo a un lado para ser una buena esposa burguesa y no pensar en nada más allá que en su hogar encantador. Hay una escena increíble en su autobiografía cuando, luego de años de lucha contra el cáncer y tratamientos de infertilidad, intenta dejar a un lado todo ese horror médico y empieza a tocar la guitarra por primera vez en quince años y a escribir canciones, y su marido le advierte que, si hace eso, todo se terminará entre ellos. Pero ella lo sigue haciendo, y se sube a su auto dos veces por semana para ir a un pub donde nadie la reconoce pero la dejan tocar. 

¿Hay alguna de esta última andanada de autobiografías vinculadas al rock que le haya interesado por alguna razón en especial?

–La mayoría no me gustan, y hay muchas que ni siquiera las puedo leer. Pero además de la de Viv Albertine, Ropa música chicos, que me parece la mejor, hay dos que me disfruté mucho. Una es Hunger makes me a modern girl, de Carrie Brownstein, una de las integrantes de Sleater Kinney que ahora se ha hecho conocida por la serie Portlandia. Pero no me sorprendió, porque siempre consideré que Carrie no era sólo una guitarrista o una cantautora, sino que también era una escritora. La que sí fue una sorpresa es la de David Lee Roth, Crazy from the heat. Porque es alguien claramente no se toma en serio, pero escribe bien, cuenta grandes historias y también es sorprendentemente violenta. Hay un momento en que dice que nadie entiende su musica, nadie sabe de qué se trata. Y de lo que se trata, cuenta, es de antisemitismo. Porque toda su vida lo experimentó, y odia a todo el que lo proyecte de alguna manera. Así que cuando está martilleando con los pies sobre el escenario y cantando a los gritos, eso significa que tiene a su público bajo sus ruedas. Y que si hay un solo hueso de antisemitismo en ellos, se los está rompiendo. La verdad que eso no era algo que esperaba leer en una biografía de David Lee Roth. Ahí hay alguien diciendo algo muy interesante, y que no es para nada obvio. Todo el libro es así, ese sólo es para mí el punto mas alto. 

EL SÍNTOMA Y LA ENFERMEDAD

Mientras habla, Greil Marcus mueve sus manos. Pero no gesticula, sino que las mueve acariciando la superficie de la mesa ante la que está sentado, como si estuviese calmando a un animal que piensa por él. Amable, curioso y con ganas de hablar, pide disculpas cuando sin darse cuenta golpea el grabador que registra la charla, y confiesa que no tiene ninguna estrategia preparada para huir de estos tiempos de Donald Trump. La pregunta surge porque más de una vez ha dicho que Rastros de carmín fue el proyecto donde se escondió durante la presidencia de Ronald Reagan. “Pero no lo hice de manera conciente”, aclara. “No dije: Reagan es presidente, lo odio, fue gobernador de mi estado, sé quien es y no me engaña, así que me me voy a esconder intelectualmente en Europa. Me di cuenta recién tiempo después que me era imposible pensar en Norteamérica con Reagan, y esa fue mi forma de escapar “. 

¿No le da vértigo no tener dónde esconderse de Trump, que es como un Reagan con esteroides?

–Es que Trump no es eso. Reagan fue al mismo tiempo un idiota y alguien increiblemente inteligente, pero fue siempre un gran estratega. Había cosas en las que creía y quería hechas, y había gente que quería excluida de la sociedad, pero era un tipo muy en serio como presidente: fue dos veces gobernador y tres veces candidato presidencial. Trump no es serio, es un monstruo que está loco, y sus instintos son todos sobre castigar a los demás. Mucha gente fue engañada por Trump y yo fui uno de ellos, pensando que era sólo un tonto embaucador con un gran ego, pero que no tenía mucha substancia política. Resultó que no, que es un personaje vengativo y reaccionario como nunca antes hemos visto. 

¿Pero Trump es la enfermedad o simplemente el síntoma?

–Durante toda su historia, Norteamérica ha tenido una amplia y profunda mezcla de odio, miedo y desconfianza hacia la democracia. Se puede resumir así: es buena para mí, pero ese hijo de puta de mi vecino no tiene por qué tener algo que decir al respecto. Hay una identidad norteamericana anti democrática que siempre ha estado allí, y lo que hizo Trump es excitarla, organizarla y validarla, llegando al punto de incitar a sumarse a quienes tal vez nunca hayan pensaron antes así. Trump dice: estoy acá, soy rico y puedo hacer lo que quiera, y aunque sus votantes sepan que nunca van a poder salirse con la suya como él, al menos pueden votar por un tipo así, y sentirse cerca de esa impunidad. ¿Si es el síntoma o la enfermedad? Creo que es las dos cosas, definitivamente no es sólo el síntoma. 

Cuando se le comenta que, revisando sus últimos libros dedicados a Dylan, Van Morrison y The Doors, parece como si ya durante la etapa Obama comenzó a retirarse a un cuarto donde poder ignorar a Trump, Marcus dice que esa nunca fue la idea, que simplemente le gusta escribir libros, que no hubo ningún otro propósito detrás. “Puede ser que me esté volviendo viejo, y que sólo quiera escribir de lo que me gusta. No tengo ganas de perder el tiempo, y lo siento si a alguien eso le parece reaccionario”. Ya sobre el final de la charla, aparece otro nombre mítico dentro del periodismo de rock, Lester Bangs, y Marcus asegura haberlo reconocido en la interpretación que hizo Phillip Seymour Hoffman para Casi famosos. “Aunque él hacía allí de figura paterna para el joven protagonista, y en cambio ése fue mi lugar durante mi relación con un Lester siempre impetuoso”, aclara. Satisfecho al descubrir que uno de sus artículos fue elegido por Jonathan Lethem y Kevin Dettmar para cerrar el monumental Shake it up, la flamante compilación dedicada al periodismo de rock dentro de la prestigiosa colección de The Library of América, su última respuesta no puede menos que ser sobre el Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan. “Siempre pensé que la campaña para lograr que le otorguen el Nobel de Literatura era una tontería, que tenía más que ver con cierta gente buscando que su propia fascinación por Dylan fuese validada por el comité del Nobel que con el premio en sí mismo”, confiesa. “Pero cuando esa mañana mi mujer entró al cuarto para contarme la novedad, me sorprendió darme cuenta que mi primera reacción fue sentirme bien con la noticia. Me puso contento, y me sentí contento además por él, porque su trabajo es cada vez mejor y más interesante, porque es la unica persona de esa época que nunca ha revivido el pasado y ha estado constantemente creando, a veces infructuosamente durante mucho tiempo. Pero no pensé en realidad nada de eso en ese momento, de hecho todos mis argumentos intelectuales quedaron a un lado y simplemente me puse contento por la noticia”.