“La cartonera de la abstracción”, la artista y médica Laura Kornblihtt, rescata diversos materiales desechados (maderas, telas, cartón corrugado, diarios viejos y cartas) de las manos del tiempo para que tengan una segunda vida. En uno de sus cuadros, Amanecer, el sol asoma entre una congregación de nubes. En las islas, los cascos de los soldados hechos con cáscaras de limón pintadas de verde-gris-negro, según cómo los ilumine la luz, están desparramados sobre esa planicie suavemente ondulada. El nuevo día pone en pausa el bosque de sangre que siembran los bombardeos. En la exposición Donde caen los sueños, título tomado de una canción de León Gieco, que se inaugura en el Museo Malvinas mañana a las 15, la artista despliega una serie de pinturas donde el color es uno de los grandes protagonistas, especialmente el óxido, esa paleta que va de los rojos a los amarillos anaranjados. La singular combinación de esas tonalidades es también una invitación a pensar la historia, la memoria y las huellas de lo vivido.

“El óxido es mi debilidad”, confiesa la artista a Página/12. Cuando visitó el Museo Malvinas por primera vez, Laura vio en la explanada unas motos que se utilizan en las islas. El sensible radar de su mirada detectó que había un montón de óxido. Entonces le dijo a Edgardo Esteban, el director: “Me llevo estos óxidos porque quizá pueda hacer alguna obra sobre Malvinas”. En los materiales encuentra el estímulo para empezar a imaginar cómo será la obra. La artista, doctora en Medicina e investigadora de la división Hematología del Hospital de Clínicas (UBA), vio varias veces la película Iluminados por el fuego, de Tristán Bauer, basada en el libro homónimo de Esteban, para “entrar en clima”. Una foto con unos cascos caídos de los soldados la interpeló y así surgió Amanecer, cuadro que decidió donar al museo. “Edgardo me contó que, como los bombardeos se daban fundamentalmente de noche, el amanecer era muy importante. Cuando empezaba a salir el sol, llegaba un poco de tranquilidad para los soldados porque los bombardeos terminaban”.

Los golpes en la vida


Kornblihtt podría decir, como lo escribió el poeta peruano César Vallejo, que “hay golpes en la vida, tan fuertes”. En abril de 1975 militaba en un grupo de base en la Facultad de Medicina y estaba embarazada de cinco meses (de su primera hija, Paula). Estaba en el edificio de Marcelo T. De Alvear cuando la agarró del cuello un muchacho joven, de civil, y le advirtió: “Estás detenida”. La arrastraron al subsuelo de la facultad y la sacaron por el garaje. Primero la trasladaron a una comisaría y luego fue a parar a Coordinación Federal, en la calle Moreno. Después la llevaron a la maternidad Sardá, donde estuvo casi dos meses. Ahí nació Paula. Le tocó estar en la cárcel de Devoto, pero por poco tiempo. Como estaba detenida por el PEN (Poder Ejecutivo Nacional) y no tenía causas judiciales, la autorizaron a salir del país. En el ‘75 se fue a Milán, donde vivió cinco años y tuvo a su segundo hijo, Jorge. En 1980 decidió rumbear hacia Nicaragua y volvió a estudiar medicina. Se recibió de médica después que volvió al país, en diciembre de 1983, donde nació su tercer hijo, Joaquín.


Vivía entonces en Managua cuando comenzó la guerra de Malvinas. “Lo primero que pensé fue: ¿qué van a ir los ingleses allá lejos? Pero me equivoqué... Fueron”, revela ese error acaso provocado por la distancia geográfica. “Yo viví con mucho dolor el uso que hicieron los militares de la guerra. Esa guerra fue tan inexplicable como las desapariciones y los horrores de la dictadura, que forman parte de una historia injustificable. No creo que los militares pensaran en serio que podían ganarle la guerra al ejército inglés, fue una maniobra siniestra para tratar de perpetuarse. Las Malvinas las vamos a sentir siempre nuestras”, subraya Laura y agrega que también le dolió “mucho” la indiferencia de la sociedad argentina que padecieron los excombatientes. “Hay una deuda pendiente con Malvinas. La cantidad de suicidios que hubo lo demuestra. Muchos quedaron muy golpeados y abandonados”.

Las manchas y la historia de los objetos

Cáscaras de limón, telas, telgopor, madera, chapas, arena, un mosquitero pueden estar en un cuadro de Kornblihtt. “Lo que hago es integrar el material a la obra. La pintura va en función de darle vida a la historia. Me gustan mucho las manchas. Yo voy por la calle, veo unas manchas de aceite en el asfalto y digo: ¡Pucha, qué obra de arte!”. Desde las blancas paredes del museo se pueden apreciar cuadros como Refugio y varios que dan cuenta del hundimiento del crucero General Belgrano en mayo de 1982. Ráfaga es tríptico impactante, desplegado como instalación. “Busco reencontrarme con la historia de los objetos. Yo podría ir a la ferretería y comprar chapas o maderas, pero eso no me entusiasma ni me inspira. En el óxido está el paso del tiempo. El tiempo no significa algo en contra o en perjuicio de los materiales, sino algo de historia, de memoria, de huella. Los materiales descartados en lo cotidiano tienen una segunda vida. Hasta los clavos que utilizo son clavos que están oxidados y ya ni sirven”. Un paisaje de la infancia emerge en su mirada. “Me hace gracia porque mi papá vendía acero inoxidable y a mí lo que más me motiva es el óxido. Mi papá tenía con mi abuelo un negocio de alambres y chapas. Después, cuando falleció mi abuelo, se dedicó a vender ollas”, recuerda con una sonrisa que condensa las idas y vueltas de los trabajos familiares.


Kornblihtt dice que siempre fue abstracta. Desde que empezó a volcarse al dibujo y la pintura en 2005, cuando arrancó un taller con la artista Gabriela Cassano. “A veces me gustaría poner más líneas, pero si las pongo siento que molestan en mi obra. Yo las veo en otros y me gustan. La figuración también puede arruinar una obra”, plantea la artista, que actualmente asiste al taller de Gustavo López Armentía y que ha participado con su obra en diversas muestras colectivas como Arte x la Paz, en el Museo Malvinas, y en galerías como Mitra y Espacio10, entre otras. “En la abstracción, lo que importa es la interpretación del que mira”, explica Laura y enumera algunos de los artistas que más admira, entre los que menciona a Raúl Soldi (1905-1994) y varios informalistas como el argentino Mario Pucciarelli (1928-2014) y Kenneth Kemble (1923-1998), el italiano Alberto Burri (1915-1995) y el español Antoni Tàpies (1923-2012).

No hay contradicción entre la hematóloga que pinta o la artista que trabaja como hematóloga. “En el microscopio, cuando observo la sangre, se ven cosas muy divertidas. Un color que me gusta es el rojo; en un momento uno de mis maestros me dijo: ‘el rojo limitalo, ponelo al final y poné poco’. Me interesan esos colores neutros o medio pardosos que no se sabe bien qué son”, reconoce la artista y aclara que la medicina y la pintura son dos aspectos importantes de su vida. “No dejo la medicina porque estoy haciendo una investigación sobre las células tumorales y me entusiasma muchísimo. A corto plazo se me va a ir de las manos la medicina. En la pintura no me tengo que jubilar como en la medicina”, compara Kornblihtt, y precisa que para el armado de Donde caen los sueños fue fundamental la colaboración de Gabriela Mateo.

Edgardo Esteban, el director del Museo Malvinas, celebra los cuadros de la artista. “Los objetos que aparecen en las pinturas de Laura se resignifican en el presente. Su obra me parece maravillosa; ella apuesta a la reconstrucción de la vida a través de sus cuadros”.

  •  La muestra Donde caen los sueños se inaugura mañana a las 15 en el Museo Malvinas y permanecerá hasta el 2 de julio.