La voz de la trompeta
Seleccionado por el mismísimo Herbie Hancock para encarnar a Miles Davis casi dos décadas atrás, la trompeta de Roy Hargrove es hoy una de las firmas más nítidas de la escena contemporánea del jazz. Antes de su debut porteño al frente de su quinteto, el músico que supo ser neo-bop pero también funky recuerda sus comienzos, confiesa su predilección por los cantantes, y anuncia que su postre favorito es el dulce de leche.

Si en el pop existen las bandas “tributo”, en el mundo del jazz suele darse la situación del concierto o gira “tributo”. El destinatario de la ofrenda generalmente es un gran maestro del género ya fallecido. En 2001, el pianista Herbie Hancock y el saxofonista Michael Brecker planearon homenajear la música de Miles Davis y John Coltrane, a 75 años del nacimiento de ambos innovadores. Obviamente, el lugar de Coltrane fue ocupado por Brecker, quizá su admirador técnicamente mejor preparado. Pero, ¿a quién poner en el lugar de Davis? En verdad había más de un candidato, pero Hancock, gran conocedor de todas las edades del jazz, no dudó en elegir a Roy Hargrove, un trompetista de 32 al que había conocido cuando apenas era un brioso joven de tan sólo 16 años.  

   El documento sonoro de aquel trípode infernal salió en 2002 bajo el título Directions in Music, Celebrating Miles Davis & John Coltrane. Para ese entonces, Hargrove ya tenía su propia saga discográfica, primero en Novus (RCA) y más tarde en la prestigiosa Verve. Allí resaltaban un par de discos de alta calidad: Parker’s Mood  –en trío con el contrabajista Christian McBride y el pianista Stephen Scott– y el virtual censo de grandes saxofonistas de los años 90 titulado With The Tenors Of Our Times. Indudablemente, Hancock supo elegir muy bien. El trompetista portaba apariencia rastafari y actitud displicente: parecía salido de Living Colour antes que del semillero de las escuelas de música. Y cumplía con el primer requisito autoimpuesto por los veteranos de aquel proyecto: intrepidez para hacer del legado de los maestros una expresión contemporánea.

   A pocos días del debut argentino de su actual quinteto, integrado por Ameen Salem (contrabajo),  Justin Robinson (saxo alto), Quincy Philips (batería) y Tadakasta Unno (piano) –más la exquisita cantante Roberta Gambarini como invitada especial– , Roy Hargrove se sale por unos minutos del fixture de su gira europea para responder algunas preguntas desde la habitación del hotel de París en el que está alojado. De entrada, corrige la afirmación de que estamos en vísperas de su primera actuación en el país, después del frustrado anuncio de su visita en 2015. “No, no es correcto. Fui invitado en los 90 con Paquito de Rivera. Paquito me mostró Buenos Aires, y recuerdo que comimos muy rico. Fue entonces que descubrí en Buenos Aires el que hoy es uno de mis postres favoritos: el dulce de leche.” 

Conquistaste renombre como uno de los mejores exponentes de los llamados “jóvenes leones” del jazz, entre fines de los 80 y los 90. ¿Cómo recordás aquellos años de cierto revival del bebop y crítica a la fusión?

   –Dios mío... Tenía 19 o 20 años cuando conocí a través de un amigo músico a quienes serían mis artistas y héroes del jazz para toda la vida. Herbie Hancock, Freddie Hubbard, Clifford Brown, Fats Navarro, Lee Morgan. El organista Jimmy Smith también fue una gran influencia para mí, en la época en la que me estaba desarrollando, cosa que sigo haciendo. Y el saxofonista Clifford Jordan o el pianista Barry Harris fueron otros de los que me brindaron muchas herramientas para mi carrera y me mostraron cómo ser un artista maduro.   

   La inclusión de Hargrove en el lote de neo-clasicistas del jazz moderno no es del todo incorrecta siempre que no se pretenda reducir la música de un artista tan personal a un casillero en la historia del género. Por lo pronto, Hargrove combina un modo muy rítmico de atacar cada nota con una fluidez melódica deliciosa, capaz de sumirlo, por momentos, en un estado de introspección profunda. El trompetista atribuye su argumentación melódica y su bellísimo timbre a la frecuentación de cantantes –prestar atención, sobre todo, a sus participaciones en los discos de Shirley Horn– , una verdadera afición antes que un compromiso laboral. “Es cierto, escucho a muchos cantantes”, reconoce. “Este es el tipo de cosas que han influenciado mi música. Personas como Shirley Horn, Nat King Cole, Sara Vaughan, Ella Fitzgerald. Creo que es importante poder tocar lírica y melódicamente. También rítmicamente. De eso se trata el jazz: ritmo, melodía y la información que tenga que ver con tocar tus líneas para que éstas tengan sentido.”

   Acaso siguiendo el modelo de mutación constante de Miles Davis, la vida artística de Hargrove no ha trazado una línea del todo previsible. Digamos que su dieta musical es generosa, casi pantagruélica. Al neo-bop como especialidad de la casa, en 2003 se le sumó un proyecto de fusión del jazz con el hip hop y algunas otras cosas. Aquello tuvo cierta continuidad. Bajo el colectivo RH Factor, Roy grabó una serie de discos centrados en el groove como impulso rítmico de la negritud contemporánea. Como Miles en su etapa eléctrica, Roy atrajo al campo gravitacional de su trompeta a públicos poco afectos al jazz.

¿Podría decirse que con aquel proyecto te desviaste por un momento de tu línea más netamente jazzística?

   –No lo pienso así. Hacerlo fue un tributo para mi padre, que falleció en 1995. Fue por él que empecé a hacer música. Era un gran coleccionista de discos, y así desde muy chico inspiró mi gusto musical. Y cuando falleció en 1995, recordé que solía decirme: “el jazz es ‘cool’, pero ¿cuándo vas a hacer algo más contemporáneo? Algo que tenga un ‘groove’ más funky?” Pues bien, cuando murió decidí que había llegado el momento. Un disco como Hard Groove fue un tributo a su memoria.”

   Evidentemente Roy, que suele optar por formatos acústicos y ejecuciones en tiempo real, no percibe ninguna ironía en el hecho de que su padre escuchara música más “moderna” que la que él eligió para consagrarse como artista. Incluso cuando se le pregunta por algún disco de estas últimas décadas que ya pueda considerarse un clásico su respuesta llega con lentitud: “Los 80 y 90... mmm, no sé, la mayoría de mis álbumes favoritos fueron grabados mucho tiempo antes”. Así eran los años 90 en materia de consumos culturales. En un clima de época que quebró la línea evolutiva de las artes para mezclar sus partes de modo caprichoso y atractivo, los clivajes de Hargrove no fueron la excepción. Lo que sí resaltó en el panorama de su tiempo fue su tremenda autoridad musical, cualquiera fuera el terreno estilístico en el que quisiera ejercerla. El joven león maduró rápidamente, pero sin perder jamás sus reflejos. Ni la iniciativa para hacer de la voz de su trompeta una de las firmas más nítidas de la escena musical contemporánea.

En tus composiciones de los últimos años hay una suerte de conjunción o síntesis de tus etapas estilísticas...

   –Alguien me dijo una vez que cuando uno compone se encuentra con quien verdaderamente es como músico. Creo que es muy importante escribir tu propia música. Pero a la vez es necesario conocer los standards, porque ahí está la estructura del jazz. En definitiva, más allá de las distinciones entre temas clásicos y originales, una de las cosas más importantes para mí es pasarla bien al momento de tocar, y que la gente pueda disfrutar lo que hacemos.

Roy Hargrove Quintet se presenta el martes 15 en el Teatro Coliseo, Marcelo T. de Alvear 1125. A las 21.