Opinión
Elecciones en tiempos agitados

Los días previos a la elección fueron una escena que convendría no olvidar nunca. Alguien tendría que hacer un análisis crítico de cómo se fue generando un clima colectivo de tensión, miedo, furia y asombro que no es habitual. No es la primera vez que votamos en un clima enrarecido. Pero la relación entre la gravitación institucional de esta elección y la atmósfera que se respira es muy llamativa: parece que cierto sector del establishment no cree que lo que se está resolviendo en estas horas es una nueva distribución de bancas parlamentarias. Así se ha descargado una insólita y desmesurada artillería mediática en un territorio social ya muy atravesado por dolores, tensiones y conflictos. Hemos tenido desde guerrillas patagónicas bruscamente decididas a la lucha final por emanciparse de la Argentina, hasta una avalancha especulativa sobre el dólar que según los especialistas es obviamente atribuible a una candidatura a senadora y al “peligro” de que tenga un buen resultado electoral. En el medio, operaciones comunicativas a tiempo completo concentradas en el acoso judicial a un ex ministro y alguno de sus familiares y un despliegue de impúdica intensidad de candidatos oficialistas en la grilla comunicativa de los monopolios del ramo. Todo esto impacta de por sí. Pero además en estos mismos días el país vive la desaparición de una persona, después de que muchas otras personas lo vieran detenido en una camioneta de la Gendarmería. Santiago Maldonado es el nombre de un episodio muy duro para la conciencia colectiva del país. Son muchas las cuestiones que deben ser rápidamente esclarecidas si es que se quiere demostrar compromiso con la convivencia pacífica entre los argentinos. Son muchas y conciernen directa o indirectamente al gobierno nacional. La naturalización de una situación como ésta sería suicida para la democracia. 

El inusual barullo político, social y comunicativo de estos días está indicando que están encendidas algunas luces amarillas en ciertas zonas poderosas de nuestra sociedad. Que le asignan a esta elección una importancia política central. El estado de alerta va mucho más allá de la suerte de uno u otro partido. Incluso la suerte electoral de este gobierno no es la preocupación central. De lo que se trata es del registro del estado de ánimo popular que ese resultado pueda exponer y de los efectos futuros que pudiera causar en ese estado de ánimo. El camino recorrido desde la última elección hasta aquí no parece ser muy significativo dentro del conjunto de la reestructuración histórica del país en lo económico, en lo cultural y en lo político que un sector muy definido y muy conocido de nuestra sociedad sostiene y difunde intensamente en sus medios. El programa político de este sector es tan antiguo y conocido que no vale la pena extenderse mucho al respecto; se lo podría resumir como el proyecto de suprimir la diferencia argentina. La diferencia argentina consiste en los recursos históricamente acumulados por las clases populares argentinas, en sus herramientas orgánicas y en sus capacidades morales para activarse en la defensa de sus conquistas. En esa diferencia consiste el problema para imponer el programa. El salario es un costo más y hay que bajarlo para que el país gane competitividad. Hay que terminar con las mafias jurídicas. Con las mafias sindicales. Hay que despejar la calle de activistas peligrosos. Disminuir los prejuicios garantistas, pero no contra los grandes delincuentes económicos sino contra los morochos que son apresados por portación de cara. Basta de universidades en barriadas populares. Del nacionalismo científico-técnico que nos hace sospechables para los poderosos del mundo. Basta de controles financieros por parte del Estado (aunque de esto ya no queda casi nada) y de reglamentaciones corporativas que ahogan la libertad de mercado. Basta de industrialismo patriotero que nos aísla. La lista podría seguir un rato largo. Pero en todos los casos se trata de un programa largamente añorado por las clases dominantes. Que rigió, incluso, gran parte de nuestra vida democrática desde 1983. Pero que no alcanzó a estabilizarse, a convertirse en consenso político plenamente dominante. Es un programa cuya vigencia nos lleva mucho más atrás de 1983 y que fue el consenso oligárquico previo al primer peronismo, el proyecto que volvió a ponerse en marcha después de 1955, fue implementado a sangre y fuego en los años de la dictadura, tuvo una etapa muy favorable en los años noventa y sufrió el histórico descalabro de 2001. El resultado de la elección de 2015 fue la señal de largada de un operativo político dirigido a cambiar de manera veloz, profunda y duradera la matriz político-cultural del país. Tendrán el apoyo de este arco de poder aquellos que logren mejores aptitudes para llevar a buen término este proyecto. 

Todo el mundo sabe que después de la elección de octubre empieza una etapa cualitativamente superior de la puesta en marcha de este rumbo. Hoy se admiten la lentitud y la condescendencia en su impulso porque lo prioritario es la creación de buenas condiciones político-electorales. Pero después habrá que ser implacables porque es la única forma de ganar la confianza política de los “mercados”. Se acumuló mucha plata en la cúspide social durante estos meses pero el problema sigue siendo la consistencia política, la durabilidad de esta nueva situación. Y la consistencia política no es solamente electoral. Más aún, los resultados electorales de una elección intermedia tienen su principal importancia no tanto en el Congreso sino en la calle, en los barrios, en las fábricas y oficinas. Las elecciones son como asambleas populares después de las cuales unas acciones quedan más validadas que otras. Pueden quedar validadas la aceptación y el consenso o la protesta y el rechazo. Claro que esto no sale limpiamente del recuento de los votos sino que es una intuición colectiva de cómo quedaron las cosas después de ese recuento. Esa intuición colectiva será bombardeada por todo tipo de operaciones mediáticas. Pero el voto popular suele tener una consistencia muy difícil de horadar con la posverdad. 

Así es que, por ejemplo, la movilización sindical de protesta prevista para el 22 de agosto no será inmune a la influencia del voto popular. Una u otra intuición colectiva será decisiva para la existencia o no de un plan de lucha coordinado y escalonado contra la política económica y social. La situación sindical, la de las barriadas populares, las clases medias urbanas, los sectores profesionales, universitarios y científico-técnicos tenderán a colocarse en tal o cual actitud individual y colectiva según el resultado. Después de la elección, cualquiera sean sus resultados habrá un país que atraviesa una situación muy tensa y compleja. Condicionado además por un mundo que ha dejado hace rato de parecerse al mito neoliberal de la paz de la globalización y en el que reina una profunda crisis, una agudización de la injusticia, el descarte sistemático de la gran mayoría de los seres humanos y una creciente tendencia guerrerista imperial. El resultado será un mensaje sobre cómo debe moverse el país en ese marco.

Desde mañana se librará, en consecuencia, una batalla de interpretaciones. Es previsible que el establishment mediático fuerce una lectura “nacional” de los datos, en los que la dispersión de las fuerzas de oposición mejore la imagen electoral del gobierno. Sin embargo, si ha quedado algo claro en los días de la campaña, si algo ha sido unánime, para bien o para mal pero para todos, es la centralidad excluyente de la elección de la provincia de Buenos Aires. Centralidad que está en el porcentaje del padrón que el distrito representa y en la potencia económica, social y cultural de la provincia. Pero también en el contenido simbólico del que son portadoras las principales candidaturas. Por eso será muy difícil -si es que eso resultara necesario- que la matriz interpretativa impuesta por las cadenas mediáticas pueda desdibujar la importancia de ese resultado. Sería muy interesante que mañana todos –particularmente quienes tienen responsabilidad de gobierno– entiendan que la voluntad popular debe ser interpretada, aún en su complejidad y en sus contradicciones, como una poderosa fuerza a respetar y ponderar hacia el futuro y no como una señal a favor o en contra en una guerra contra un enemigo mortal. 

Por último, la votación será también un mensaje hacia fuera de nuestras fronteras. Los acontecimientos políticos argentinos son importantes también como parte de una pulseada muy fuerte y muy evidente, que tiene en el centro un gran dilema: si la región va en la dirección de la plena restauración neoliberal en una fase particularmente intensa y violenta o se sostiene el proceso abierto a comienzos de este siglo, en la dirección de una integración entre naciones libres y soberanas que se orientan hacia sociedades más justas e igualitarias. Cada vez aparece más necesario que las fuerzas nacionales y populares de la región alcancen niveles de coordinación muy superiores a los actuales. El extraordinario paralelo entre las situaciones de Brasil y Argentina, sumado a la articulación de las derechas de ambos países en el bloque golpista contra el actual gobierno venezolano muestra el alto grado de vinculación que tiene el futuro político sudamericano. El resultado de hoy también debería ser evaluado en ese contexto.