“Silvina Luna (21) infla su panza y con un tono a medio camino entre el sarcasmo y la propia caricatura le grita a Roberto Parra: ‘¡A ver, Negro, cuándo lo vas a reconocer…!". Está gorda. Y se ríe de estar gorda’”, escribe sobre ella la Revista Gente en noviembre del 2001, tras su salida de la casa de Gran Hermano. “Silvina es modelo profesional. Su trabajo es embellecer las páginas de los medios con su figura y su cuerpo. Sin embargo, durante los 85 días que pasó encerrada en la casa de Gran Hermano, engordó 10 kilos y perdió la línea. Y lo que para cualquier modelo argentina empeñada fervorosamente en bajar un talle más, aunque le vaya la vida en el intento hubiera sido una catástrofe, diez kilos de angustia, una horrorosa monstruosidad de tejido adiposo sobrante, una vergonzosa derrota frente a los hidratos de carbono, para Silvina, Silvi, la rosarina, es la oportunidad para un chiste”, continúa esta publicación.

“Como si no bastara con la progresiva desaparición de su cintura, Silvina tiene en su currículum otro dato ¿divertido? ¿paradójico? En fin: Luna fue la modelo que Slim Center, -el conocido centro de adelgazamiento-, eligió para promocionar sus servicios. Pero esto fue antes. Exactamente, diez kilos antes”, especifica este artículo sin firmar de Gente.

Desde sus primeras apariciones mediáticas, el cuerpo de Silvina Luna estuvo sistemáticamente bajo el control y el escrutinio. Su aumento de peso en GH fue motivo de burlas, vergüenza y repudio; pero que ella haga de su “panza” un chiste y la revolee frente a las cámaras, eso sí: fue una transgresión sin retorno. Una afrenta absoluta. Una desobediencia que merecía ser especialmente castigada, sobre todo porque Silvina no encajaba en el estereotipo de la gorda insalvable mediática. ¿Cómo es posible que una chica tan linda haya desobedecido el mandato inapelable de la delgadez, y encima se haya burlado de él? Una irreverencia que la industria del espectáculo le cobraría una y otra vez a lo largo de su carrera.

Al salir de Gran Hermano, fue Soledad Silveyra quien la increpó, en vivo y en el estudio, sobre su aumento de peso en el programa. “La harina nos mató”, dijo la modelo, como buscando justificarse: una frase que ahora abre otra lectura mucho más sórdida. Frente a las cámaras, la conductora le anuncia riendo: “Ahora, vamos a ver con el humor que te tomaste estos kilos de más”· “Bueno, dale”, le responde Silvina, visiblemente incómoda, en lo que fue la antesala de un archivo de recopilaciones de ella comiendo.

Cada vez que Silvina aparecía en pantalla mordiendo un pan o una banana, los sonidistas le añadieron sonidos caricaturescos de glotonería, como si las imágenes en loop de ella cuchareando postres y poniéndole azúcar al café no fuesen suficientes para reforzar la idea de que había perdido el control, dejándose arrastrar por el pecado de la gula.

Algo que todos sus ex compañeros del reality también hacían (¡todos comían!), pero a la producción le sirvió, a los fines del rating y lo narrativo, costruirla a ella como la gorda de la casa. La secuencia, televisada en vivo, cierra con clips de Silvina tratando de entrar en pantalones demasiado ajustados. Para, finalmente, exhibir una secuencia de ella haciendo ejercicios, musicalizada con la banda de sonido del entrenamiento de Rocky. Como si fuese un arco dramático, el descenlace visual es Silvina buscando la redención a través de la disciplina de los abdominales y aerobics.

Es desgarrador verla, casi 20 años después, ser humillada en vivo porque no le subía el cierre. Si Silvina era la gorda, ¿qué nos quedaba al resto?

La trágica, cruel y penosa muerte de Silvina Luna tras una larga agonía desencadenada por una cirugía plástica hecha con mala praxis por Aníbal Lotocki, abrió un debate acerca de quién es el verdadero culpable. Obviamente, la primera responsabilidad pesa sobre el cirujano. El pedido de justicia es urgente, sobre todo luego del fallecimiento de otra de sus víctimas, el panelista de “La jaula de la moda” Mariano Caprarola. Y de que otras ex pacientes, como Stefy Xipolitakis y Pamela Sosa, que también fue su ex pareja, hayan revelado secuelas de salud graves tras haberse sometido a sus cirugías.

Silvina Luna y Ximena Capristo en GH 2001

Gran Hermano fue el trampolín a la fama de Silvina Luna: su frescura, viveza, carisma y sensualidad la elevaron al rango de una de las caras favoritas de los 2000. Rápidamente se convirtió en una de las estrellitas del entretenimiento argentino, destacándose tanto como vedette en el teatro de revistas, como también en los sets de TV y como actriz. Un talento que perfeccionaba formándose con Julio Chávez.

A pesar de su belleza irreprochable, Silvina siguió siendo objeto de burlas por su físico. Constantemente tenía que responder a haters en las redes sociales, que la acusaban de haberse operado demasiado, de haber engordado de nuevo.

“De la mitad del cuerpo para arriba sos una persona y de la mitad del cuerpo para abajo sos otra. De cara das divina, das pelo, das ojos claros, modelo, pero de la cintura para abajo es como que no te movés, el culo de Lotocki te pesa o algo porque no te podés mover", la increpó en la edición 2017 de “Bailando por un Sueño” Marcelo Polino, haciendo referencia a la cirugía que ella se había realizado en 2011. Una intervención que Silvina, en varias oportunidades, dijo que se hizo para seguir encajando dentro del canon de belleza que le exigían los medios (y las personas como él) en tanto figura pública.

“Claramente, me arrepiento de haberme operado, de haber buscado la belleza a un nivel de exigencia extremo y poniendo en riesgo mi salud. Si pudiera volver el tiempo atrás, no lo haría porque me cambió la vida para siempre”, sentenció Silvina en abril del año pasado, en su paso por “El hotel de los famosos”. Una idea que sostuvo en cada una de sus intervenciones mediáticas, donde relataba su arrepentimiento por haber pasado por el quirófano.

“Me salió un trabajo en el teatro y, por perfeccionista, también por inseguridad y por querer verme lo mejor posible para volver al ruedo, me sometí a una cirugía estética que claramente no necesitaba”, escribió en su libro autobiográfico Simple y consciente, donde expresó sus problemas de autoestima y su recorrido transitando una enfermedad irreversible. "La inseguridad es algo interno. Pero estoy lejos de victimizarme. Elijo atravesar lo que me pasa de pie, como guerrera que soy. Es mi batalla, y seguiré dándola sin perder la alegría. Hoy elijo ver esta experiencia como una condición que me acompaña", narró en ese escrito.


Tras el fallecimiento de Silvina Luna, empezó a circular en las redes y en los paneles de televisión cierta voz (hipócrita) del “sentido común” que señala que las mujeres “no deben” someterse a cirugías estéticas. Que tenemos que “amarnos” a como de lugar: lograrlo es nuestra responsabilidad. Ceder al deseo de la transformación física, al igual que el de la glotonería, también es una forma de perder el control. Siguiendo esta línea de pensamiento, las malas praxis y complicaciones serían, en última instancia, un mal infringido por la propia paciente.

Esta visión individualista e ingenua del problema, donde cada una se salva sola, no tiene en cuenta que las personas no existen en el vacio y que, aunque logres “amarte” y “amar tu cuerpo” (sea lo que eso signifique), si tu cuerpo es motivo de rechazos, humillación, marginación, estigma y violencia médica y psicológica, la situación es mucho más compleja. ¿Cómo Silvina Luna no se iba a sentir “insuficiente”, si con 21 años la acosaban por tener una panza microscópica? Una “panza” que no molestaba tanto por sus dimensiones (minúsculas), sino por ser la corporización de un gesto de rebeldía contra la presión estética y la cultura de la delgadez extrema.

La industria de la dieta es extremadamente cruel con las mujeres, imponiendo como único modelo posible de belleza un ideal inalcanzable. En los años 2000 esta mirada quedó plasmada a fuego en la exigencia de los abdominales marcados para lucir el tiro bajo, la humillación sistemática que sufrían “los gordos” de “Cuestión de Peso”, los cuerpos imposibles de los “Bailando” y las figuras adolescentes ultra sexualizadas de dimensiones irreales de “Rebelde Way”.

El resto de los cuerpos, los disidentes e indisciplinados, los cuerpos viejos, blandos, gordos, discas, marrones; los cuerpos que no quieren o NO pueden, son marginalidades, invisibilizados, condenados al escrutinio público, a la vergüenza, a tener que dar explicaciones o a pasar por el purgatorio de tener que modificarse lo suficiente como para poder encajar. Encajar en una rueda infinita de hámster donde todas vamos a salir perdiendo. Porque, como dijo Madonna, si no se burlan de ella por ser demasiado vieja, de todas formas la condenan por hacerse cirugías… para no parecerlo.

Entonces, sí. Discutir estos imperativos crueles también es discutir el imperativo de amarnos, cuando constantemente somos bombardeadxs con el mensaje de que los únicos cuerpos que merecen ser celebrados son los de las participantes de Gran Hermano (mientras no engorden ni envejezcan). Los medios, la industria de la dieta y de la moda son responsables, por haber sistematizado, monetizado y explotado esta presión hasta el infinito, que se eleva a la enésima potencia con la exposición constante a “cuerpos perfectos” que vemos en un loop eterno en las redes sociales.

“Cuidemos nuestro cuerpo, nuestro vehículo, con amorosidad. A veces le exigimos tanto. Cuidémoslo para que nos siga acompañando en esta aventura hermosa que es la vida. Hoy celebro que podamos deconstruir esos estereotipos y mostrarnos como somos, que podamos conectar con nuestro valor interior", escribió la modelo, cuyo fallecimiento conmocionó al país. Que descanses, Silvina.