HOMENAJES

El tiro que no fue

En un nuevo aniversario del asesinato de Juan Ángel Zopla, víctima de gatillo fácil, 27 años después, sigue vigente la impunidad judicial y la connivencia de las fuerzas de seguridad para con su caso. Hoy la violencia contra lxs pibes y pibas aumenta y la fragilidad de sus derechos es cada vez más honda. Estas fotos, del fotoperiodista Julián Athos, son un testimonio de la vida de su madre Angélica y de la única imagen que ella conserva de Juan Angel, entre la urgencia por tenerlo presente cuando la desaparición de Santiago Maldonado (y tantos otrxs cada día) nos aprieta la garganta y la importancia de las redes de contención y sororidad que salvan la vida de lxs que quedan para narrar el horror.
Imagen: Julián Athos

Juan creció en la Villa 31, barrio Mujica, era hijo de Angélica Zoplas, y hermano de seis más. Un barrio que suele ser estigmatizado y que naturalizó que en las villas las policías controlan y manejan diferentes tipos de delitos como la venta de drogas, la prostitución infantil, la trata y las cooptaciones de jóvenes para salir a robar. Se naturalizó que entre bandas también se golpeen, se maten, que la policía golpee y desaparezca jóvenes. Chicas y chicos viven en casas indignas, con familias amuchadas como pueden, sin cloacas, sin asfalto, como le pasó a Juan que creció bajo así. Angélica, crió sola a sus siete hijxs, “Yo ya tengo 63 años, me jubilé y por más que me falten dos hijos, ahora soy feliz. Estos últimos dos años, que asistí a la escuela, me ayudaron mucho a serlo. Si bien sabía que existía primaria para adultos, no sabía donde quedaba, ni tampoco cómo acceder a ella.  Ahora, esa es la felicidad más grande que tengo y es lo que me llena. Siento que soy útil,  porque al no saber dividir, multiplicar, no podía conmigo misma. Me daba mucha vergüenza, casi no podía hablar, parecía una tartamuda. Aprender más palabras me dio la oportunidad de poder charlar con las chicas y con los hombres, que antes, por haber sufrido tanta violencia por parte del padre de mis hijos, no podía ni verlos”, dice esta mujer cuya historia de vida está retratada por el fotoperiodista Julián Athos, y se exhibe por primera vez, en la muestra anual de fotoperiodismo (ARGRA)  2017. 

Hubo varias coincidencias para que Julián decidiera contar en fotos una parte de la vida de Angélica. Una de ellas se centra en el Programa de Alfabetización, Educación Básica y Trabajo para jóvenes y adultos de la Ciudad de Buenos Aires (Paebyt). “Cuando los militares tomaron el Estado, junto a mi familia, nos exiliamos a Roma. En el 2001, junto a H.I.J.O.S. hicimos una gran colecta de ropa, medicamentos y demás necesidades básicas para mandar un conteiner a la Argentina. En ese momento articulamos con la directora del Paebyt, Fátima Cabrera, quien se ocupó de distribuirlo. En el 2003 visito la Argentina con la idea de hacer un registro en fotos a esas personas que recibieron las cosas que habíamos mandado” dice Julián. Finalmente en el 2013, volvió para instalarse nuevamente en Buenos Aires y actualmente se encuentra trabajando en la ex ESMA, donde se lleva cabo el programa “Presentes, jóvenes y memoria”. Ese programa lo acercó a Julieta Saint, también docente de Angélica en el PAEBYT y fue en ese cruce que Julián retrató el cotidiano de Angélica. Fotos en blanco y negro regresando a su casa, por su barrio, escribiendo en su cuaderno, testigo de su avance con la escritura. Otra foto sosteniendo la foto de su hijo, y la más contundente que es el día que se conmemoró un aniversario más de la muerte de Juan, en el que hicieron una pegatina junto a varios vecinos y hermanos de su hijo.  

Julián Athos

 

El duelo como acto colectivo

Las clases de alfabetización y el acompañamiento de su profesora Julieta Saint, ayudaron a que Angélica vuelva a confiar en la escucha que recibía. “Cuando hablábamos de violencia institucional, Angélica, decía que sobre gatillo fácil no había que hablar. Siguió asistiendo a sus clases, pero enojada. Hasta que un día, me pidió hablar a solas, para contarme sobre el asesinato de su hijo” cuenta Julieta.

Ayudar a que Angélica deje de hacer su duelo en soledad, fue la pulsión para visibilizar -con las herramientas que tuvieron en un taller de violencia institucional en sus clases de alfabetización- el asesinato de Juan Ángel, que ocurrió en un hecho confuso con la policía en un descampado local el 29 de agosto de 1991. Ese mismo día,  Angélica se acostó a dormir, pero antes, cuenta  “le dije que era tarde, y que tenía que madrugar para ir a trabajar al día siguiente. Le dejé la comida sobre la mesa. Juan, no quiso, o no pudo quedarse en casa, y salió a dar una vuelta con sus amigos del barrio. Me fui a dormir porque para mantener a mis hijos trabajaba todo el día, sin poder estar con ellos. Me despertó el tiro de la policía a las 4 de la mañana. Corrí a su cama, no lo encontré, salí a buscarlo, no lo encontré, hasta que llegó un vecino y me dijo que mi  hijo había caído”, cuenta Angélica, el día que vino a ver su historia en fotos expuesta en el Palais de Glace, ahora pone en palabras la historia, resignificándola a partir de haber podido salir adelante.

Esa noche la policía federal ratificó la muerte de su hijo por robo y Angélica confirmó el rostro del asesino de su hijo: un policía llamado ‘Rambo’, quien semanas antes lo había amenazado y que esa misma noche, en la misma comisaría, otro policía lo corroboró.  La madre de Juan dejó asentada la denuncia y pregunta: “¿Qué  iban a estar robando en el medio del campo?”.

Luego de dejar asentada la denuncia, los primeros meses ‘fueron terribles’, recuerda Angélica. Había motivos: no lograban domesticarla, es decir, que levantara la denuncia. Las persecuciones hacia ella empeoraron, continuas amenazas, intento de secuestro a sus hijas, pero además, no hubo redes de protección que la resguardaran, ni a ella, ni a sus hijxs de ataques, con el tiempo sistemáticos. Hasta que un día, le prendieron fuego su ‘ranchito’, como a Angélica le gusta decir. Rescató a sus hijxs y perdió todo comprobante de denuncia y de Juan, salvo una foto de un cumpleaños en donde él sonríe y que fue elegida para llevar a cabo una pegatina en las calles del barrio, el 29 de agosto de 2016, a 26 años de su asesinato. Un recordatorio, sobre su ausencia, sobre la impunidad y sobre la injusticia. Una foto estampada en un paredón que decía, “Juan Ángel  Zopla, asesinado por la policía, el 29 de agosto del 1991, sin justicia aún”, delito que se sigue repitiendo y que la mayoría de los casos, sus familias, no llevan a cabo la denuncia. “Sufrir las amenaza me quebró la voluntad y me callé hasta hoy, la justicia reapareció por otro canal, en este caso, fue poder aprender a leer y escribir” dice Angélica.

Angélica desempolvó la foto de su hijo y la posó en la sala del comedor de su casa. Encontró contención y escucha en la educación pública. Después de tantos años de silencio, se animó a que su historia y la de su hijo, esté hecha memoria en fotos, expuesta en una galería, fuera de su barrio y encontrando un espacio en la cultura, en sus derechos y en confiar en otros modos de construir afecto, nuevos vínculos y redes solidarias y sororas, como la que la une a su maestra. 

“Angélica”, por Julián Athos, está expuesta dentro del marco de historias gráficas en la muestra anual de reporteros gráficos argentinos (ARGRA) Desde el 17 de agosto hasta el 1 de septiembre en la ciudad de La Plata. Centro Cultural Islas Malvinas, calle 50, Casco Urbano. El sábado 26 de agosto a las 17 hs, Mesa - debate sobre Historias gráficas. Luego la muestra continúa en la Ciudad de Rosario- Santa Fé desde el 7 de septiembre al 24 en el CEC. 

Julián Athos

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