Había salido de su casa con el propósito de recorrer y documentar la existencia de algunos pueblos que se habian detenido en el tiempo. Llevaba un bolso deportivo cruzado en el pecho en el que había guardado algunas mudas de ropa y los elementos de aseo personal.

En la mochila varios blocs, de los que se sujetan con resortes, biromes, resaltadores, el celular y el cargador.

Hacía años que sostenía un programa en la radio del pueblo que hacía poco se hacia asociado a una cadena federal. Una emisora referente para la zona.

Vivía de su trabajo en las oficinas de una cerealera. Todas las mañanas a las seis estaba en la puerta, la jornada se extendía hasta las quince. Muy comunicativo y casi siempre de buen humor era apreciado por todos.

Su pasión por los medios lo hacía flotar sobre la rutina y mantener intacto su espíritu creativo.

Las horas de ocio transcurrían haciendo zapping frente al televisor. Analizaba y anotaba todo lo que sucedía en los programas que tenían un formato novedoso y un transcurrir interesante.

No se perdía ningún episodio del que recorría la Argentina mostrando los lugares más ignotos. No se le escapaba que los costos de producción debían ser enormes.

También apareció un pibe que se filmaba con un celular recorriendo lugares famosos en el mundo, dándole una impronta diferente y entrevistando a personajes del lugar. Los capítulos no duraban más de quince minutos y los fue vendiendo a diferentes medios, que los utilizaban para alivianar algunos programas, sobre todo los noticieros.

El desafío para Mario era hacer interesante el relato sobre algún lugar poco conocido, sin contar con la imagen como soporte.

La cadena contaba con un sitio en internet e incluso con una aplicación para escuchar los programas en vivo. Las noticias se actualizaban al instante pero reflejaban solo lo que fuera más atractivo y de mayor impacto para los oyentes / lectores.

La preparación para el viaje le llevó un buen tiempo: planificar la época, otoño o primavera por las temperaturas; calcular un presupuesto que no era bajo teniendo en cuenta que la gira se extendería por un mes y acomodar sus vacaciones con la cerealera.

La radio no contaba con medios para apoyarlo económicamente. Aliento sobraba.

En la cerealera le aportaron un dinero anclándolo a un premio al mejor empleado por su desempeño en el trabajo. También le proveyeron de varias gorras, alguna que otra remera y una buena cantidad de banderines.

Ahorró durante un año. Vivía en un departamento pequeño construido en el fondo de la casa de sus padres. Se movía en bicicleta. Una vez por semana tomaba un vermut con los amigos en el bar de la avenida, siempre acompañado de una picadita.

En las vacaciones hacía un viajecito de tres o cuatro días a la Laguna de Mar Chiquita. Su pueblo estaba a unos cien kilómetros de ahí, en el límite entre la pampa húmeda y el monte santiagueño.

Decidió que su recorrido iba a empezar por ahí, en Miramar la única población a la orilla de la laguna.

Últimamente, gracias a la intención de convertir parte de la zona en el Parque Nacional Anzenuza, el nombre que le adjudicaban ahora a la laguna, se había hablado mucho del lugar. Los gobiernos, las asociaciones protectoras del ambiente, las escuelas se habían involucrado en el proyecto. Sin embargo de los vaivenes del lugar y de los fenómenos naturales ocurridos en el ecosistema el turista conocía poco.

Con lo que le habían contado sus familiares y entrevistando a los pobladores mas viejos fue armando su relato. En los años treinta, la gente de los pueblos vecinos, aun los que tenían que recorrer distancias que superaban los cien kilómetros, hacían un par de viajes al año para aprovechar las propiedades curativas del lugar.

En 1970 el nivel del agua había empezado a subir e inundó el pueblo. Solo se veía la cruz de la iglesia. El agua perdió salinidad y con ello sus propiedades. Una nueva actividad turística se generó alrededor de la pesca del pejerrey.

Recorrió el antiguo hotel enorme, cuyos cimientos habían quedado en el agua, escuchó al guía narrar sobre la presencia de los nazis en la época de la guerra.

Satisfecho con lo relevado decidió viajar a Chipión, Altos de Chipión en realidad. Un pueblo de unos 2000 habitantes asentado sobre el punto más alto de la zona. Visitó el museo de 3 habitaciones de una casa antigua y a través de la guía supo que en su momento había sido sede de uno de los fuertes construidos para enfrentar a los sanavirones.

Frente a la antigua estación de trenes había un homenaje a Burdisso, jugador del Seleccionado Argentino de Futbol y orgullo del pueblo.

Su próximo objetivo era Colonia Aldao. Los vecinos la conocían como Aldao y los mas viejos como Casablanca.

A la mañana temprano se levantó, fue hasta el baño que compartía con los otros huéspedes de la única pensión, se afeitó y ya con sus pantalones, el que todavía estaba menos sucio, y una de sus camisas a cuadros se fue al comedor para desayunar.

Tomó sus pertenencias y se acercó a la ruta para hacer dedo. El movimiento era casi inexistente. No era época de cosecha así que los camiones prácticamente no circulaban. El sol iba subiendo y el calor empezó a apretar. Cerca del mediodía, cuando ya empezaba a perder sus esperanzas, apareció un auto negro, de los de lujo, con vidrios polarizados y frenó un poco mas adelante. Una de las ventanillas se bajó y un brazo le hizo seña para que se acercara. Contentísimo caminó hacia allá y agachando un poco la cabeza divisó a dos hombres, con anteojos negros y cortes de moda, que le preguntaron por su destino y lo invitaron a subir.

Eran de poco hablar, la tonada los ubicaba en el norte del país, jujeños, salteños o de por ahí.

Mario les contó lo que estaba haciendo para romper el silencio, el acompañante tiraba algunas frases como para alentarlo a seguir. En el cruce había un control policial. Los vio ponerse un poco tensos pero por la hora no había nadie fuera de la casilla.

Faltando unos 20 kilómetros para el cruce con la 34 les indicó que había llegado a su destino. No había vestigios de urbanización. A unos 500 metros se adivinaban las vías.

"El pueblo quedaba a la izquierda, detrás de los árboles que bordeaban la vía, pero había que ir hasta ahí para comprobarlo. Se volvió con un pie en el aire y sonrió por encima del hombro a los tipos que seguían viaje". Mi madre andaba en la luz , Haroldo Conti.