Sebastián Chilano
Costura de almas
En Ningún otro cielo, su sexta novela, Sebastián Chilano sitúa una trama intrigante en un lugar costero. Pero más que en el enigma de un policial, el acento está puesto en la subjetividad de los personajes, con un lenguaje austero y preciso.

Acción. Sin luz, sin cámara: acción. Verbos que muestran a ciertos cuerpos desplazarse por un espacio. Un conductor frena una camioneta, dos hombres que están bebiendo cerveza observan a los recién llegados. De la parte trasera de la camioneta otros hombres bajan un cadáver. Es el mes de marzo. Todo transcurre en un lugar llamado La Caleta, un pueblo costero que, a esa altura del año, solo está ocupado por lugareños, algunos turistas rezagados y –eventualmente– es visitado por “cargadores” que responden a un tipo apodado El Obispo. Así arranca Ningún otro cielo, sexta novela de Sebastián Chilano, o para ser más exactos, la historia ya había comenzado bastante antes del inicio de la primera página. Mucha agua corrió bajo el río, eso que está ocurriendo, ya pasó antes, no es nuevo y el narrador –por suerte–  no parece creer necesario ningún gesto explicativo. Esas pocas coordenadas podrían resultar un tanto expulsivas o intimidantes y sin embargo una fuerza gravitacional  provoca que el lector no deba hacer mucho esfuerzo para involucrarse vívidamente con ese mundo: no entender no implica no saber donde se está. Esto ocurre gracias a las referencias –concretas, precisas– que se encargan de dibujar una espacialidad fácilmente habitable. Además ayuda y mucho que la narración no dé respiro, porque nunca dejan de ocurrir cosas; son micro acciones que tienen una clara impronta cotidiana, pero, al no estar cobijadas bajo el mandato de un explícito patrón superior se vuelven un tanto esmeriladas. 

  Después sí, de manera progresiva, el sentido encuentra un cauce y el todo comienza a unir partes. Así aparece El Flaco, quien cose los agujeros de los cadáveres para que no se les escape el alma; lo acompañan María, su mujer, y Elías, su vecino y amigo. Y también rondan por ahí los pibes, como aves de rapiña. La estructura narrativa presenta a las dos generaciones alternadamente, hasta que los caminos se unen de manera fatídica. Ambos grupos tienen intereses distintos aunque no contrapuestos, porque a la larga todos luchan por sobrevivir a la opresión de El Obispo, esa sombra que los somete a todos. Personaje raro, pero necesario, cuyo desplazamiento se abastece de la austeridad de la sinécdoque, lo cual lo termina de configurar como un malo clásico, ancestral. Dado este panorama no podían faltar los cadáveres, ese primero al que se lo somete a un particular proceso de sanación y después los otros, los de los jóvenes, en una deriva que ubica al mar como un actante clave. Sin embargo la narración no cae en la tentación genérica del policial, prefiere centrarse en los vaivenes entre El Flaco y Elías o en los celos de María, porque a El Flaco se le dio por mirarle las tetas a Selva, la viuda. Antes que el enigma como motor de la trama, lo que ocupa el centro de la escena es la subjetividad de los personajes. Aquí Sebastián Chilano elige una salida existencialista: los conocemos por lo que hacen, no por lo que piensan.  Esta opción es ciertamente generosa, porque se podría decir que vemos mucho de lo que pasa en ese puñado de días en los que transcurre la historia. 

  Chilano, al igual que el protagonista de la novela, también cumple el trabajo de enhebrar, aunque en este caso su tarea implica hacer convivir los elementos míticos o religiosos del relato con un realismo minucioso o más bien insistente y a la vez seco, casi sin adjetivaciones. La escritura, la distancia con las que se presentan las situaciones amortiguan el avance de lo fantástico. En algún pasaje El Flaco dice tener un “don”, pero nunca vemos la manifestación concreta de ningún milagro. Incluso cuando se usa esta palabra, se la asocia más con una serie de azares que con manifestaciones divinas en la tierra. Ya se sabe que Dios está en los detalles y en tal sentido la novela presenta en la liturgia que rodea a la práctica del protagonista una corporeidad precisa. El inventario incluye un bisturí, pinzas, agujas, vinagre y un rosario con las cuentas gastadas que se coloca en una olla para obtener agua bendita. Estos elementos son presentados como si fueran los habituales –para el personaje lo son– a la hora de practicar un ritual de costura de almas. Un nuevo acierto, no hay un regodeo autoral por hacer lucir una idea original. En este sentido Ningún otro cielo sorprende, y no porque arremeta con giros inesperados, sino más bien por su persistencia, porque nunca se aparta de un tono ajustado, que sin embargo no llega a resultar ni monocorde ni chato. Una escritura pagana, lejos de la estridencia, más aún en el final, donde “los muertos ya no molestan” y los que quedan vivos, los dos amigos, deben saldar cuentas en un intento por suturar una relación partida. Si en las primeras páginas el relato ya traía el pulso de acontecimientos pasados, el último párrafo resulta categórico e inapelable. Detrás de ese punto final asoma una sensación o más bien un sentimiento: más allá del devenir mítico que recorre la novela, el tema principal finalmente latía en el corazón de esa relación oscilante entre dos amigos.

Ningún otro cielo Sebastián Chilano Letra Sudaca 166 páginas