Historias de la Trova (VI)
  • Ensayábamos por Echesortu, cerca de la Plaza Buratovich en el atardecer. Tenía algo de romantic place el hecho de estar tocando a puertas cerradas mientras que veíamos el día menguar derramando su luz sobre la claraboya, único rectángulo de contacto con el mundo de afuera. Era una pieza delantera y adentro, en los fondos, la abuela del bajista vivía orondamente, como una lady inglesa, elegante y levemente sorda. La chica con la cual me veía los sábados me esperaba en uno de los bancos de la plaza en donde regularmente nos enroscábamos en unos escarceos con sudor, perfume y frío, ya que era un sitio propicio para la "franela", en el exterior penumbroso, bajo los altos eucaliptus a salvo de miradas indiscretas. Ella se fue cansando de los mismos besos y caricias que no atravesaban las vestimentas: me pidió algo más, un lugar donde estar juntos en posición horizontal. Mientras lo hacía miraba yo la puerta del ensayo cerrada, a oscuras y tuve la ocurrencia. ‑Vamos, ya lo tengo -dije, mientras buscaba la llave mágica de aquella entrada que estaba en el bolsillo de mi campera. Entramos en puntas de pie y abrimos con cuidado. Un vaho a tabaco nos dió en la cara y nos hizo reír. Entramos y no pasaron cinco minutos que sentimos el click de la manija de la puerta abriéndose. Nos escondimos tras un biombo con el corazón a mil. Entonces la sorpresa fue mayor: no era el nieto de la abuela, ni fantasmas, ni ladrones quienes habían entrado. Era la mismísima anciana quien, encendiendo la luz y el piano eléctrico, se puso a tocar como una hora larga. Luego cuando se fue, mi chica, sacudiéndose el pantalón se irguió enojada y me dejó solo en la sala de ensayo, sin bautismo de fuego ni música ni nada. Nunca odié tanto Claro de Luna y a Bethoven como aquella noche de invierno.
     
  • Le sucedió a uno de los integrantes de la Trova, jovencito implume aún, quien entrara en el templo de Sadaic para registrar una de sus primeras obras. La canción se llamaba El rock del Pantano. Realizó los trámites iniciales y se encontraba terminándolos cuando un petiso de mal talante se le acercó y lo hizo sentar ante un escritorio cargado de carpetas y folios.

    ‑¿Porque le puso este título? -le inquirió de malos modos.

    ‑Porque se llama así -dijo el pibe encogiéndose de hombros. El otro, cara de perro, le alargó la papeleta con disgusto.

    ‑Lo va a tener que cambiar, no sirve.

    ‑¿Por qué? -alcanzó a preguntar.

    ‑Porque sí, está mal; cámbiele el título, caso contrario, no lo va a poder anotar. ¡Ni ahora ni nunca, al menos hasta que yo se lo permita! El jovencito, ignorante aún de sus derechos, realizó el trámite de nuevo y le cambió el título por el otro, Rock del Barro.

    ‑Ahora sí -dijo el petiso, de mala gana- ‑¡Y que no se le ocurra más joder con nadie! Le selló el papeleo. Claro, cuando averiguó el apellido del maltratador era tarde para rehacer la obra. Rogelio Pantano se llamaba el hombre. Un susceptible que en épocas de dictadura militar tenía la potestad de hacer y deshacer canciones a su antojo.
     
  • ‑¿Sabés guardar un secreto? -me susurró la chica asomándose al balcón bajo donde ensayábamos. ‑Soy la sobrina de León Gieco.

    La miré: rubiona, potente en su dentadura nórdica, carpetas en mano, cerca de los dieciocho años. ‑Pero no tenés que decir nada porque lo busca la policía. Eran tiempos de plomo y aquella afirmación no me pareció descabellada. Salí, fumamos juntos y me pidió que la acompañara a la Terminal. Intrigado y atraído por su perfume, lo hice. Ibamos en el 218 cuando se sobresaltó: ‑¡Uh, no tengo guita para viajar! Rebusqué en mi bolsillo y encontré el dinero. ‑Sos un amor -y me dió un besito en la mejilla. Luego me pidió que no la acompañara hasta el andén porque "tengo miedo de que nos estén siguiendo", y se fue dejando promesas de futuros encuentros. Estaba feliz y regresé a la sala. Ahí estaban mis compañeros de grupo, les contaría la novela y la premonición de un encuentro amoroso. Cuando culminé, todos se miraron. Uno dijo: ‑A mí me choreó un gamulán y cien pesos. Me dijo que era prima de Charly y que tenía que huir. Otro continuó: ‑A mí me dijo que la habían dejado abandonada y le habían robado la guitarra. El tercero culminó: ‑A mí directamente me manoteó doscientos porque dijo que era para un tratamiento de su madre. Indudablemente, todos comprendimos que la música, como profesión era una práctica arriesgada, con falsas promesas, jovencísimas viudas negras y mucha, mucha fe sobre todas las cosas.
     
  • Nos levantábamos al amanecer y preparábamos un mate ceremonial. Luego dibujábamos y nos intercambiábamos acordes y pequeñas sapiencias de la música. En los mediodías solía visitarnos un chico ingenuo pero prometedor en los negocios y en el arte musical. Como no teníamos dinero, solo nos alimentábamos con papa en sus más variados estilos: puré, hervidas y principalmente cuando lográbamos escamotear algo de aceite, fritas. Entonces el jovencito que nada entendía de nuestras charlas y se ponía incómodo porque se daba cuenta que cuanto más oía menos sabía y eso le debía producir angustia. Lo queríamos no obstante por sus deseos de asomarse a un mundo letrado y por su entereza. De sus labios salió entonces aquella frase incongruente que se reprodujo por mucho tiempo y que a Coqui, de Pablo el Enterrador y a mí, de Irreal, nos causaba mucha gracia: ‑Esos dos tipos son medio raros, son medio filósofos...¡No hacen otra cosa que pasarse la vida comiendo papas fritas!".
     
  • Fue Edu ‑ancho, morocho cargador de bafles‑ quien llegó con la información escrita en una hoja. Era un mala fotocopia de un escrito a máquina que se encabezaba con la palabra "Confidencial" en negrita y caracteres serios. Se hacía saber que eran potencialmente, los abajo nombrados, distribudores o con gente en contacto con drogas y otras sustancias. Era una larga lista pero estaba encabezada por quien les habla y un tal Jorge Fandermole. Lejos de asustarme, aquello me causó una gracia infinita. Le pedí a Edu que me dejara la hoja, pero no me la quiso dar, ya que un pariente suyo, policía, la tenía guardada en un cuaderno y de allí la había retirado y debía devolverla antes del atardecer. No tengo copia de aquello pero es el texto más incongruente y surrealista que había leído, habida cuenta de que tanto Jorge como yo ni siquiera sabíamos del olor del cannabis, y menos aún del demonio saltarín de la cocaína y otras sustancias. Por chistes así, por delirios como ese, la gente caía presa o se la mataba.
     
  • Algunos integrantes de La Trova, amantes del fútbol, solíamos despuntar el vicio juntándonos a patear en el Estadio Descubiero Lola Mora, bautizado de ese modo por estar repleto de estatuas de la artista, dispuesta en el Parque a la Bandera de forma poco ortodoxa. En eso estábamos cuando uno de nosotros descubrió sentadito en el banco, haciéndose el novio a un tal Viana, un facho sobrante de la dictadura que daba clases en Filosofía y hablaba pestes de la juventud, de su potencial drogadicción y comunismo, y se ensañaba con la música de Rosario, como si esta fuera una prolongación de la lucha armada, los atentados y facciones de cualquier extremismo del mundo. Con la excusa del partido llenamos el espaldar del banco con pelotazos fieros. Uno vino a dar en su espalda. Se levantó erguido de bravura, pero fue silenciado con otro que vino a dar en su prístino pantalón claro. La chica, al ver el odio que generaba su varón se fue. Y él se quedó reclamando por la violencia y la falta de comportamiento de unos muchachones brutales que obviamente deberían ser una avanzada castrista que lo estaba acosando. Ese día lo hicimos callar con el poder de fuego de una número cinco embarrada, criolla y justiciera.

 

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