Entrevista
En otros pies
“No transo”, aclara Paloma Herrera, la bailarina que ahora es directora del Ballet Estable del Colón. Así, más que de su nuevo trabajo en el teatro habla de la mujer que la habita, difícil pero nunca diva. Con el mismo carácter le dijo basta al escenario y se tomó el retiro voluntario. Con la misma firmeza le dice no al sueño de la Familia Ingalls. Y así, la chica del camarín impoluto, tan obse como libre, improvisa la coreografía de su nueva vida.
Imagen: Sebastián Freire

Se bailó todo. Se viajó todo. Se gastó todo. Se ganó todo. Se lloró todo. Se disfrutó todo. Paloma Herrera (41) sabe que no tiene más 19 años. Entonces para qué seguir entrenando a lo bestia si nunca lo va a poder hacer como antes. Para alguien sin medias tintas la respuesta es obvia. A dos años de una sentencia que sonaba a letra de Cerati (“Poder decir adiós es crecer”) dijo no bailo más y así fue. Se despidió de su puesto en el American Ballet Theatre, la súper compañía estadounidense de la que fue solista dos décadas. Pasó un año sabático. Y desde este enero es la nueva directora del Ballet del Teatro Colón; volvió a la casa donde se formó. 

Cada vez que dice algo a Paloma se le mezclan en la misma frase la comparación “acá y allá”. ¿Hablará de sus casi 25 años instalada en Nueva York? Su cita no tiene que ver con la geografía sino con la línea del tiempo: antes y ahora. Aquí y ahora es maestra y gestora cultural. Porteña en la teoría y en la práctica. Para las anécdotas y más detalles del allá –su antes– quedará Paloma Herrera, una vida intensa (Sudamericana), su flamante biografía. Un festín escrito igual que como habla esta mañana, tomando un café en el Pasaje de los Carruajes, dentro del coliseo lírico, acodada en una pila de carpetas (¡digna trabajadora del Estado!), interrumpida por fans que le piden selfies. Paloma tiene una chaqueta negra, trenza de Rapunzel y paso firme. Habla acelerada, espontánea, curiosa, rigurosa, vital, suena un pianito de fondo. Así se hilvanan en el papel los pasajes de su historia, contada con el desparpajo de un diario íntimo: las tensiones con su primera gran maestra, Olga Ferri, su manía fotogénica de escribir adentro de cada zapatilla de punta para qué función la usó, sus noches en Manhattan recorriendo barcitos donde tocaran jazz, sus amores a distancia, su distancia con el sueño del vestido blanco y de la maternidad, sus sueldos invertidos en sumar a sus giras a familia y amigas, la incondicionalidad de sus padres frente a esta mujer superdotada. 

¿Estás “con los brazos largos o cortos”, como diría una de tus maestras?

–¡Estoy con los brazos largos! El año pasado regresé a Buenos Aires y resultó un tiempo clave: di clases, hice yoga, me la pasé viajando. Llevé una vida distinta, otra onda, un cambio más abajo. Me sentí libre y pude escribir el libro tranquila. Lo terminé y salió esta propuesta. Toda mi vida fue muy así. Mi mamá dice: “Palomiiiita, las cosas pasan por algo”. 

En tu biografía contás que amás a los japoneses, su perfección. Y venís a trabajar a un organismo público argentino que es todo un símbolo cultural y político...

–Ahora estoy a full, aunque al principio no estaba muy segura de aceptar. Sabía que era un desafío, que iba a tener que enfrentar un montón de temas, que no era dar mis clases y nada más. Pero entendí que estábamos haciendo foco en el mismo objetivo. Yo trato de hacer una diferencia como artista, desde mi burbuja. Me planteé transmitir mi secreto, las llaves que abrieron mi carrera. Viví experiencias de maestras que eran pura luz y otras  muy mano dura, por eso ahora trato de reparar. Creo en la disciplina y en el trabajo pero siempre con amor.

¿Cómo te parás ante las dificultades sobre las que quizás no tenés incidencia pero les afecta, como elenco?

–Como hice siempre con mi carrera. Yo sigo en mi foco, mi ética, en mis ideales. Le dejé claro a la dirección general cómo pienso, y se lo dejé claro a los bailarines. Yo no voy a poder cambiar, no voy a poder transar, es mi forma de ser, y si funciona sigo adelante y si no, me voy a tener que correr. Para mí el arte no se toca. De repente me chocan cosas pero sé que estoy acá por lo artístico, para tratar de traer a los mejores coreógrafos y repertorios, tener más funciones, sumar un nuevo equipo de kinesiología. Esa es la seguridad que les puedo dar a los bailarines.  Pero mi cargo no es estable, eso me da la tranquilidad de saber que soy libre. Voy a luchar esta batalla, me interesa y quiero hacer lo mejor que pueda. A mí nunca me interesó el título de Directora del Colón porque queda lindo. Yo doy todo. Después, el talento es lo que va a resaltar y cuando se abre el escenario los que brillan son los que más se esfuerzan. 

¿Te alegra la reapertura del Teatro San Martín?

–¡Claro! Su compañía de danza es hermosísima. Los bailarines son increíbles, Mauricio (Wainrot) también. Fueron meses difíciles.

Fuiste pionera como latina en el American Ballet Theatre que ahora incorporó a una solista afrodescendiente, Misty Copeland. ¿La danza refleja lo que pasa en la sociedad, pese al prejuicio que la coloca en una torre de cristal?

–Para mí la danza siempre trató de salir de ese lugar. Por eso me gusta lo que pasa en Cuba: cómo llega, que todo el mundo mire y hable de ballet. Allá no está esa cosa de élites.

Te fuiste a los 15 años pero nunca cortaste el cordón umbilical con la Argentina. Tu traumatólogo, tus amigas, tus novios siempre tenían dirección en Buenos Aires. ¡Qué locura!

–Nueva York me permitió cumplir mis sueños. Pero es una ciudad hecha a medida: vivís enchufada a 220, la gente es work aholic. Quedarme un domingo me parecía rarísimo, si tenía dos días libres ya estaba en Buenos Aires. Acá puedo relajar. 

Con orgullo aclarás que podés ser vista como una mujer difícil pero nunca diva.

–Soy muy bajo perfil. No sigo un modelo, nunca pedí nada. Siempre fui ordenada, tengo mis puntos, me gusta que se trabaje bien y con buena onda. Cuando las cosas son mediocres o conformistas no entiendo. Me encanta estar con gente que ama lo que hace, me da placer. Por lo demás, soy básica. Si tengo fama de difícil será porque me molestan ese tipo de cosas. Y porque acá, tal vez, la mujer siempre tiene que estar más atrás... Allá íbamos a cenar y éramos todas jóvenes, solteras o con parejas pero ninguna casada. Acá, en el mismo perfil de gente, todos están casados y con hijos. 

El año pasado hablaste públicamente de tu decisión de no ser madre. 

–En esta carrera tenés un bebé y te cambia la vida por completo. Cuando bailaba no tenía tiempo ni para respirar, y ahora menos. Yo soy abierta. Muchas veces pienso: “¡Me van a mandar a la hoguera!”. Las cosas que digo pueden sonar mal pero es lo que siento. De la misma forma que no necesito a una persona al lado para estar bien. Ahora que estoy en pareja estoy feliz, feliz. Todo el año pasado estuve sola y ya no creía en el amor. A mí siempre me pareció importante vivir con transparencia. No soy a medias. 

De la misma forma que colgaste tus guantes, las zapatillas de punta.

–No extraño para nada, y eso que estoy involucrada y veo a los chicos bailar. Es un arte muy difícil. Yo miro videos míos y digo guau, qué lindo lo que logré. Pero para qué voy a seguir haciendo algo que ya está... Hoy sería difícil mantener ese nivel. Para mí es fantástico estar más grande, tener otros pies, otros tiempos, otra vida, no quedar enganchada. 

En el ABT estarán enfocados en la carrera pero después de las funciones hacen fiestas de película. ¿Cómo son esos eventos donde convive el arte, la energía del trabajo físico, los egos?

–Esas reuniones son parte de. Se hacen en teatros o en embajadas, si estás de gira. Las del MET son como un casamiento: mesas redondas, una banda sonando en vivo, arreglos florales y regalitos después. En tu mesa te puede tocar gente interesante o alguien con quien no podés ni hablar, que está ahí porque queda lindo y nada más. 

¿Te gusta bailar en los casamientos?

–¡No! Pero me encanta ver a la gente bailar y divertirse.

En el libro contás que sos una llorona. Si sale sale, sea en la calle, en un avión, en la despedida de una colega... 

–Es que soy intensa en general. Las experiencias me tocan, la vida no me pasa por el costado. Voy a un concierto y lloro. Canto y me emociono. Si algo me duele, me duele de verdad. Por suerte con las carcajadas soy exagerada también.