La guerra de Trump –y Franco– contra la ciencia
¡Viva la muerte!

¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!

Siempre ha sido importante recordar aquellas iracundas palabras del general Millán Astray, pronunciadas en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, pero tal ejercicio de la memoria es urgente hoy por lo que nos dice, no acerca de los delirios del pasado sino acerca de las urgencias del presente. En efecto, ochenta y un años después de que ese general amigo y mentor de Franco lanzara frases tan infames, ellas cobran una nueva relevancia, sirven para adentrarnos, más que en la Guerra Civil española, en otro tipo de guerra, la guerra contra la ciencia que está promoviendo el gobierno de Donald Trump. 

Sería superficial y simplista aseverar, como algunos lo vociferan, que el país de Lincoln se encuentra a punto de caer en las garras de un fascismo como el que asoló a Europa, a pesar del despliegue de svásticas y antorchas nazis en Charlottesville. Lo que sí es cierto, en cambio, es que nunca antes en la historia de los Estados Unidos se había producido un asalto tan feroz a la verdad objetiva y la racionalidad.

Aunque ya Richard Hofstadter había denunciado en su libro clásico de 1963,  Anti-Intellectualism in America, la profunda tendencia yanqui a menospreciar a los intelectuales, no pudo haber anticipado que ocuparía algún día la Casa Blanca alguien que ostentara una mezcla tan tóxica de ignorancia y mendacidad, una tal falta de curiosidad y desdén por el uso de la mente.

La retórica empleada por Donald Trump durante la campaña presidencial (“Los expertos son terribles. Miren el desbarajuste en que nos tienen metidos todos los expertos que tenemos.”) presagió el tipo de oscurantistas, visceralmente hostiles al conocimiento científico, con que llenó su gabinete. No deberían sorprendernos, entonces, los inmensos recortes presupuestarios planteados para los institutos que llevan a cabo descubrimientos y avances en medicina, estudios climáticos, seguridad laboral, exploración espacial y hasta en la agencia encargada del Censo. Y para asegurarse de que los sitios web del propio gobierno no contradigan las políticas anti-especialistas del nuevo gobierno, se ha ido suprimiendo en forma sistemática una serie de análisis rigurosos de profesionales en los portales de la Casa Blanca, así como en muchos ministerios (Agricultura, Educación, Medio Ambiente, Energía, Tierras, Trabajo, sin salvarse siquiera el Departamento de Estado), además de abolir o eviscerar los consejos de asesores profesionales y prohibir que funcionarios gubernamentales asistan a reuniones o hagan declaraciones sobre los temas en que son peritos ni tampoco que publiquen diagnósticos que podrían demostrar errores oficiales. Los acólitos de Trump deben creer que basta con que no se recojan los datos de un fenómeno o se dejen de explorar ciertas ideas, para que esas verdades inconvenientes desaparezcan como por arte de magia. 

Esta guerra contra la ciencia y la veracidad tendrá consecuencias letales.

Hay trabajadores que van a morir debido a que las regulaciones de Obama que los protegían de la sílice, el mercurio y el berilio han sido suspendidas. Hay mineros del carbón cuyas vidas peligran porque se han restringido las inspecciones en los socavones, y sus familias sufrirán cáncer, defectos de nacimiento y enfermedades respiratorias debido a que las Academias de Ciencias, Ingeniería y Medicina han recibido órdenes de no estudiar los efectos de la destrucción de las montañas en la salud de millones de habitantes en la región de los Apalaches. Y muchas otras existencias se verán lentamente truncadas gracias a que más de treinta reglas de probada eficiencia contra la polución han sido anuladas, autorizando que elementos químicos y gases ensucien el aire, el suelo y el agua. 

Aunque hay también secuelas mortales en otros campos (el prejuicio contra las vacunas, la disminución de la cuota de asilados políticos perseguidos en sus lejanas patrias, la desasistencia a las víctimas de discriminación sexual, el retiro de programas irreparables.

Trump y su zar del Medio Ambiente, el troglodita Scott Pruitt, niegan que el dióxido de carbono sea responsable del cambio climático, y han hecho lo imposible para que la situación ya desastrosa de la Tierra empeore aún más. Algunos ejemplos de este prontuario: el abandono de los Acuerdos de París, la aceptación de que aumenten las emisiones de metano y se utilicen pesticidas venenosos, y la liquidación, cuesta creerlo, del Consejo de Asesores orientado a estudiar el origen de los huracanes y el crecimiento desmesurado de los niveles del mar. 

Si a estas políticas mortíferas que amenazan a millones de humanos habitantes y que podrían afectar en forma catastrófica a billones más, agregamos la forma en que Trump ha jurado “destruir totalmente” a Corea del Norte, mostrando una ignorancia criminal acerca de los tratados y protocolos internacionales suscritos por Estados Unidos en torno al uso de las armas nucleares, podemos sospechar que Millán Astray se ha re-encarnado en estos nuevos jinetes del Apocalipsis.

¿Qué hacer ante tamaña estupidez, avalada por gran parte de la población norteamericana?

En esta lucha contra la oscuridad, podemos encontrar inspiración en la respuesta de uno de los presentes en la Universidad de Salamanca ese mismo 12 de octubre de 1936. Miguel de Unamuno, el insigne intelectual, contestó así el embate de Millán Astray: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta, mas no convenceréis”. Valorando su valentía, tal vez tiene sentido, sin embargo, invertir los términos de esa réplica. Es necesario más que nunca, en esta época inestable y confusa, confiar en que esa inteligencia que ha permitido a la humanidad derrotar a la muerte, crear milagros medicinales e invenciones asombrosas, construir templos maravillosos y escribir libros de gloriosa complejidad, sea capaz de volver a salvarnos. Hay que nutrir la esperanza de que el cerebro que nos convirtió en quienes somos pueda desplegar las gentiles gracias de la ciencia, el arte y el saber para probarles a quienes quieren saquear la inteligencia que la verdad no puede ser destruida tan fácilmente, anunciarles con la misma serenidad de Unamuno: No venceréis y nosotros sí vamos a encontrar el modo de convencer como sea, con toda la luminosidad a nuestro alcance, a los enemigos de la razón.

Miren que se nos va la vida.

* Autor de La muerte y la doncella y de la novela Allegro. Vive con su mujer en Chile y en Carolina del Norte, donde es profesor emérito de literatura en la Universidad de Duke.