Partiendo de la matriz de los tiempos lógicos lacanianos: instante de ver, tiempo de comprender, momento de concluir, pueden pensarse muchas cosas dentro de esa manera de enunciar los ciclos vitales. La vida transcurre mientras vamos haciendo malabarismos y elecciones, tratando de preservar algunas sincronías y dejando que caigan otras. No siempre sabemos que hacemos esto, y no siempre podemos hacerlo, pero en lo que percibimos, vamos tratando de prestar atención a procesos donde estos tres momentos, que se desarrollan en diferentes planos todo el tiempo, nunca marchan al unísono, más bien todo lo contrario: ocurren con modos que son asincrónicos, desbordantes, imposibles de prever y mucho menos de planificar. En cualquier recorrido de aprendizaje, sea vital o instruccional, uno alcanza a atrapar sólo una parte de lo que ocurre, porque mira la escena con lo que sabe y también con lo que no sabe.

Lo que no sabe, no es algo que falta. A decir verdad, lo que no sabe es altamente performativo en relación a lo que sabe. Analicemos un ejemplo. Nicolás Copérnico no pudo avanzar en el estudio de la “bóveda celeste” porque tenía cierta aversión sobre las elipses, o para decirlo de manera inversa, cierta fascinación por las circunferencias. Eso no le impidió formular la teoría heliocéntrica, pero el modelo que construyó no le explicaba una parte de lo que observaba: las estaciones, los cambios climáticos a lo largo del año o la duración variable de las noches y los días. Cuando Galileo se dio cuenta de esto, encontró que las figuras elípticas describían mejor las órbitas de los planetas. Pero Copérnico terminó en la hoguera de la Inquisición, sin llegar a enterarse qué fue lo que no sabía cuando miraba.

¿Por qué ocurre esto? En principio, porque en todos los procesos vitales o instruccionales, siempre hay otros, en tanto nuestra propia constitución como sujeto se produce a partir de un Otro que cumple con la función materna. Ese otro para nosotros obtura lo que vemos, porque en el vínculo con él, anteponemos una pantalla, que Lacan llamó Fantasma Fundamental. Proyectamos sobre esa pantalla lo que quisiéramos que el otro sea y a su vez esa pantalla cumple la función de obturar lo que hay detrás. Y detrás no hay nada. Pero nosotros vemos allí todo el tiempo al otro que esperamos sea para nosotros. Sería insoportable descubrir que no hay nada. O para decirlo lacanianamente: el fantasma encubre que no hay forma de inscribir una proporcionalidad, una relación entre dos, porque no hay tal cosa. Hay lo uno y otros. Esto se entiende un poco más cuando uno lo piensa en términos del amor que busca en la media naranja, la complementariedad. No hay tal cosa.

Ese filtro es un condicionante para lo que podamos ver y aprender. Gastón Bachelard decía que se aprende siempre contra algo (un saber anterior, un prejuicio, una creencia) y Pichón Rìvière señalaba que uno siempre hace sombra sobre el campo que observa (esa sombra que a Copérnico no le dejaba ver porque el despliegue heliocéntrico no correspondía con lo que observaba). Pero también hay que decir que podemos atrapar sólo una parte de lo que vemos, porque hacer malabarismos con lo que nos ocurre y condiciona cada uno de los tiempos lógicos, ocupa tiempo, emocionalidad y energía. Es un trabajo enorme el que hacemos para tratar de comprender cómo funciona lo que percibimos. Casi podría decirse que todo sufrimiento está anclado en ese modelo de comprensión que construimos. Y hay que señalar también que al separar los procesos, conectarlos, significarlos y ver dónde estamos ubicados nosotros en ese paisaje, se aprende trabajándolo en análisis.

En un sentido que podríamos pensar como muy de la clínica, cuando uno bucea un territorio novedoso y desconocido, va tratando de establecer anclajes con la teoría en lo que percibe y después teje con esas hebras. En ese proceso aprende. Y aprende mucho, pero siempre viendo una parte, ya que otras están obturadas, en tanto nunca deja de mirar con lo que no sabe. Sin embargo, para poder realimentarse, necesita de otros, de la mirada de otros, de la crítica de otros, del aporte que pueda ofrecernos lo que les suscita eso de lo que les hablamos. Pero para que podamos transmitirle a otros todo lo que aprendimos, necesitamos generar herramientas que posibiliten una interlocución, una narrativa inteligible. Nosotros ya sabemos una parte, y en todo proceso de transmisión existe el malentendido, pero sin el ida y vuelta con el otro en sintonía, no podremos ver más que lo que aprendimos mirando, estudiando y reflexionando. La diversidad, lo distinto, el enfoque divergente, nos viene dado por el otro. Por eso que llamamos la otredad.

Una herramienta de interlocución puede ser un blog de intercambio, una conversación, una minuta, una experiencia compartida. La única condición es que no se parta del supuesto de que estamos enseñando algo, sino que estemos en posición de mostrar cómo pensamos para llegar a lo que llegamos. Y que esperamos aprender algo más de ese intercambio. Algo que en soledad, somos incapaces de ver.

 

*Psicólogo. Practicante del psicoanálisis. Cartel en EOL Rosario.