Emperatriz maldita
En Hystórika, el director Ramiro Guggiari destripa su propio closet escénico entretejiendo la vida del emperador romano Heliogábalo con otros mundos próximos y delirantes.
Imagen: Magalí Mantilla

Entre las columnas ocre del foyer del teatro porteño Margarita Xirgu se despliega una escena de incongruencia e improbabilidad muy a tono con las épocas que corren. Siete performers de atavío grecorromano vía pista de baile encastran en lamé y togas sobre un bloque de butacas retiradas de la sala y puesto a funcionar como utilería para una sesión fotográfica. Alguien opera las luces de las arañas dando pasos largos desde una llave térmica a otra, y a otra más, y entonces cuando se enciende el techo descansan los tacones. El emperador recalcula cómo y dónde abrochar la cola dorada de su conjunto, persuadido para que muestre más nalgas por quienes observan; el rebote del flash fotográfico patina y recorta las paredes, decoradas con la historia de la sala y hoy puesta al día con el reclamo por la independencia de Catalunya.

En el descanso de este ensayo general entreverado con sesión de fotos, Ramiro Guggiari, director de Hystórika, destrama para el Soy algunos de los elementos que reunió para la puesta. Osvaldo Laborghini constela con Artaud, con Paris is burning, además de los discursos de Cristina Fernández.

¿Qué va a ver la gente que venga a tu obra? 

-Verá una obra que cuenta la historia de Heliogábalo, emperador romano travesti del siglo III d.C., verídicamente travesti y personaje disparatado, cruel. Es probable que muchas de las historias que se cuentan sobre él estén exageradas, porque hay algunas anécdotas que parecen muy bizarras o inverosímiles. Y es que enfrentó tal rechazo de las clases dominantes que los historiadores de la época escribían sobre él cosas denigrantes y exageradas, como si fuese el periodismo de guerra de entonces.

¿Te atrajo lo verídico o te conquistaron las exageraciones?

-Esas exageraciones me encantaban. Yo veo ahí un personaje maldito. El odio con el que se escribe su historia me está contando algo sobre ese personaje. Como Evita; esas figuras que generan tanto odio alrededor en ciertos sectores que uno empieza a decir: “Bueno, si la odian tanto, me interesa más”. 

¿Cómo tropezaste con el material original?

-La obra está basada en un ensayo de Antonin Artaud de 1934, que se llama Heliogábalo o el anarquista coronado, que es un texto histórico-filosófico, con lo cual la adaptación para teatro requirió un enorme trabajo que implicó por un lado poder encontrar algo que se pareciera a las voces de distintos personajes, y por otro, una actualización del material, algo que me permitiera ponerlo en relación con las fuerzas del presente, con lo que estuviera pasando hoy, y esto tiene que ver con la razón por la cual elegí a Heliogábalo en primer lugar: porque vi en él una especie de figura alegórica de Cristina Fernández, de Evita…

¿Lo decís por lo de personajes malditos?

-Por maldito, por escandalosa, por burlona, por cómica, por insoportable, por irreverente. Pienso incluso en esos costados que nos darían, digamos, vergüenza, como Cristina presentándose por la causa de Hotesur a que le tomen las huellas dactilares… Ese video escandaloso, que todas las tías cuando lo ven dicen “Esta mujer es poco seria”; ese escándalo, esa cosa que parece corrida, desbordada, es lo que la llena de magia y es algo de lo que más me gusta de ella. Ahí vemos un gesto que no es más que una pequeña situación, pero que también, por ahí, lo vemos en una política de Estado. Es una política de Estado que es irreverente, no digo que al 100% pero encuentro que está presente esa lógica. También tomé como material un cuento de Osvaldo Lamborghini, El niño proletario, porque es un texto increíble, de esos que te golpean en el estómago, y que habla de la crueldad. Es muy importante que Heliogábalo haya muerto de la manera en que murió, y es importante en cómo lo relata Artaud también: él murió violado, torturado, asesinado por la policía del palacio, es decir, por las personas que debían protegerlo; es más, es Artaud el que los nombra como “policías”, asociándolo a las fuerzas de seguridad del presente. Estas relaciones de pasiones, de odios, son las que se observan en esa escena fellinesca de la muerte de Heliogábalo, que es en un baño lleno de sangre. Hay algo muy excesivo, y entonces el cuento de Lamborghini funcionaba perfecto, porque conecta con el peronismo. En fin, Heliogábalo murió asesinado con mucha saña, que se corresponde con toda esa pasión y esa irreverencia del personaje. Era un personaje apasionado, entonces merecía un castigo apasionado. 

Jueves 26 de octubre a las 20.30 y domingos 19 y 26 de noviembre a las 18 en el Margarita Xirgu, Chacabuco 875.