A comienzos de los 80, las charlas de los seguidores del rock estaban salpicadas de leyendas que se repetían como verdades. Que Kiss usaba plataformas para el rito de pisar pollitos, y Gene Simmons se había implantado una lengua de vaca. Que Freddie Mercury se había cortado un testículo para mejorar su voz. Que los Stones se cambiaban la sangre todos los años para poder seguir drogándose. Que Ozzy Osbourne se había comido un murciélago en escena (bueno, eso en parte era cierto, pero había sido un accidente: alguien tiró un murciélago al escenario, Ozzy creyó que era de goma, lo mordió y debió darse una vacuna antirrábica). La difusión de semejantes delirios se explica a partir del estado de desinformación general, de la escasa información genuina disponible entonces en la Argentina, de la inexistencia de algo llamado internet. También, en un país donde cierta prensa titulaba como “Total normalidad” a la masacre orquestada por un gobierno de facto o “Estamos ganando” a la catástrofe de Malvinas, todo podía ser. El sinsentido era moneda corriente.

En la desgarradora conferencia de prensa brindada en la tarde del miércoles, la familia Maldonado dedicó algunas palabras a la prensa y los políticos que, desde la desaparición de Santiago, profirieron un sinsentido tras otro, embarrando la cancha, dificultando el acceso a la verdad. No hace falta realizar aquí el recuento de falsedades diseminadas. Lo interesante –lo aterradoramente interesante– es el efecto de esos sinsentidos en la sociedad, la comprobación de que aun las teorías más descabelladas terminan encontrando un eco en la mesa de al lado en el bar, en la cola del chino, en la reunión familiar. Es el efecto de la conversión del periodismo en opereta, pacientemente planificada y ejecutada de unos años a esta parte. Alguna vez se dijo que “no porque haya salido en televisión es verdad”, pero la advertencia parece haber perdido potencia.

Cualquier publicista sabe del poder de la repetición. La red de medios que copó el escenario informativo en estos años elabora su propia lectura y la multiplica, y el martilleo mediático de teorías que no resisten el más mínimo análisis lógico lleva a un todo vale, a un tiremos cualquier verdura que total pasa. El ciudadano no del todo enterado de que los cuatro, cinco, diez medios que repiten la misma barrabasada pertenecen al mismo conglomerado, o a la misma área de intereses económicos y políticos, admite que le llenen la heladera mental de pescado podrido a partir de un simplista “lo dijo este, aquel y el otro” que asusta por su efecto anestesiador del pensamiento crítico. 

En la República Sinsentido, la principal candidata oficialista de la ciudad de Buenos Aires puede comparar el cuerpo hallado en Chubut con Walt Disney, y que eso apenas afecte sus perspectivas de cómodo triunfo este domingo. No hay de qué extrañarse: es habitual que esa misma candidata se contradiga violentamente con las cosas que ha dicho en el pasado, pero la población no parece advertirlo y si lo hace no importa porque, por imperio de la construcción mediática, es la representante de un partido que dice combatir atrocidades tampoco comprobadas, pero sólidamente instaladas por los operadores mediáticos.

En la República Sinsentido, Plaza de Mayo amanece hipervigilada por fuerzas de seguridad de todos los colores, y por la noche un grupito de encapuchados pinta el Cabildo con transmisión en directo sin que nadie intervenga, y a nadie le llama la atención. Un tipo escribe en la pared “Santiago es anakista”, que aún bien escrita es una pintada rematadamente absurda. El ruido mediático, la indignación fácil fogoneada en las redes por los trolls a sueldo, el pensamiento Doña Rosa convertido en estruendo por la hipercomunicación, consiguen que nadie se detenga a pensar en la ridiculez de la frase, en lo inverosímil de la situación.  

Todo puede pasar. Si la realidad se emperra en desmentir las teorías más descolgadas, la desmentida siempre tendrá una amplificación mucho menor que el mensaje original. El residuo de todo ese barullo sedimenta en la mente del ciudadano medio. El sinsentido se naturaliza. La TV abruma con spots de campaña que dicen “la violencia nunca es el camino”, firmados por un partido gobernante que le dio semáforo verde a sus fuerzas de seguridad para ejercer cotidianamente la violencia, que encubre a conciencia a la Gendarmería que se llevó a Santiago Maldonado. El sinsentido permite que una de las escasísimas intervenciones del primer candidato en Buenos Aires sea una incoherencia del tamaño de “si Perón viviera votaría a Cambiemos”. Todo vale. Hasta la incoherencia más grande encontrará algunas cabezas asintiendo: de hecho, en República Sinsentido hay que recordar que Esteban Bullrich es el que aparece en la boleta y no la gobernadora que habla todo el tiempo por él. Porque, bueno, cuando habla él dice cosas como que el error de los nazis fue no haber sabido unir a la sociedad, que los trabajadores deben disfrutar el vivir en la incertidumbre o que Perón votaría a Lilita Carrió. Aun con el poder de la red mediática oficialista para disimular los dislates, a veces se vuelve difícil. 

Así las anomalías se multiplican, no llama la atención que la política definida por el principal operador periodístico del Gobierno como “una vieja sola y enferma” llene la cancha de Racing. No produce dudas que otro periodista que vierte loas permanentes al macrismo cobre 24 millones de pesos estatales por contratación directa y sin licitación. Mientras el país se hunde día a día en un pozo de deuda insondable y un grupito de privilegiados llena sus arcas con la bicicleta financiera, mientras se revelan cuentas oscuras en paraísos fiscales, el sinsentido mediático consiguió que miles y miles agoten su crítica al poder en el sonsonete “se robaron un PBI” sin detenerse a pensar dos minutos en lo imposible de la afirmación.

Porque ya todos saben que Santiago es anakista, y Freddie se cortó un huevo y Simmons tiene lengua de vaca.