Aunque no nos conocemos creo que entiendo muchas de las cosas que te están pasando. Todas estas noches llenas de llanto, sin dormir, soñando a Santiago vivo, abrazable, real, como te gustaba. Pensando si tiene frío, hambre, si lo tienen escondido. Sé que los días también son bravos, cuando prendés el televisor y te dicen que está en otra provincia, en otro país y alguien destila que algo habrá hecho. Vos lo pariste y sentís algo que los demás no. Sabés que no te va a dejar de llamar por nada del mundo. Por eso te duele tanto que se mienta, que se confunda, que se encubra y se quiera ocultar todo. Pasó con mi hijo Sebastián Bordón, también ahora pasa con el tuyo.

La semana pasada se cumplieron 20 años de la tarde que encontraron muerto a Sebastián al fondo de un cañadón en El Nihuil, en Mendoza. Las noticias de estos días, del cuerpo encontrado en el río Chubut, me hicieron recordar sensaciones que creía haber olvidado. Aunque aún no sabés si se trata de Santiago, el miedo y el dolor ante esa posibilidad es el mismo. Lo viste pararse, caerse, hacerse grande y ahora te dicen que hay chances de que no lo veas más. Es algo que no se puede ni pensar. No nos prepararon para eso. Vos lo buscás vivo y hasta que no te confirmen su muerte lo seguís buscando vivo. Te pasa como a las Madres de la Plaza, te lo quitaron vivo y así querés que lo devuelvan.

Sé que ahora la angustia es muy fuerte y es difícil mirar hacia adelante. Me pasaba lo mismo. La ansiedad de la búsqueda y luego el dolor del hallazgo me pasaron por encima. Pero me abracé a la lucha por la verdad. Mientras las versiones nos mareaban seguí firme apuntando a los policías, que eran los últimos que lo habían visto con vida a Sebastián. No me dejé confundir. Esa es la única manera de seguir. Pensando en que se sepa la verdad.

Cuando te falten fuerzas aferrate a Santiago. Conectate con su ternura, su belleza, sus abrazos, sus caricias, incluso en lo que no lo dejaron ser. Sus sueños, sus ganas de vivir y pensá que lo hacés por él, para que se lo recuerde como era.

Quiero que sepas que no estás sola. Igual que me lo dijeron a mí cuando me tocó. Santiago también es nuestro hijo, como Miguel Bru, Ezequiel Demonty o todas las víctimas de la violencia institucional. Te abrazo y te acompaño.

* Carta publicada en www.cosecharoja.org