El futuro

El futuro ya no es como era antes. Antes... tardaba mucho en llegar. Cada cambio llevaba años, décadas. Venía tan anunciado que ya “casi” no tenía gracia. Sabíamos de qué se trataba porque lo estábamos esperando. La historia está plagada de huecos temporales en donde virtualmente... “no había novedades”. Por supuesto, me estoy refiriendo únicamente a la evolución de la tecnología.

Pero con el paso del tiempo, ese mismo futuro ha mejorado. Llega a borbotones e invade por todos lados. Justamente, esta cualidad temporal le permitió recuperar una capacidad que había perdido: sorprender.

¿Cuál fue el último gran invento o innovación? Es difícil ponerse de acuerdo pero ciertamente hay factores que inexorablemente tienen que formar parte de la ecuación. Internet, la telefonía celular, las redes sociales, la biogenética, la criptografía, los autos que no requieren conducción... no sé: usted incluya (o excluya) lo que le parezca pertinente.

Ahora bien: ¿qué podría suceder hoy que fuera tan revolucionario, que genere un cambio equivalente al que produjo la irrupción de internet? Estas preguntas son más difíciles de contestar sin invadir el terreno de la ciencia ficción. De hecho, yo podría incluir acá mis propias fantasías pero prefiero dejar la respuesta en pausa porque... porque no sabría bien qué escribir.

Con todo, hace muy poco se produjo un episodio que –creo– no tuvo la publicidad que debió en función del cambio brutal que podría producir. Acompáñeme por acá y téngame un poco de paciencia en el recorrido.

Los grandes gigantes de la tecnología –piense en Apple, Google, Amazon, Samsung, Facebook por ejemplo– ofrecen conferencias de prensa en donde anuncian sus nuevos productos. Son tan frecuentes y la información que van a comunicar ya se ha filtrado por tantos medios, que rara vez presentan algo que sorprenda o produzca un gran impacto.

Sin embargo el 4 de octubre pasado, en San Francisco, sucedió algo diferente. Brian Rakowski, hablando en representación de Google, anunció varios productos, pero hubo dos en particular, que me llamaron la atención, y cada uno por una razón bien diferente.

El primero, fue la aparición de una nueva versión del teléfono celular que Google fabrica de punta a punta. Es el Pixel 2. Es un mensaje claro para Apple: Google ahora fabrica sus propios teléfonos celulares de punta a punta. Hace un año que ya está en el mercado el Pixel 1. Google se subió al ring para disputarle a Apple el mercado de la telefonía celular y no piensa bajarse. De hecho, fue Steve Jobs quien revolucionó al mundo con la introducción del primer iPhone hace un poco más de una década. Ahora Google con su Pixel 2 competirá no solo con el iPhone 8 (que fue presentado hace muy poco), pero sobre todo, para discutir con Apple quién se queda con el precio mayor. Apple utilizará su nueva gran joya, el iPhone X y Google... verá lo que hace Google.

El iPhone X –que saldrá al mercado en diciembre– tendrá como precio (en su versión más básica) ¡mil dólares! Será el teléfono celular más caro de la historia. Por supuesto, para no fracasar tendrá que ser muchísimo mejor que todos sus predecesores. Será la única manera de justificar tener que pagar tanto dinero. Pero hasta acá quería llegar: me imagino que usted intuye (o sabe) que la aparición en escena del Pixel 2 o del iPhone X no son los motivos por los que yo estoy escribiendo este artículo. ¡No, ni de cerca! El énfasis lo quiero poner en otro lugar. Es lo que llega ahora y le pido que “se ajuste el cinturón”.

El segundo anuncio de Rakowski fueron los Pixel Buds. ¿Qué son?

A simple vista, parecen dos auriculares como los que hay en el mercado. Son inalámbricos y usan el sistema Bluetooth para comunicarse con la “base”: su teléfono celular. Entre ellos están conectados por un cable que –de acuerdo con lo que vi– uno se pone por detrás de la cabeza. Pero la diferencia extraordinaria es que los auriculares aprovechan la potencia de una aplicación patentada por Google (el Google Assistant) que reside en el teléfono celular para... ¡traducir! Sí, traducir: en simultáneo, en tiempo real.

Funcionan así: suponga que usted se encuentra con una joven inglesa. Ella no habla una palabra de castellano y usted no habla una palabra en inglés. Usted tiene ubicado los Pixel Buds en sus oídos y aprieta el botón externo que está en el auricular derecho. Allí dice (en español): “Google, necesito ayuda en inglés”. A partir de ese momento, el “Asistente de Google” activa la aplicación que permite traducir del castellano al inglés (y viceversa). Con el teléfono en la mano y mientras sigue presionando ese botón, usted dice (por ejemplo):

“Hola Ingrid. ¿Cómo le va? ¿Cuánto tiempo hace que está acá, esperándome?”

Mientras tanto Ingrid, que hasta ese momento no había entendido lo que usted dijo, escucha que una voz desde el teléfono le dice: “Hi Ingrid. How are you? How long have you been here, waiting?”

Ingrid, ahora le habla al teléfono en inglés:

“No, I got here just five minutes ago. No worries!”

Cuando ella terminó sus frases, usted escucha en sus auriculares: “No, llegué acá hace cinco minutos. ¡No se preocupe!”

Acá, una pausa. No sé cuánto le impacta a usted que este diálogo se pueda producir en tiempo real, es decir, mientras está sucediendo, pero yo estoy convencido que esta posibilidad tendrá consecuencias inmediatas y muy profundas.

El futuro

Google ya tiene una lista de espera, abierta ese mismo día (4 de octubre) y el público tendrá los Pixel Buds en sus manos a mediados de noviembre. Comparado con el precio de los competidores, los 159 dólares que cuesta el par no parece que vaya a ser un impedimento, pero este no es un aviso de Google. Google no paga nada por esto, ni a mí ni al diario. Lo que sí sucede es que en este caso, el futuro llegó desde otro lugar y –creo– va a producir un impacto muy profundo. Hasta el momento, la compañía anuncia que usando los Pixel Buds y el Google Assistant en el teléfono celular, se podrán hacer traducciones simultáneas entre 40 idiomas. Por supuesto, inglés, castellano, francés, alemán, italiano, portugués, japonés, ruso y mandarín están en la lista, por lo que en principio, Google se garantiza una amplia cobertura mundial.

Más allá de compartir la información, algunas reflexiones.

Así como Internet nos conectó de una forma inesperada, los Pixel Buds abren otro tipo de puertas. Usted advierte que podría llegar a Seúl, en Corea del Sud, o a Perth, en la costa oeste australiana o a Ljublijana, la capital de Eslovenia, y sin necesidad de hablar ni coreano, ni inglés, ni esloveno, usted estará en condiciones de poder entablar una conversación que exceda el marco de preguntar por el lugar donde está el baño, un hotel, la hora o cómo llegar a una estación de trenes.

Y por otro lado, más allá de la voluntad de aprender un idioma como curiosidad o por gusto particular, el lenguaje no será más un impedimento. Si me permite exagerar (y equivocarme al hacerlo), se acerca el final de las clases prolongadísimas de inglés en los colegios para terminar aprendiendo muy poco. Creo que no se le escapa que cuando uno se encuentra con un angloparlante, salvo las obviedades, ninguno de los dos puede avanzar en nada “serio” basado en lo que aprendió tanto en la educación primaria como secundaria. Por supuesto, esta situación no la vivimos solamente nosotros, sino que les sucede a “ellos” también, y en el “ellos” incluyo al resto del mundo.

Para “ellos” aprender español conlleva, por ejemplo, alcanzar a descifrar por qué los sustantivos tienen género. ¿Por qué una pierna es femenina y un ojo es masculino? Eso los vuelve locos. Creo que no hace falta que cuente cuáles son los problemas que tenemos nosotros cuando intentamos aprender inglés, alemán, francés o mandarín. ¿Intentó alguna vez entender algún idioma que tenga un “alfabeto” diferente al nuestro, como el griego, ruso o mandarín?

Las conjeturas y fantasías son ilimitadas, y cada uno de nosotros elegirá qué camino tomar y de qué forma lo utilizará. Esta es solo la primera versión, la primera irrupción de una tecnología que muestra la potencia de lo que somos capaces de hacer, cuando justamente usamos esta tecnología para hacer el “bien”.

Por último, una locura total, pero la quiero compartir. Lo voy a escribir porque se me acaba de ocurrir, mientras pensaba en ejemplos para esta nota: ¿podremos algún día comunicarnos con algún animal? Más allá de “hacernos entender”, estoy pensando en una verdadera interacción. ¿Cómo pensará un animal? Si ellos pudieran hablar, ¿disputarían lo que nosotros “creemos” que dicen o nos están diciendo? ¿Será verdaderamente inalcanzable?

Es posible que sí, pero mientras tanto, algunos de los aportes de la ciencia ficción requieren una revisión inmediata y podríamos empezar por sacarle la palabra “ficción” a alguno de los objetos de esa categoría.

Continuará...