Hace años me enteré que habían iniciado sus actividades en un banco de cemento de la Plaza Rocha de Mar del Plata. Luego les perdí el rastro, y hace poco retomé el trabajo en las aulas universitarias con la psicóloga Mirta Scolni, que fue una de las impulsoras. Ella me puso al tanto de algunos de sus logros. Ahí le pedí ir a conocer la Cooperativa de Trabajadoras Cuidadoras Domiciliarias de Mar del Plata.

Scolni me recibió una mañana con la presidente Andrea Larrubia, me fueron mostrando las dependencias y presentando a las integrantes que se encontraban en pleno trabajo. “Nos gusta relacionarnos desde un lugar donde le brindamos algo al otro. Yo creo que tiene que ver con el amor, con la entrega. Y ante alguien que está sufriendo, procuramos que aumente su calidad de vida, lo acompañamos para que tenga mayor autonomía. Precisamente esa es la diferencia entre asistir y cuidar. Nosotras somos cuidadoras”, precisa Larrubia con mucho orgullo.

Scolni se explaya sobre los orígenes: “Yo dictaba cursos para la formación de cuidadores domiciliarios desde 2005, a partir de iniciativas articuladas entre la Facultad de Psicología de la UNMDP y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. En 2009 se implementó un curso entre el Ministerio y la Municipalidad de General Pueyrredón para beneficiarias de planes sociales, para capacitarlas para una salida laboral. Y cuando finalizó ese año, decidimos formar un grupo para conformar una cooperativa. No conocíamos ninguna otra en ningún lugar, pero eso no nos achicó, al contrario. Tuvimos el importante aporte de una de las cuidadoras iniciales que era del movimiento cooperativo y una referente para todas por su experiencia Elsa Miori. Durante nueve meses nos reunimos para afinar criterios y consolidar el grupo, y la parimos, nació sanita y crece con muy buena salud”.

Larrubia retoma la historia: “No teníamos lugar, nos reuníamos en la plaza y luego en el garaje de una compañera, hasta que la Municipalidad nos prestó una oficina y el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos también”.

Diez mujeres, ocho cuidadoras, una psicóloga y una trabajadora social, conformaron la comisión directiva fundadora. Es la única cooperativa donde las profesionales no son asesoras externas, sino que son parte constitutiva. El grupo entendió desde el inicio como muy conveniente tener una plena integración entre el conocimiento popular y el académico. Eso les ha dado una gran fortaleza, convirtiéndose en la cooperativa de trabajo más importante del país en la temática.

“Yo creo que nuestro crecimiento se dio porque fue clave darnos cuenta intuitivamente de los perfiles personales para la realización de cada tarea organizativa. En el 2012 éramos sesenta, y en el 2014, ochenta cuidadoras y con sede propia alquilada”, amplia Larrubia. “Mantuvimos el grupo los siguientes años hasta que vino la pandemia y se nos complicó. Por un lado porque nosotras asistimos a personas que en su mayoría tienen más de ochenta años. Y convivimos con la enfermedad y con la muerte. Pero la cosa fue más dura cuando se nos murieron dos compañeras por covid. Un problema que tuvimos fue que el Estado no nos reconoce como personal de salud, y eso impidió nuestra vacunación temprana. Pero nunca detuvimos el servicio, atendimos igual, siguiendo todos los protocolos que se iban implementando. También con el encierro se modificaron las dinámicas familiares y eso afectó la relación laboral. Disminuyó el trabajo. Y al final, la pandemia nos aplanó. Porque de alguna manera todos aprendimos a valorar más la vida, y muchas cuidadoras ya no quieren trabajar los fines de semana. No solo ha mejorado la calidad de vida de las personas que atendemos, sino también la nuestra. Eso es muy bueno, pero nos ha complicado un poco como organización”.

Les pregunto sobre la actualidad del emprendimiento: “Somos noventa y ocho cuidadoras, más del ochenta por ciento somos mujeres que asistimos a unas setenta y cinco familias. Queremos crecer en asociados, pero acompasadamente, porque se trata de seguir brindando un servicio de calidad. Por otra parte, es muy difícil la relación con las obras sociales. No tenemos espalda financiera para sostenernos sin cobrar mes a mes. Por eso, preferimos que nos contraten en forma particular y que cada familia tramite los reintegros”.

Se las nota muy entusiasmadas con sus logros: “Las asociadas definen colectivamente los honorarios y los criterios de trabajo, tanto en los casas de familia como en el consejo de administración. Actualmente somos catorce las asociadas que trabajamos en la sede, afectadas en la contratación, la administración, el acompañamiento a las familias, los reemplazos, la difusión, la facturación y muchas otras cosas más. Porque tenemos un enfoque ligado a la prevención en salud mental. Acompañamos psicológicamente a nuestras asociadas en formatos grupales e individuales. Hemos implementado fondos especiales para hacer frente a diversas contingencias y les proveemos de indumentaria y equipamiento en la atención. Hasta seguro de vida tenemos”.

Me surge de la inquietud de cómo las contratan: “Nos relacionamos mucho con las familias, ellas saben que no contratan a una persona aislada sino a una organización seria y consolidada. Nunca se van a quedar sin cuidadora, aunque ésta se enferme. También participamos activamente del movimiento cooperativo, integramos la Fecotra. Damos un curso anual para formar cuidadoras porque en nuestra ciudad no se llega a satisfacer la demanda”.

Les pregunto sobre el futuro del oficio: “Somos cada vez más necesarias. En todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires hacen falta cuidadoras domiciliarias, porque la expectativa de vida aumenta. Hay iniciativas similares a la nuestra en Azul, Olavarría, Tres Lomas y otras localidades, en muchos casos asociadas a las históricas cooperativas de servicios públicos que levantaron los pueblos décadas atrás. Nosotros solemos viajar y las asesoramos, les contamos nuestras dificultades y nuestros logros”.

Es más conveniente cuidar a una persona mayor en una casa que en un hogar, sea público o privado, aunque en algunos casos este último represente un buen negocio para algunos. Mar del Plata es un enclave gerontológico, que no disminuirá en los próximos años.

Larrubia y Scolni se complementan para hablar más implicadamente: “Siempre decimos que nosotros tenemos dos camisetas puestas: la de ser cuidadoras domiciliarias y la de ser asociadas a la cooperativa, y no se pueden escindir. A veces pienso que cuidamos porque alguna vez no nos cuidaron, y que lo hemos resignificado brindando lo que quizás no hemos tenido en nuestras vidas. Pero yo creo que cuidamos porque nos gusta mucho lo que hacemos. O en todo caso, podemos mirar más hacia el futuro: cuidamos para que cuando lo necesitemos -y espero que sea dentro de un buen tiempo- nos cuiden a nosotras”.