Edward Hirsch y su libro Gabriel: un poema
“No soportaba la idea de que Gabriel pudiera ser olvidado”
El poeta estadounidense, director de la Fundación Guggenheim, señala que esa necesidad de memoria fue el impulso principal para que se convirtiera en biógrafo de su hijo, fallecido en 2011 a los 22 años, víctima de una sobredosis.
Hirsch se presentó en Buenos Aires en el marco de la Serie de Lecturas Frost.Hirsch se presentó en Buenos Aires en el marco de la Serie de Lecturas Frost.Hirsch se presentó en Buenos Aires en el marco de la Serie de Lecturas Frost.Hirsch se presentó en Buenos Aires en el marco de la Serie de Lecturas Frost.Hirsch se presentó en Buenos Aires en el marco de la Serie de Lecturas Frost.
Hirsch se presentó en Buenos Aires en el marco de la Serie de Lecturas Frost. 
Imagen: Leandro Teysseire

El poeta no llora, pero se acuerda de la muerte de su único hijo, ese niño descarriado y alocado, por una sobredosis a los 22 años, el sábado 27 de agosto de 2011. “El director de la funeraria abrió el féretro/ Y ahí estaba él solo/ De la cintura para arriba/ Me asomé a ver su rostro/ Y por un instante me desconcerté/ Ya que eso no era Gabriel/ Era tan sólo un pobre niño/ Y su rostro era como un cuarto recién vaciado”. La escena inicial de Gabriel: un poema de Edward Hirsch, notable edición bilingüe de la editorial Zindo & Gafuri con traducción de Pedro Serrano, es tan desgarradora que la forma de esta elegía, esos tercetos no rimados en un poema sin puntuación, es un intento de poner un poco de “orden” al caos emocional que le sobreviene a ese padre sin consuelo. “Yo no sabía que el trabajo del duelo/ Es como cargar un saco de cemento/ Cuesta arriba en la noche/ No se puede ver la cumbre/ Porque no hay ninguna cumbre/ Pobre aflicción de Sísifo/ Yo no sabía que iba a luchar/ entre andrajosos matorrales/ Sin camino hacia arriba/ Porque no hay camino/ Sólo hay una tosca roca/ Con un río en donde caer”. El poeta estadounidense, director de la Fundación Guggenheim, se presentó por primera vez en Buenos Aires en el marco de la Serie de Lecturas Frost, junto a la escritora María Negroni, directora de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref).

La voz herida de Hirsch, como en el borde de una disfonía crónica, saluda con curiosidad y calidez. “Todo el tiempo me pregunto que hubiera sido de la vida de Gabriel si estuviera vivo. Hubiera sido un gran desafío, pero desearía tener ese desafío. Ahora tendría 29 años…”, dice el poeta en la entrevista con PáginaI12. Y calla. Como si el silencio fuese una forma pudorosa del llanto.  

–Gabriel: un poema se despliega como un gran poema narrativo, más cercano a la prosa poética, ¿no?

–Yo no lo describiría así. Sí es narrativo, va contando una historia en la que yo soy el biógrafo de Gabriel. Pero cada una de las secciones ya de por sí es casi un poema, cada una de las secciones tiene lírica. Yo tuve que inventar este formato para poder hacerlo, un cruce entre una secuencia de poemas y una narrativa mucho más larga. El poema está escrito en tercetos no rimados. No es simplemente una narración porque cada línea tiene su significado y los tercetos juntos también.

–¿Qué significa ser biógrafo de un hijo muerto?

–Es devastador, no sería lo apropiado de hacer, está fuera del orden natural de las cosas. Y sin embargo se vuelve una responsabilidad. En parte, Gabriel es el libro de un padre, porque voy contando la historia de Gabriel, pero desde el punto de vista del padre. No lo voy contando desde el punto de vista de Gabriel o de la madre. En ese sentido, es mucho más mi libro. 

–Sin embargo, hay momentos en que la voz de Gabriel aparece en el poema. Hay pequeñas frases en algunos de estos tercetos. El lector las descubre naturalmente porque además están marcadas por la cursiva, subrayando que eso es algo así como un testimonio: la voz del hijo que sería hablado por el padre. ¿Coincide?

–Es muy astuto lo que plantea. Para mí era muy importante que la gente se enterara cómo era Gabriel. Y se lo escucha a él muchas veces, incluso a través de mí, porque él era muy impulsivo, extremadamente espontáneo, muy gracioso, alocado… Entonces intenté capturar cómo era él, desde su conducta y a través de las cosas que él decía y que muchas veces llego a citar. Cuando digo que es el libro de un padre, digo que este es mi portarretratos de Gabriel. Pero quería que fuera bien preciso para que el lector llegara a conocer quién es él. Eso para mí era lo más importante. No soportaba la idea de que Gabriel pudiera ser olvidado. Ese es el impulso principal por el cual el padre se vuelve biógrafo.

–El poema es muy devastador por la historia que cuenta. Pero hay un dolor contenido, porque si se desbarrancaba por el sufrimiento quizá hubiera sido imposible escribir el poema.

–No es un diario sobre el dolor, sobre el sufrimiento, sino que es un libro de poemas. Eso ayuda a tomar cierta distancia. Hay una parte en el libro donde hay un coro que dice que otros poetas también han perdido a sus hijos, como (Rainer Maria) Rilke, (Anna) Ajmátova, (Marina) Tzvetaieva, (Stéphane) Mallarmé y otros poetas menos conocidos; es como un catálogo de poetas que han perdido a sus hijos que me va alejando de la historia de Gabriel para pensar cómo los distintos poetas han enfrentado su dolor. Quería llegar a contar la historia de Gabriel sin llegar a sugerir que soy la única persona a la que le ha pasado esto alguna vez.

–En una entrevista usted dijo que la poesía tendría que ser más accesible. La forma que encontró en Gabriel: un poema, ¿hace que su poesía sea más accesible?

–No creo que sea la forma en particular, sino la manera en que se usa la forma. Me parece que este poema es muy claro, aunque no tiene puntuación, y los tercetos le dan la posibilidad al lector de acelerar la lectura o desacelerarla. El libro tiene su propia fuerza, como que va impulsando hacia adelante, pero las secciones le dan al lector la posibilidad de hacer una pausa. Pero tenés razón que el objetivo principal es que fuera claro, que no fuera nada obtuso que ocultara nada. Por eso es que comienza en la casa funeraria y no es ningún truco. Desde el principio ya se sabe que el joven ha muerto. Y que el dolor está presente. Más adelante, a lo largo del libro, uno se va enterando cómo murió el joven.

–Ese comienzo en que abren el féretro y el padre sabe que es su hijo pero no lo reconoce, ¿fue el punto de partida de la escritura del poema?

–No. El orden en que se lee el libro no es el orden en que lo escribí. Empecé escribiendo recuerdos y a partir de ahí busqué descifrar qué forma le iba a dar para que pudiera fluir. Creo que se siente de alguna manera cronológico, pero a medida que iba escribiendo me iba encontrando con algunos problemas “poéticos”, si se los puede llamar así. Te doy un ejemplo de lo que sería un problema en la vida y un problema en la poesía. Tenía el problema de que Gabriel pasó por muchas escuelas distintas, iba a una escuela y lo echaban. Iba a otra escuela y lo echaban. Así que tuve que encontrar la manera de cómo manejar eso dentro del poema. Todo eso lo incluí en una única sección, como si fuera una especie de blues, como si fuera cantando los blues de la escuela primaria. Todas las escuelas están en esa misma sección. A partir de ahí ya vuelvo al orden cronológico en el que se fue desarrollando el poema. Espero que mientras se vaya leyendo se sienta orgánico. Pero la escritura del poema no salió de manera intuitiva, sino que fue sumamente calculado. Creo que no habla bien de mí como persona, pero habla de mí como poeta.

–Hay un momento en que se cuestiona y se pregunta si ha sido un buen padre. ¿Cómo fue la experiencia de escribir un poema en el que usted también se pone en el banquillo de los acusados, en cierto sentido?

–La idea no era presentarme como una figura de padre positiva. Uno de los hilos que se sigue es el poeta que es padre y están las lealtades divididas del poeta como padre. La idea no es presentarme bien o aparentar de alguna manera ser bueno, sino tratar de encontrar la manera de contar una verdad difícil.

–En Gabriel: un poema aparece la tensión entre la vida y la obra literaria. El hijo está del  lado de la vida y usted es a la vez un poeta que está escribiendo un poema, que es la biografía de su hijo. ¿La tensión entre vida y obra no se resuelve?

–Tal vez para algunos sí se resuelva. Pero no estoy seguro... Creo que se podría llegar a vivir una vida más integrada. Rilke es el caso más extremo del poeta que se sustrae por completo de la vida. Lo puedo premiar como el peor padre dentro de la poesía, aunque es un gran poeta. Por ejemplo, cuando escribía las Elegías de Duino no fue a la boda de su hija y en mi poema yo lo llamo “tarado”. Pero cuando yo era joven era como Rilke. Sólo recién cuando tuve un hijo empecé a sentir realmente la división.

–Más allá del síndrome de Tourette y sus distintos desórdenes, más allá de la medicación que tomaba, hay un enigma que permanece en el poema: ¿Por qué Gabriel era un chico tan difícil, tan complicado?

–Nunca tuvimos un buen diagnóstico. Su diagnóstico es una falta de diagnóstico. Es un trastorno del desarrollo que no está especificado. Había parte de sus funciones cerebrales que no estaban bien. Y nadie sabía por qué exactamente. Gabriel fue adoptado o sea que hay distintas teorías sobre sus padres y tal vez tenga que ver también con cómo lo criamos. Pero no lo sé… Socialmente nunca pudo adaptarse. 

–¿Es la primera vez que escribe una poesía tan próxima a su propia  vida, tan cercana a una experiencia extrema como la muerte de un hijo?

–Sí, he escrito cosas muy personales antes, pero nunca nada tan extremo. Es muy distinto estar escribiendo algo sobre tus padres, sobre una amante o sobre un adulto con el que estuviste relacionado. Escribir sobre un hijo es distinto. Probablemente ya sabrás que la madre de Gabriel estaba completamente en contra de publicar este poema. A ella el poema le encanta, pero creía que la historia tenía que ser algo privado. Esa es su postura, pero no la mía. Sentí que no tenía otra opción. Soy poeta, ¿qué más podía hacer?

–¿Desde cuándo puede decir “soy poeta”?

–En la escuela secundaria escribía sobre mis sentimientos. En los primeros años de la universidad le presenté mis poemas a una profesora y ella me dijo: “podrías ser poeta, tenés imaginación y tenés sentimientos, pero estos no son poemas, porque no hiciste nada, no trataste de crear algo formalmente, tenés que tratar de darle una forma a tus sentimientos para que se conviertan en algo que puedan vivir en una página”. Pensé que esto era realmente noble: tratar de transformar los sentimientos y convertirlos en algo que pudiera vivir en una página. Ahí empecé a estudiar poesía y a imitar lo que leía. Y traté de convertirme en un poeta. Cuando llegué al último año en la universidad, tomé la decisión. Siento como si hubiera sido una persona que se estaba ahogando y vi el bote salvavidas que pasaba frente a mí en el agua. Ese bote salvavidas era la poesía. 

–¿Cuáles eran esos primeros textos que intentaba imitar? ¿De qué poetas?

–Gerard Manley Hopkins, un poeta inglés del renacimiento… Te cuento una buena historia. Para cuando llegué a aprender mucho de poesía en la universidad y empecé a comprender bien el modernis-        mo me desalentaban muchísimo T.S.Eliot y Ezra Pound por su frialdad. Empecé a buscar alternativas, algo que fuera del mismo nivel de inteligencia, moderno y más apasionado. Y ahí encontré distintos poetas de España y América Latina traducidos, a los poetas de la Guerra Civil Española, a (Federico) García Lorca y Miguel Hernández; y de América Latina a Pablo Neruda y César Vallejo. Me gusta el surrealismo, el alto nivel intelectual y esa fiebre emocional.

–Cuando en el poema se menciona la hora en que murió Gabriel, a las 6.08, de pronto apareció “era las cinco de la tarde”, el verso del poema que escribió Lorca cuando murió su amigo entrañable, el torero Ignacio Sánchez Mejía.

–¡Me encanta ese poema! Lo robé por completo (risas). La idea viene del poema de Lorca. En el poema de Lorca es algo que se sigue repitiendo. Quería que mi poema se rehusara a aceptar los consuelos que se tratan de dar, porque mi poema es inconsolable. Desde que publiqué el libro pasó algo que realmente no esperaba. Mi poema se ha encontrado con muchas personas que han tenido pérdidas inaceptables.

–¿Cómo está viviendo como   poeta la presidencia de Donald Trump?

–Con la misma dificultad con la que lo vive cualquier persona. Todos los que conozco estamos en shock. Ante todo como ciudadano creo que más importante ahora más que nunca que hablemos en nombre de la democracia. Este no es un problema solo de Estados Unidos. Este movimiento de los nacionalismos populistas es peligroso y tenemos problemas serios para tratar de enfrentarlo y para poder tener democracias liberales y no regímenes fascistas. Trump nos está demostrando algo de Estados Unidos: la democracia está en riesgo y hace falta defenderla. La democracia es mucho más frágil de lo que nosotros creíamos; por eso tenemos que unirnos a favor de valores progresistas y humanos, porque hay muchísimo en riesgo. Todos tenemos que estar involucrados en la lucha.

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