Como en el clásico teatral del siglo pasado, la República Argentina se estremece estos días esperando la carroza, que es la espera de la muerte o acaso la resurrección de las cenizas.

Ese viejo dilema parece renovarse ahora en un contexto atroz en el que mientras el planeta entero parece suicidarse sin prisa pero sin pausa, este país que la inmensa mayoría de l@s argentinos amamos se debate en medio de horribles vientos y funestos presagios que nos afectan, acosan y desesperan. Y no sólo aquí, porque la descomposición es mundial, pero también aquí.

Como denunció la semana pasada la directora de UNICEF, Catherine Russell, hay en Palestina 600.000 niños en Rafah, al sur de Gaza, y todos heridos, enfermos o desnutridos mientras gran parte de la población es obligada por el ejército israelí a desplazarse hacia el Sur, donde según esa alta funcionaria "en más de 200 días de guerra ya se ha matado y mutilado a decenas de miles de niños".