Medios y comunicación
¿En Cambiemos leen a Gramsci?
María Graciela Rodríguez, teniendo adelante textos de Antonio Gramsci y a la luz de la situación político-cultural actual en la Argentina, desafía a pensar si Marcos Peña o Jaime Durán Barba no podrían ser lectores del filósofo y político italiano.

Un libro imprescindible llegó a mi mesa de trabajo. Se trata de Estudios Culturales 1983. Una historia teorética, publicado por Paidós este mismo año y que compendía ocho conferencias que Stuart Hall dio en la Universidad de Illinois en 1983 en el marco de un simposio titulado “El marxismo y la interpretación de la cultura: límites, fronteras, contornos”.

Detenida en el capítulo 7, “Dominación y hegemonía”, me entretuve tratando de extrapolar lo que tan brillantemente Hall nos compila de los escritos de Antonio Gramsci a la situación político-cultural de la Argentina actual. Y me pregunté, honestamente, si los “Cuadernos de la cárcel” no estarán en la mesita de luz de Marcos Peña, o en el escritorio de Jaime Durán Barba. Tanta es la congruencia.

Dice Hall, por ejemplo, que “el establecimiento real de la dominación en la hegemonía se produce cuando se tiene la capacidad de contener, educar y remodelar activamente a las fuerzas opositoras, de mantenerlas en sus lugares subordinados. Lo que Gramsci enfatiza en la hegemonía es más el trabajo de subordinación que el logro de una incorporación total” (pp. 221). Esto tiene asidero en la manera en que la alianza Cambiemos ha movilizado, y colonizado, los elementos simbólicos de la sociedad que están permitiendo no solo ampliar el consentimiento sino también, y más aún, el reconocimiento popular respecto del liderazgo político, económico y cultural del bloque de poder. Lo que significa no solo consentir la subordinación sino además reconocer que “saben lo que hacen” y que por lo tanto hay que darles crédito.

Acostumbrados a leer a Gramsci en clave de la posibilidad de disputar las dinámicas hegemónicas desde posiciones desfavorables, muchas veces se pierde de vista aquello que los actuales “Ceos” parecería que aprendieron mejor que las fuerzas progresistas: que “una política hegemónica opera en los aparatos culturales, en el discurso de los lenguajes morales, en la lucha económica, en el espacio político (…) La victoria es apoderarse del equilibrio de poder en cada uno de esos frentes de batalla. Es comandar el equilibrio de las fuerzas políticas, sociales e ideológicas en cada punto de la formación social” (pp. 231). Una lección que la alianza Cambiemos parece comprender a la perfección, si observamos la remodelación de la formación social y su puesta en sintonía “con aquellas formas de práctica social y política y de representación ideológica que son las condiciones para una tarea histórica nueva, para el desarrollo de algo diferente o para que el poder pueda sortear una crisis” (pp. 225).

En 1983, Hall hablaba del thatcherismo; y describía el modo en que su gobierno había operado sobre las formas morales del pensamiento popular, para “invertir las tendencias históricas y dar un nuevo sentido al sentido común (…) insertarse en los poros de la conciencia práctica de los seres humanos” (pp. 232). Pero, asimismo, unos años antes, en el umbral de los cambios que llevarían a Gran Bretaña al populismo de mercado de la Thatcher, ya había señalado que, dado que la hegemonía es siempre provisoria, una vez que pasa la coyuntura favorable hay que pensarlo todo de nuevo. “We loose because we loose because we loose”, decía poéticamente. Y aunque le hablaba a la izquierda como buen socialista y nada peronista que era, todos debemos considerarnos hoy sus interlocutores, sin banderías. Es necesario redefinir los términos de nuestras intervenciones políticas, académicas y/o militantes.

El lenguaje del sentido común está cambiando, si no ha cambiado ya, a velocidades sorprendentes, a un ritmo de miedo. La dimensión de la cultura entendida como la organización simbólica de la experiencia (en su unidad de prácticas y representaciones), está siendo objeto focal de modificaciones, y letalmente transformada. ¿Cuánto tardaremos en cambiar sus puntos nodales otra vez? ¿Cómo rearticular los lenguajes, todos los lenguajes, el académico, el político, el económico en pos de un proyecto nacional y popular? 

El libro de Hall tiene una vigencia que sorprende. Y también debería iluminar el (nuestro) futuro.

* Doctora en Ciencias Sociales. Docente Unsam-UBA.