La denuncia a los traidores siempre es importante, aunque no sirva de nada. Como sucede hoy, cuando todo se reduce a posteos en las redes dizque “sociales” para difundir alarmas, chimentos, lamentaciones, mentirillas y repudios a las basuras llamadas trolls.

Asombra que no acaben tantas tonterías en tropel, que no conducen a nada. Pero ahí van todos y todas, como con bronca y junando, alarmados por lo que ya se vino y lo que se viene y lo que vendrá.

Así la astuta y violenta represión del jueves 12 en los alrededores del Congreso dejó secuelas y cumplió su perverso propósito: atemorizar a protestantes y amenazar al público en general, o sea la sociedad, que ya es víctima de la inminente pérdida de todo: laburo, sustento, educación, libertad y esperanzas, por lo menos.

Ese público ahora, y en medio de lógicos reclamos de libertad a las víctimas de la violencia neo-montonera, está entre paralizado y en alerta amarilla porque la esperanza está flaca, el dinero se degrada y no alcanza, y la porquería gobierna, legisla, miente y ahora además encarcela.

El problema no es menor, y el desconcierto popular de súbito empezó a engordar a partir de la violencia represiva del jueves pasado. La República entera asistió a otra movilización extraordinaria pero que esta vez chocó con la perversa táctica de la ministra ex-guerrillera que mandó a cientos de milicos y policías minuciosamente descerebrados y sin corazón a provocar, gasear y golpear a pacíficos manifestantes que simple y democráticamente se pronunciaban en paz. Se oponían nada menos que a la pérdida de sus derechos de trabajadores y a la infame, estúpida y repugnante entrega incondicional de todos los bienes naturales de la Patria. Y entrega que encima y para colmo esta vez será, o sería, para siempre.

Pero eso, asombrosamente, no es lo peor que parece avecinarse. Esta columna ya señaló, hace varias semanas, que en toda la Historia Argentina hubo un único juicio y condena por traición a la Patria, y ése fue un caso confuso y oscuro que, jurídicamente, no sirvió para absolutamente nada.

Pero sí definió una línea conductual a repetirse per secula-seculorum: la norma no escrita pero funcionalmente definitiva de que en la República Argentina jamás se condenará a nadie por éste, máximo y repugnante delito.

Acaso por esa presunción, ahora mismo y como pueblo perplejo que descubre cuánto le duele el balazo en los pies que se autodisparó, empieza a verse con creciente claridad la repetición de esa tragedia que debería avergonzarnos como Pueblo, es decir como comunidad organizada para el bien común. No de otro modo se explica la contradicción dolorosa y absurda que confunde a las masas que en estadios y canchas futboleras muchedúmbricas canta que "Argentina no se vende - Argentina no se vende” justo cuando la están vendiendo de la manera más vil, más infame y también más astuta.

Y posiblemente siendo muchos de esos cantores, votantes del actual gobierno.

Lo cierto es que si todas las traiciones, choreos y falsas promesas de la política argentina fueron infames, ahora la sanción chueca y sucia de la dizque “Ley Bases” y del engendro llamado “RIGI” es sin dudas ­–al menos en opinión de esta columna– el acto más ominoso e infame de toda la historia constitucional de este país. Que amamos pero vemos, impotentes, adoloridos y furiosos, cómo se diluye camino a la extinción. Lo que es más grave aún en el marco de un planeta que después de un siglo y dos guerras mundiales ahora se encamina hacia la tercera y más feroz, quizás como definitiva probanza de la estupidez y maldad de que son capaces muchos ejemplares de la especie.

Por eso duele tanto reconocer que la Argentina no tiene solución si no se cambian totalmente los estilos de la política y si no se acaban de una vez y para siempre las liviandades conceptuales y la hipocresía y el cinismo de las dirigencias –todas, se diría– que predominaron por lo menos los últimos 70 años descartando patriotas decentes y limpios para encumbrar dirigencias convenencieras, frivolas y corruptas.

Obvio que en ese contexto los ya indesmentibles acuerdos de los liderazgos peronistas y radicales con Milei y la embajada (a los que siempre se les ven las costuras) están en el fondo de este debate. La firma de Wado entregando toda la riqueza del agua de la Argentina al régimen nazi que hoy gobierna en Israel; las firmas secretas de la entrega del río Paraná a las mayores corporaciones y potencias bélicas del planeta, y el desguace que se viene y parece imparable son, por lo menos, anticipos del entierro de la otrora hermosa y promisoria República Argentina, hoy en plena destrucción y desguace para beneplácito de CEOS, funcionarios, abogados, ingenieros y otros succionadores al servicio de las más grandes corporaciones del mundo, que ya se relamen ante lo que para el pueblo argentino será un horroroso desastre organizado por, y al servicio de, un presidente que si no está loco parece ser el Diablo mismo.

Lo cierto es que no asoman grandes esperanzas de que esto cambie para bien. Todo indica que en Diputados se montará otro sainete y nada hará retroceder la repugnante entrega de la Argentina, por mucho que se cante que “no se vende, la Patria no se vende”. Y nadie será juzgado ni condenado, y mucho menos en las circunstancias actuales.

A tal punto es la confusión imperante que ya hay muchos políticos –compañeros, correligionarios o camaradas– que dicen tener seguridades de que en el fondo de la actual tragedia argentina se esconderían acuerdos secretos entre el kirchnerismo y Milei, con bendición de "la embajada". Lo que, si es cierto, un día se confirmará para dolor y constancia de la escena final de la tragedia argentina. Pero por ahora no habría pruebas, aunque imponen dudas algunas designaciones, todas las cuales habrían sido ya conformadas con el peronismo. Lo cierto es que cada día llama más la atención el silencio ya estruendoso de las principales dirigencias del PJ.

Grave y triste es redactar todo esto, desde ya, pero más doloroso y cierto es que el pueblo argentino ha perdido y sigue perdiendo todas las batallas y en el campo político también, además del económico. Y las seguirá perdiendo si las bases no reaccionan y fuerzan cambios urgentes.

El régimen mileista necesita desacreditar las manifestaciones, porque es a lo único que teme: al pueblo en las calles. Por eso radicaliza discursos, inventa "terroristas" y hasta consiente la estupidez de que se intentó un golpe de Estado.

Y si para colmo todo es más peligroso porque sobran indicios del peligro de una 3ª guerra mundial ahora nuclear, lo cierto es que de esto sólo se sale con verdad, por más que duela. Por eso es creciente la sospecha de que habría un pacto muy oscuro entre oficialismo y oposición. Y cierto o no, cabe admitir que el desastre también se debe a que la Argentina padece de una gran corrupción estructural, de la cual son parte y tradición todos los hasta ahora mayoritarios partidos políticos, y desde luego el que hoy gobierna, que no consigue ocultar podredumbres.

Sombrías nubes se ciernen sobre la Patria traicionada a varias manos. Y es muy improbable que suceda la única cosa buena que podría hacer por la Patria el Sr. Milei. Renunciar cuanto antes. @