Ni los museos ni la gastronomía ni el nivel educativo ni mucho menos los lugares turísticos definen la cultura de un país. Si lo que se quiere es conocer el latir social y cultural de una sociedad a la que se llega, uno de los métodos más eficaces para tal fin es encender el televisor y sintonizar alguno de los canales de TV abierta. Los canales de aire suelen ser los que con mayor precisión reflejan la sociedad que habitan. Tal vez ya no lo hace -como antaño- en su esencia, en su dimensión más profunda, pero bien puede pensarse a la TV abierta como un reflejo instantáneo, en presente continuo, de lo que sucede en un momento determinado. Ningún otro medio cuenta con esa virtud. Mucho más desde que la pantalla chica se volvió una suerte de gigantesco programa ómnibus, lleno de periodistas y panelistas, que se transmite “en vivo” y ad infinitum entre todos los canales.

Si se conviene con esta teoría de dudosa sustancia científica pero de indudable verificación práctica, se puede concluir que los canales de aire siempre brindan un pantallazo cercano a la sociedad. Sea por causa o efecto, existe cierta relación entre lo que la pantalla chica transmite y lo que pasa en la calle. Hace tres décadas, cuando no existían ni los servicios de streaming ni las redes sociales ni los teléfonos móviles o televisores inteligentes, ese espejo probablemente era aún más certero que el actual, plagado de audiencias dispersas y ultrasegmentadas. Sin embargo, el antiguo y querido aparato de televisión sigue siendo una referencia cotidiana: el 91 por ciento de los argentinos afirmó usarla cotidianamente, junto al teléfono móvil, según el informe “Inside Video 2024”, realizado por Kantar Ibope Media con información recolectada durante el último año.

Así, bien se podría recordar que la pantalla chica local durante el menemismo fue un reflejo de la cultura de la “pizza con champagne” y el 1 a 1. Fue una TV que se ofertó como vidriera para la ostentación de entonces: Susana Giménez entregaba millones de dólares en premios, la frivolidad se instaló con el surgimiento de los programas de chimentos, el comienzo de Showmatch le dio rienda suelta a la cultura machista y seductora que bajaba desde el poder, y la fantasía de la paridad cambiaría permitió grandes producciones, estrellas mundiales pisando suelo argentino y hasta noticieros saliendo en vivo desde los Mundiales de Fútbol de Estados Unidos y Francia. Las consecuencias sociales devastadoras del modelo menemista y las privatizaciones apenas si encontraron espacio en los recordados programas de Fabián Polosecki, como El otro lado y El visitante.

Imagen: NA.

El estallido de esa burbuja tuvo una consecuencia brutal: la crisis social que implosionó en 2001. Y la TV -con sus bemoles- ahí estuvo para retratarla. Lo hizo a través de los noticieros y programas periodísticos de denuncia (Telenoche investiga, Día D, Periodistas) y de ciclos documentales como Ser urbano o Humanos en el camino, que empezaron a darle voz a la gente que había quedado afuera del sistema y a cuestionar formas de hacer política que hasta hace unos años se celebraban. La producción de telenovelas con anclaje social -Montecristo, Vidas robadas, Resistiré- fue también otra manera en que la pantalla chica comprendió el contexto social en el que estaba sumergida. En ese entonces se produjo la llegada de Gran Hermano, publicitado como un fenómeno sociocultural comercial que anticipó la exposición en redes sociales y cámaras de seguridad.

En la segunda década del siglo XXI, la pantalla mostró las consecuencias económicas de un modelo televisivo y social en crisis. Los problemas económicos, los abruptos cambios de modelos políticos y el auge tecnológico de las plataformas que sufrió el período 2010-2020 fue un coctel que redefinió a la pantalla chica, la cual se ajustó tanto como la misma ciudadanía. La patria panelista inundó la TV abierta, las ficciones perdieron su brillo y se ataron a fórmulas perimidas, y el pensamiento crítico y la razón argumentativa empezaron a flaquear. La búsqueda del impacto se impuso.

La TV abierta actual, entonces, también refleja una sociedad. Se percibe una pantalla chica precarizada, con problemas económicos y con un alto nivel de violencia, que se expresa en el ciclo de mayor audiencia como Gran Hermano, hasta en aquellos que analizan o informan sobre la realidad. Una TV que masificó la descalificación y hasta el insulto en contraposición al argumento de ideas, que termina erosionando el debate público, cada vez más desgastado y desnutrido. Un discurso violento que encuentra en el más alto representante del gobierno a uno de sus más fervientes impulsores, avalando con su práctica cotidiana el insulto, el grito, la celebración del dolor ajeno y la denigración al que no piensa como él.

No es casualidad, entonces, que Juliana “Furia” Scaglione, la participante de Gran Hermano que ayer abandonó la casa, sea el personaje del año más popular de la pantalla chica. Al fin y al cabo, Furia representa el espíritu de estos tiempos: individualista, sin mostrar capacidad de tener empatía con los otros, hizo de la violencia la única manera de imponer sus ideas, incluso sin escatimar momentos de crueldad (llegó a patear al perro). Una “jugadora” que fue avalada con su voto por la audiencia durante meses, pero a la que ayer le dijo “basta” y la expulsó de la casa. Una muestra de que los discursos violentos también encuentran un límite entre la ciudadanía.

La salida de Furia de la casa de Gran Hermano fue tan violenta como su estadía en el programa. Al momento de despedirse de sus compañeros, la participante no dudó en endilgarles a “los Bros” el calificativo de “asquerosos” y acusarlos de ser la “misma mierda de siempre”. “Gracias por ser unos falsos fallutos”, les lanzó antes de salir de la casa. Todo transmitido en directo por Telefe, con una rating de más de 21 puntos, en la noche de mayor audiencia en mucho tiempo. La consecuencia fue inevitable: afuera del estudio en el que se realiza en reality show, los fanáticos de Furia provocaron destrozos y arrojaron piedras a exparticipantes y a sus seguidores. Una situación que recién se controló cuando tres móviles policiales se hicieron presentes.

Es sabido: ni la brutalidad ni la violencia ni la falta de empatía nacen de un repollo.