En 1998 tenía 18 años y terror de la posibilidad de ser gay. Todos me decían que era puto y tallaban en mí la vergüenza de una palabra a la que llenaban de estigma. Yo no quería ser eso que ellos me decían. Era también mi último año del secundario, hervía el viaje de egresados, la urgencia por “debutar” sexualmente y de a poco había que ir terminando de endurecer los restos de infancia blanda que quedaban a golpe de mandato macho.

En ese momento hacía ocho años que la Organización Mundial de la Salud había quitado la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales, faltaban doce años para que se aprobara el Matrimonio Igualitario y en el programa más visto de la televisión argentina, VideoMatch, el chiste eran las travas y los trolos. Mi Educación Sexual Integral fue Leo Rosenwasser en su sketch en el que “se hacía el gay” y le gritaba a un panadero. En el barrio un vecino hetero, padre de familia y “muy macho”, moría de un cáncer “raro” con su cuerpo lleno de sarcomas de kaposi. Sida y VIH eran lo mismo, no en concepto, pero sí en silencio. Mientras tanto yo intentaba aprenderme la coreografía de las sillas del tema de los BackStreet Boys “As Long As You Love Me” y entraba a trabajar en McDonald´s.

En mi colegio había una sola marica. Dos a lo sumo. Jamás las defendí. No las cuidé de nada, ni siquiera de mis carcajadas. Si yo mantenía la distancia con ellas, si no las reconocía como pares, quizás yo podía no ser puto. Cuando entré a trabajar fue el primer pie fuera del útero. Cocinando hamburguesas comencé un camino a la adultez que me hizo descubrir tanta gente como colores, historias, voces, lágrimas y risas. Y las maricas seguían siendo algo pintoresco, en mis entornos no se hablaba de derechos.

Durante años ir a bailar era el mismo ritual: emborracharse hasta quedar a dos sorbos del blackout y chapar con cuánta piba se cope. Todo era una performance para agradar, si alguien me hubiese sentado frente a un espejo y me hubiese preguntado quién era hubiese narrado cosas que no tenían nada que ver conmigo, solo hubiese enumerado mis intentos por encajar. En esos años, junio no significaba orgullo sino vacaciones de invierno y más niños en la ciudad. El PRIDE acá todavía no era orgullo. Recién en 1992, cuando yo estaba en 6to grado, se realizó la primera marcha gay lésbica del país en pleno invierno. No lo ví en la tele, y no sé qué hubiese dicho mi familia si veía a “los trolebuses” reclamando derechos. Todavía no comprendía el gesto político que era poder cambiar de canal mientras la gente LGBT+ era asesinada, o moría por desidia de los Estados.

Un día me fui de casa y no volví a mirar atrás. Me fui de mi barrio también sin mirar atrás. Dejé afectos inconclusos, dejé charlas que la muerte evitó, quedaron armarios con mis libros y juguetes, intactos esperando que algún día vuelva el hijo pródigo que nunca fui. Demolieron los boliches dónde intenté no ser puto y cerraron los bares dónde intenté mis primeras citas con amigas.

Mi salida del clóset fue más bien un striptease dónde me fui quitando una a una las máscaras y prejuicios. Porque incluso cuando pensaba que ya estaba fuera de esos clósets me daba cuenta que había más por revelar de mi identidad. Fue un largo camino hacia el orgullo, primero tenía que ser yo. Hasta ese momento “puto” era algo moldeado por el afuera, tuve que abrazar primero el ser gay, después marica, para llegar a ser este regio trolo que soy hoy en día, uno que se define en relación a sus afectos, a sus ideas y preguntas, hoy empiezo a ser uno con rubíes en cada herida abierta y abrazos en las lágrimas. Soy parte de una familia que elijo cada día. Y también soy incompleto, para dejar siempre más espacio para lo que vendrá.

El fuego combativo nació de la urgencia. Cuando fui diagnosticado VIH+ nunca me propuse ser activista. Por torpeza y desconocimiento hablé del tema y me encontré con la invisibilización. Poco a poco empecé a conocer de derechos, medicación, urgencias, faltantes, leyes y el trabajo en red. Día a día, pastilla a pastilla, me fui cada día pareciendo más a mí.

Pasaron 25 años desde que dejé de trabajar en McDonald´s y ahora me volvieron a contratar. Esta vez para hacer la curaduría de contenidos LGBT+ en campañas que van más allá de junio. Me encuentro a la madrugada leyendo los manuales de diversidad que Lucas de 1998 hubiese necesitado para animarse a preguntarse quién era, para entender que la palabra que lo defina no iba a venir de afuera, sino de ese adentro que había dejado en stand by. 

Conozco empleados LGBT+ contando su historia y me hace saber que están en un mundo un poco mejor, pero en el que queda muchísimo por hacer. Entonces es en este mes del orgullo que nos toca recorrer ese arco iris y usarlo para trenzarnos con los espacios que estén dispuestos a dar los debates necesarios, a bancarse las incomodidades, que les compartamos nuestras visiones del mundo y urgencias, que hagamos en espacios de solidaridad, duda y acción colectiva.

También por estos días llamaron a nuestra escena de Ballroom de esa ciudad de la que me fui. Nos invitan para estar en su marcha del orgullo de noviembre. Y voy a volver y bailar como el trolo que fui toda la vida y ahora puedo abrazar. Estoy volviendo a los lugares que habité siendo otro, con mi cara, menos pelo y más arrugas, algunas cicatrices en la piel pero más en la biografía. Estoy volviendo no para vengarme sino para entender que la sanación es colectiva, que cuando baile en la marcha en el público estarán mis amigas del secundario, con sus hijxs, con infancias que van a tener otras oportunidades y también desafíos.

Existimos siempre, algunos pudieron expresarse y pagaron el precio, otras creyeron ser lo que les habían dicho y se perdieron, varies tardamos mucho en empezar a saber quién y qué éramos y perdimos años y vida en ese camino. Entonces, ¿qué nos deja otro mes del orgullo que se va? Es temporada de siembra, es momento de interpelar a quienes usan el arco iris, de preguntarles cuánto es su compromiso, qué hacen, de mostrar los dientes, sea para gruñir o sonreír pero sobre todo para avanzar hacia derechos para todas las personas. Cada vez que leo la palabra orgullo me pregunto mucho qué es eso para mí. Entonces en la cabeza siempre me suena el mismo mantra, la frase de Agrado en la película de Almodóvar Todo sobre mi madre: “Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.