Aguas(re)fuertes
¿Hasta agotar stock?
Dos obras montadas en vidrieras imponen reconsiderar  el arte como mercancía, desacomodar los cuerpos de los escaparates y concentrar los sentidos.
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80% off 

Dos pibes vendados se disputan una pelea de Mortal Kombat en una vidriera porteña. Se los puede ver desde la calle. A la pelea, proyectada sobre una pantalla, también. Una señora quiere pasar frente a la vidriera pero no se anima. Duda, avanza, recula y, finalmente, pregunta: “¿Puedo pasar?”. Por unos segundos la tensión rompe la escena –¿o la crea?– y el arte sale de la vidriera o la performance excede los límites de su propio sitio para expandirse en otro radio de acción. Los espectadores –algunos que han ido especialmente, muchos más que se encuentran con la situación y ralentizan el paso– le dicen que sí, que pase.

La escena se repite varias veces esta tarde. Unos minutos después, tres chicas se cambian dentro de la vidriera como si se prepararan para una fiesta de 15 –quizás la suya– y son observadas por unos pocos transeúntes. Un chico pasa en bicicleta una y otra vez por la vidriera y saluda. Ellas le sonríen.

80% off es una propuesta voyeur. Los que pasen por la vidriera lindera al Camarín de las Musas, en Mario Bravo y Córdoba, sentirán al menos la curiosidad de lo que irrumpe sobre la normalidad. Muchos miran y siguen. Cada martes entre 18.30 y 22.30 se suceden varias performances en un ciclo organizado por Verónica Dragui. Una pregunta los regula: ¿cuánto vale el arte para vos? Hay dos urnas a los costados. Es uno más de los cientos de espectáculos cotidianos y a la gorra en Buenos Aires.

El valor del arte como mercancía queda relegado a la sensación del espectador. El cuerpo de los artistas, como fuerza de trabajo, queda expuesto atrás del vidrio. El resultado de esa fuerza de trabajo plasmada en la obra es evidente y, sin embargo, sin el intercambio monetario, la mercadería artística será solo un sinsentido; como cualquier zapato que quedara en el escaparate sin vender.

El valor de la apuesta es sacudir al que camina, se intuye. Algo parecido a lo que promueve Inés Efrón unas cuadras “más allá”, en Honduras y Coronel Díaz, cuando borronea, en Vidriera, los límites de lo público y lo privado. Veinte artistas que convocó a exponer(se) en la vidriera de un local alquilado específicamente para la ocasión.

Buenos Aires está lleno de museos, de galerías, de estatuas, de artistas en la calle, en el subte, en cada plaza. De salas de teatro off, comercial, oficial, under y secretas. ¿Pero dónde está el arte? ¿Quién define su valor? ¿Es simbólico?

Son las diez de la noche. Cinco bailarines se mueven frenéticos frente a la vidriera de Mario Bravo. La música no se oye, pero unas diez personas miran desde la vereda el movimiento desenfrenado de cuerpos que quieren ser mercancía, ser arte que reciba su paga. A cambio, el espectador se llevará su valor simbólico, acaso conceptual: su consumo reflexivo y ocasional.

Vidriera