¿Qué nos queda?
El ataque homofóbico a Jonathan Castellari y la masculinidad recargada entendida como ejercicio del odio. Llueven golpes a la vuelta de la esquina.

“Yo soy Gustavo, juego en el equipo de rugby del Oeste. Vos sos amigo de mi amigo Martín y él me dijo que nos íbamos a ver uno de estos días para charlar de lo mío” me dijo el sábado a la noche en la puerta del Sanatorio Güemes el novio de Jonathan Castellari, mientras la marcha se desconcentraba. Gustavo jugó al rugby toda su vida y ya entrados los 20 compartió con los suyos su orientación sexual. Durante varios días no se sintió bien. Entonces Martín, nuestro conocido en común, quiso que nos reuniéramos para conversar un rato y ese encuentro no llegó a darse: la avanzada patotera que sufrió Joni las primeras horas del viernes 1º cambió los planes de todos y finalmente así nos conocimos, en las circunstancias más esperadas por quienes golpearon brutalmente a su tórtolo. ¿Las circunstancias más esperadas? Desde luego: la construcción histórica y plenamente vigente del varón parte de la latencia del golpe. Convergencia ante la divergencia: el cónclave macho, manifieste o no violencia física, acuerda pactos preexistentes. “Hombre” es el que puede pegar. Sobre todo, pegarle a quienes no considera en pie de igualdad. Quizás por eso, la remera que Jonathan no usó la noche del jueves 30 para bailotear en Glamm con su amigo Sebastián (pero que Infobae primero y un ministro del gabinete porteño después se encargaron de sostener en la web que sí había usado, colocando la prenda en el lugar del desencadenante, injustificado decían, pero por las dudas y por las operaciones, sí consignado) debería haber contenido solamente la leyenda “Hombre el que lee” antes que “Hetero” o “Puto” (porque dicho sea de paso, bien le vendría a buena parte de la heterosexualidad y a millones de hombres leer, aunque sea una remera). La cara de Joni con los golpes dispensados por los siete varones que venían de chamuyarse “minitas” en Kika, devino estampita. Durante las primeras horas no hubo fracturas públicas: repudio total. La imagen fue prueba suficiente para la indignación, el “2017 y esto sigue pasando” y otras expresiones domésticas parecidas. La ausencia total de policía, personal de seguridad privada, gendarme, prefecto o alguno de los Bullrich en la escena -no importa cuál- colaboró con la unanimidad del rechazo y acaso demoró la aparición de “méritos”: de entrada, no fue fácil para los trolls culpar al trolo. 

Con el paso de las horas, sí surgieron hipótesis varias: Joni quiso practicarle una fellatio a uno de los agresores en el baño; Joni miró con ganas a otro; Joni hizo alarde de su putez; en síntesis, Joni amenazó con un arma. Su “lanza mapuche”, su “gomera” michettista, su “pistola” o su “submarino en malas condiciones” es su homosexualidad. Mariana y Rocío, besándose en Constitución hace algunos meses, sí fueron atrapadas por oficiales, por lo que a la experiencia no fue necesario encontrarle otro argumento que el que, paradójicamente, funda la disidencia: “resistencia a la autoridad y desacato”. Esta vez costó más, pero la intentona está que arde. Gustavo, Jonathan y muchos más vamos a tener que seguir encontrándonos. Llueven los golpes y a nosotros, ¿qué nos queda? l