Un rayo misterioso
¿Es el arte un misterio o un ministerio?, volumen en el que Inés Katzenstein y Claudio Iglesias recopilaron una serie de conferencias dictadas en la Universidad Di Tella en 2015, indaga en los desafíos del arte contemporáneo, entre la creación sin límites y la profesionalización de los artistas.
Michael Jackson y Bubbles es una escultura de porcelana del artista estadounidense Jeff Koons. Fue creada en 1988 en el marco de su serie Banality.Michael Jackson y Bubbles es una escultura de porcelana del artista estadounidense Jeff Koons. Fue creada en 1988 en el marco de su serie Banality.Michael Jackson y Bubbles es una escultura de porcelana del artista estadounidense Jeff Koons. Fue creada en 1988 en el marco de su serie Banality.Michael Jackson y Bubbles es una escultura de porcelana del artista estadounidense Jeff Koons. Fue creada en 1988 en el marco de su serie Banality.Michael Jackson y Bubbles es una escultura de porcelana del artista estadounidense Jeff Koons. Fue creada en 1988 en el marco de su serie Banality.
Michael Jackson y Bubbles es una escultura de porcelana del artista estadounidense Jeff Koons. Fue creada en 1988 en el marco de su serie Banality. 

Una cosa es el arte contemporáneo y otra cosa es el sistema del arte contemporáneo. En el sistema está todo lo que no es obra. Incluida la sociabilidad, que hace que algunos artistas terminen yendo a inauguraciones y a “eventos” porque lo consideran parte de su trabajo. En el arte está lo que importa, la cosa: la capacidad de una obra de reiterar que vale la pena cierto ahogo y cierta conmoción para caer en el desprejuicio que nos haga sentir reales por un momento. Si nos ponemos sintéticos podemos decir que este libro trata sobre eso, ya desde su título indeciso: ¿Es el arte un misterio o un ministerio?: el arte contemporáneo frente a los desafíos del profesionalismo. El peligro de cualquier sistema es que se refuerce con lo que ya sabíamos y no sorprenda, nos instale en una depresión sin ética. 

El libro reúne una serie de conferencias que se dictaron en la Universidad Di Tella en 2015, organizadas por la curadora Inés Katzenstein y el ensayista Claudio Iglesias. El tema central era la relación entre arte y trabajo. Digamos: si un artista es o no un trabajador. Si el sistema del arte es o no una internacional productivista de signos y dinero. En el rincón del Misterio están el concepto de autonomía, el arte como lo único que puede estar fuera del mundo para crear nuevas maneras de ser en él, un mundo no imaginado, no proyectable, un mundo en estado de gracia. En el rincón del Ministerio están la organización, los roles, las disciplinas, el trabajo en equipo y la función social de hacer del arte un mecano más de la maquinaria, del ritmo mundial de intercambio. 

Entre los participantes y los temas discutidos hay ejemplos nacionales pero la intención cosmopolita de las jornadas nutre al volumen de la voz escrita de artistas y críticos de mundo, con laureles, millas acumuladas y posgrados que a veces valen la pena y otras veces no.  Como si el problema del encuentro también se jugase en las acreditaciones y en el modo de llevarlas a cabo de quienes participan. Alcanza con tomar nota de la importancia que se le da a los curriculums al final del libro.

La primera piedra la tira el profesor ingles Grahan Harman, que propicia el misterio de un arte en la era del antropoceno, que represente y avance contra lo que aún no vimos por fuera de la esfera normalizada del arte. La segunda es una reivindicación del arte ministerial leída por Suhail Malik, que defiende lo sistemático y orgánico del arte contemporáneo como ejército profesional que se compromete con el “Misterio del sentido”. Alcanza con estos dos textos para darnos una idea de lo que vendrá luego en el libro. Todos, de alguna manera u otra, auspician el arte contemporáneo o el arte como vida nueva posible. Pero hay distinciones raras, proliferantes, en la manera de reivindicarlo. Tan diversas como la que glosamos, en la que el misterio puede alcanzarse desde el ministerio, o la del propio Iglesias, donde Federico Klemm, en su enchastre frívolo, podría advertir la profesionalización del yo como la única manera de no ser habitado por las instituciones, por lo social del arte. Quedarían así dos razones: la que piensa que el arte social, multitudinario, puede hacer sucumbir la sociedad tal cual es y la que entiende que hay que huir (aunque sea con inocencia) de lo social porque no hay forma de que no sea una trampa.

Cuando los ensayos se olvidan del “estudio de caso” y arriesgan hipótesis más generales el libro se vuelve potente. Katzenstein propone a Jorge Gumier Maier, adalid del arte más intenso de los años noventa, como un partisano en defensa de lo estéticamente devaluado. Es que Gumier disputa la idea de curaduría tirándola para el lado del trabajo “doméstico” con las obras. Lucas Rubinich recorre la estela de Roberto Jacoby como desacomodador social. Luciana Acuña y Alejo Moguillansky homenajean al artista que tarda en cobrar y presenta las facturas como si jugara a la quiniela. Graciela Speranza deja bien claro que una cosa es la especialización o el franeleo y otra cosa es lo ingobernable de algunas obras. 

Vale rescatar la postura de Boris Groys, el ruso muy difundido en Argentina, que replica a este tiempo con la idea de que en la era de la productividad del arte a todo nivel, internet funciona no solo como sala de muestras sino como archivo de crudos para un montaje no final. Una superposición artesanal que cualquier espectador arma y rearma a su manera, con las reglas de su pasión, el momento de verdad que pretenda para sí y para los que quiera. El problema es que pase todo lo contrario: la eterna reproductibilidad ya está lejana a la cueva del cine y puede llegar a ser un espasmo “divertido”, como dice la clase alta de lo que le resulta interesante, importante o respetuoso. 

Los “desafíos” están por verse, hay de todo frente al arte contemporáneo. Hay misterio, romanticismo de toda índole, capacidad de condicionar la lengua normal, insubordinación a lo que comunica, indecencia de los materiales, pequeñez de formato con grandeza de signo. Pero hay también ministerio, papelerío, producción, reunionismo, sociología cuantitativa, globalización y gran formato. Caben justas las palabras de Osvaldo Baigorria, un escritor libertario inclasificable y díscolo que en su texto “Escritos contraproductivos” propone una lista de autores que niegan la utilidad o la falsa conciencia del sistema del arte. Defiende al trabajo como la forma artesanal de dedicarse intensamente y con precisión a una tarea, digamos poner todo lo de uno para crear en contra de todo lo insufrible, todo lo “extraartístico” del trabajo. Para Baigorria no puede haber trabajo si lo que se está haciendo es discutir contra el mundo tal cual es a través de una labor dedicada y corrosiva. Un ejemplo es el de Néstor Perlongher, que podía ganarse el pan “con el sudor de su lapicera” haciendo encuestas, pero a la vez transformar la poesía latinoamericana en sus ratos libres. El libro agrupa estas discusiones y no las resuelve, no podría. Deja abierto un dilema: el arte puede caer en la tragedia del emprendedorismo, pero también puede salir por la ventana para colar algo que no contribuya a la maquinaria. Un agregado de misterio a un país cada vez más literal. 

 

¿Es el arte un misterio o un ministerio?:

El arte contemporáneo frente a los desafíos del profesionalismo
Inés Katzenstein y Claudio Iglesias (compiladores)
Siglo XXI
240 páginas

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