Memoria en movimiento. La directora, actriz y dramaturga Agustina Ruiz Barrea pone en escena un unipersonal que agita recuerdos y toca fibras íntimas. En Santa mesa, la directora de Los Pompapetriyasos, el grupo de teatro comunitario de Parque Patricios, interpreta a una mujer que arma y desarma diferentes mesas, y que transforma su historia individual en homenaje colectivo.

Con coautoría y dirección de Manuel Mansilla, y música original de Esteban Ruiz Barrea, el espectáculo se nutre de una multiplicidad de objetos del mundo culinario. Ajuares, mantillas, juegos de cubiertos, teteras, sifones y manteles del pasado se resignifican sobre el escenario para interpelar al presente, y la ceremonia teatral concluye con un almuerzo que reúne al público con los artistas. La obra puede verse en el Teatro de los Pompas (Brasil 2640), los domingos a las 12. Y las entradas se adquieren en Alternativa Teatral: https://www.alternativateatral.com/obra93113-santa-mesa

“El material recorre, con la maravillosa habilidad del director que ha logrado una puesta hermosa, distintos puntos de la vida humana porteña. Y al finalizar, cuando nos sentamos a comer, se produce un relato propio alrededor de la mesa que, a su vez, está inscripto en una historia colectiva y comunitaria. Es muy fuerte lo que sucede, y por eso nos parecía tan importante que la obra terminara con la gente comiendo en la mesa”, señala Ruiz Barrea, que define a la obra como un “coro de objetos”.

La autora revela que partió de anécdotas autobiográficas para armar el relato, y que convocó a Manu Mansilla para completar el proyecto debido a su larga experiencia en el teatro de objetos y el mundo de los títeres. “Lo que más me motivó para hacer este espectáculo es que me parecía sorprendente que mucha gente hubiera perdido el hábito de juntarse en familia alrededor de la mesa, porque a mí ese tipo de encuentros me hicieron ser quien soy. Cuando yo era chica, en mi casa la mesa era sagrada, y ahora, siendo mamá, busco seguir sosteniendo ese rito”.

-¿Cómo surgió la idea de armar esta obra?

-Durante mucho tiempo guardé en mi casa una mesa que había sido de mi papá. En esa mesa estaba la historia de su familia y muchas de las cosas hermosas que habíamos vivido habían sucedido alrededor de esa mesa. Siempre me quedó resonando eso, y hacía muchos años que tenía ganas de armar un espectáculo sobre esa mesa que estaba en mi casa, y que pasó a estar en la terraza y en distintos lugares. Por otro lado, otra cosa fuerte que me venía dando vueltas en la cabeza era la vajilla que había traído mi bisabuela en el barco y que pasó por todas las generaciones hasta llegar a mí. Cuando mi mamá me dio esa vajilla, me dijo: “Nunca dejes de poner la mesa. Si los platos se rompen, se rompen. Pero lo importante es seguir juntando a la gente alrededor de la mesa porque hace muy bien juntarse a conversar y a pensar con otros”. A partir de esos dos universos, el de mi padre y el de mi madre, surgió esta obra.

-Partiste de una hipótesis que vincula a la mesa compartida con la patria. ¿Qué asociaciones encontrás entre esos dos conceptos?

-Junto con Manu pensamos a la mesa como un mito fundante de un montón de hábitos culturales. Los valores centrales de la patria con la que yo sueño sucedieron en una mesa. Yo ahí aprendí a pensar, a participar, a cuestionar el poder, y a saber cuándo hablar y cuándo quedarme callada. También aprendí mucho en relación a las desigualdades, porque soy la única hija mujer de una familia, y tuve que cuestionar por qué yo era la que tenía que levantar la mesa y no mis hermanos. Este es un tema en el que quiero seguir trabajando, porque me parece que el acto de sentarnos en una mesa es un espacio de encuentro que nos suspende en el tiempo para cumplir la función de nutrirnos y es como una condensación de una utopía de patria, porque es el lugar en donde alguien te mira, te enseña y está atento a cómo te sentís. El estar juntos, compartiendo, es algo que hemos perdido como patria y que creo que hay que recuperar. Necesitamos restituir esa práctica humana de sentarse, mirarse, comer y compartir. Esa es la patria que soñamos.

-Definís a la obra como un “coro de objetos”. ¿Qué rol cumplen esos objetos en la puesta?

-Cada objeto de la puesta convoca la memoria de presencias que formaron parte de la vida de María, la protagonista. Si bien esa mujer está sola, al mismo tiempo está acompañada de un montón de objetos que la constituyen. Es muy interesante eso. A mí me pasaba en mi casa. Acopié muchos objetos familiares, y esos objetos me hablan y me provocan memoria sistemáticamente. Porque los objetos ponen de manifiesto que uno está inmerso en una trama mucho más grande que uno mismo. Y eso es algo maravilloso, porque nos permite tener identidad y saber de dónde venimos. En el espectáculo, aparecen objetos que mueven una memoria muy singular en los espectadores. Por ejemplo, después de una función, una señora me comentó que tenía una tacita en la estantería de su cocina con la que tomaba la merienda con su abuela, y que por eso la guardaba. A mí eso me conmueve mucho.

-Al final de la función, invitan a los espectadores a compartir un plato de pastas. ¿Cómo es esa experiencia y cómo reacciona el público frente a esa propuesta?

-La gente habla y se cuenta sus historias. Y algunos espectadores, incluso, entablan un vínculo. Hace poco, tres señoras que vinieron solasse fueron juntas a tomar un café a otro lado, después de la función, y se hicieron amigas. Se van dando diferentes experiencias, pero lo que nunca deja de suceder es la circulación de la palabra y toda la emoción que eso despierta. Cuando nos sentamos a comer, hay mucho de qué hablar. En ese momento, lo que hacemos, en definitiva, es reactualizar el rito de sentarnos a la mesa y compartir la vida.

-En este último tiempo se instaló la idea del “héroe colectivo” y de que “nadie se salva solo”. Y, en este aspecto, el teatro comunitario viene poniendo en práctica esos valores desde que se constituyó. ¿Qué dimensión adquiere eso en un contexto en el cual desde el poder se demoniza la construcción en comunidad?

-En el teatro comunitario, el héroe colectivo es el personaje protagonista; es ese "nosotros" que toma la escena y que siempre cultivamos. Pero esa formación de un nosotros no se da sola, sino que se construye. Y creo que una mesa compartida es, precisamente, un lugar propicio para que se dé esa construcción. Vivimos en un mundo que está todo el tiempo generando dispositivos para construir un sujeto individual y el teatro comunitario, por el contrario, siempre apuesta a un sujeto colectivo que es capaz de transformar realidades cuando se apoya en la potencia de ese nosotros. Creemos que, hoy más que nunca, debemos aferrarnos a esa convicción y salir a multiplicar la idea de que hay otra manera posible de vivir.