Los noventa. La pizza y el champagne. La venta de las joyas de la abuela. Las privatizaciones. La ilusión del 1 a 1. Miami. Los despedidos en las empresas estatales. El cierre de los ramales ferroviarios. La Ferrari. Los atentados. La ostentación. La exclusión de a millones. El (falso) primer mundo. Los indultos. La bomba a punto de estallar. El lujo. La vulgaridad. La sociedad narcotizada. El voto cuota. La frivolidad. La aduana paralela. La voladura de Río Tercero. Las relaciones carnales. La impunidad. La hipocresía. Los parripollos y las canchas de paddle. La tragedia social. La seducción del poder. La traición. El pacto de Olivos. La reelección. Un hombre, un presidente, dos mandatos: Carlos Saúl Menem. Un político que marcó un antes y un después en la historia Argentina reciente, y al que ahora le llegó una serie que abarca su figura: Menem, la ficción que desde este miércoles 9 de julio se puede ver por Prime Video.

El menemato fue objeto de análisis de múltiples maneras. A través de notas periodísticas, libros, documentales de radio y televisión, incluso causas judiciales y hasta programas de chimentos. Aquella década en la que el liberalismo camuflado de frivolidad y distracción se adueñó de buena parte del Estado argentino y se lo vendió al mejor postor es abordada en forma de serie de seis episodios en Menem, centrada en la figura de quien fue su protagonista principal. Los clarososcuros del poder, las luces y sombras de aquel hombre que engañó a los argentinos cambiando los prometidos “revolución productiva y salariazo” por un modelo de desindustrialización y exclusión, encuentra una perspectiva posible por medio de una ficción cuya primera temporada muestra el ascenso de Menem a la presidencia desde su La Rioja natal, atravesando su primer mandato. La vida pública y privada de un hombre que no tuvo escrúpulos para llevar adelante su plan. Y pagó sus costos. Los argentinos también.

Detrás de Menem está como showrunner y director Ariel Winograd, el mismo hombre de Coppola, el representante. Comparte con aquella serie no solo la década del noventa, sino también un tono, una estética y una edición que le imprimen al relato un ritmo y una densidad más cercana a la cultura pop que al registro documental. Una decisión artística que le permite a la serie tomar licencias narrativas que no podrían asumir otros géneros. Hay mucho mas de sátira y también de estética pop en Menem que de densidad documental y política. La trama avanza a través de una ficticia familia de La Rioja que se beneficia y sufre -todo a la vez- de ser parte del círculo más íntimo del presidente.

Leonardo Sbaraglia se pone en el cuerpo y en la mente de Menem, mientras que Griselda Siciliani hace lo propio con Zulema Yoma, en actuaciones que le hacen honor a los personajes públicos que debieron interpretar. El preciso y precioso casting de Menem se completa con Juan Minujín poniéndose al hombro al desconfiado fotógrafo personal del presidente, Jorgelina Aruzzi como su esposa abducida por el poder y el dinero, Marco Antonio Caponi como el asesor político más cercano a Menem, Campi como Domingo Cavallo, Agustín Sullivan como Carlos Menem Junior y Cumelén Sanz como Zulemita. El actor Guillermo Arengo interpreta a Silverman, en un papel crucial cuando la trama asume otra densidad y explora el atentado a la AMIA, las conexiones políticas y su encubrimiento.

(Imagen: Federico Romero)


Sbaraglia y Siciliani reciben a Página/12 con la ansiedad a un estreno que se hizo esperar, luego de filmarse íntegramente en 2023 y la suspensión de su difusión por parte de la Justicia que entiende sobre la sucesión de los bienes y el patrimonio del ex presidente. Finalmente, el juez civil Carlos Goggi levantó la medida cautelar y Menem verá la luz el mismo día en que en 1988 el riojano se impuso a Antonio Cafiero en la que fue la única interna presidencial del peronismo hasta la fecha. “Grabar esta serie fue una experiencia… religiosa”, bromea la actriz. “Para mí -reconoce Sbaraglia- fue una experiencia top tres de aprendizaje y de dedicación en mi carrera. No sé si había trabajado tanto y había hecho tanta investigación para algún personaje alguna vez en mi vida… Y eso que ya estoy grandecito y tengo mi recorrido”.

-¿Esa investigación tuvo que ver con la complejidad de personajes que marcaron al vida política y social argentina, que además están muy presentes en la actualidad?

Leonardo Sbaraglia: -Venía haciendo algunos personajes públicos, había hecho a Coppola, había hecho también a una especie de político cubano en una película de Olivier Assayas, había hecho a algunos alter-egos de algunos directores, pero claro, esto de pronto era como un montón, ¿no? Inconscientemente acepté la propuesta de hacer a Menem que me hizo Wino (Winograd, el director), porque estábamos en el medio del entusiasmo de otro trabajo y de otra composición que venía saliendo bárbaro y que nos estaba conectando con algunas cosas, incluso del orden espiritual y de transformación y de ceremonia… De pronto apareció y me preguntó si quería hacer de Carlos. Le pregunté que le parecía a él y me dijo “va a estar buenísimo”. Entonces le dije que sí, y cuando tuve tiempo de pensarlo mejor y arrepentirme, ya no tenía tiempo... (risas) Había que bailar y la orilla ya la tenía lejos. Fue una apuesta full inmersiva, al 100 por ciento, lo di todo durante seis meses. Fueron tres meses prácticamente de preparación y desde marzo de 2023 hasta noviembre, estuve a full metido con eso.

Griselada Siciliani: -En mi caso, hacer a Zulema me resultó un poquito más lúdico, en el sentido que fui más relajada -ponele- sabiendo que el peso de la historia recaía sobre el personaje de Leo y que iba a tener un compañero que sabía que iba a tener la espalda para sostener ese peso. Hay algo de ese rol secundario que no me toca tanto porque en general me toca sostener el peso de la historia, que lo quise aprovechar y disfrutar, poder apoyarme en un compañero así, que no te toca tantas veces. Eso me ayudó mucho a ir con mucho placer a trabajar. No lo conocía a Wino, lo conocí ahí y me enloquecí con su forma de trabajar, me enamoré de esa manera de filmar y casi nunca cortar… ¡Está todo el tiempo filmando! No sabés si podés ir al baño o no (risas)… Pisás el set y entrás en una especie de viaje de rodaje hasta que te vas a tu casa. Eso fue un placer.

-¿Y cómo fue la construcción de un personaje como Zulema, alguien que además está con vida?

G. S.: -Interpretar a alguien que está viva y que además me iba a ver, al principio me pesó mucho. Una vez que empecé a filmar me obligué a olvidarme de eso, porque si no no iba a poder trabajar, quería estar creativa, quería estar viva ahí, siendo esa persona. No podía tener miedos. En esa época, cuando me lo ofrecieron, estaba filmando Descansar en paz, la película de Sebastián Borensztein, que también tenía de fondo el atentado a la AMIA, por lo que de golpe estaba metida en los noventa desde hacía meses, escuchando y trabajando mucho sobre esa época. Todo se fue dando así, medio mágico en este rodaje.


-¿Cómo encararon los personajes, teniendo en cuenta que se trata de personajes públicos sobre los cuales uno tiene una opinión formada y juicios y prejuicios, incluso ustedes en tanto ciudadanos argentinos?

L. S.: -Hay decisiones que inevitablemente se toman. Uno empieza a trabajarlos desde el punto de vista de uno, o por lo que primero te empieza a aparecer, que puede ser por empatía o por contraste. Hay una puerta de entrada, donde uno cree que puede afinar mejor, para después ir agregándole las diferentes capas para los cuales necesitás tiempo. Yo muchas veces pienso en cuestiones coreográficas. Vos sos bailarina y quizás lo sabés explicar mejor, Gri, pero uno para aprender un baile tenés que ir de a poco, tenés que aprender primero el paso, después dar la vuelta, te acercás a la forma más general, a los tiempos, después a la dinámica y más tarde empezás a pulir detalles, pero para eso necesitas tiempo.

-Pero en este caso, donde hay tonalidades en sus voces y gestos que son muy particulares en los dos. ¿Qué apareció primero a la hora de componer a Menem? ¿La personalidad, sus gestos, su voz?

L. S.: -Sí, en mi caso arranqué por la voz. Tenía una puerta de entrada que tenía que ver con el riojano y con su manera de hablar, que quizás no es tampoco tan riojana, sino que era su manera bastante característica. Eso fue la primera cosa me apareció. Después trabajé mucho la mirada, su mirada, que también me parecía muy importante sujetar. Después fui entendiendo algo de su cuerpo, que sabía que era mucho más bajito que yo, entonces yo también me tenía que achicar… Encima, me pusieron a todos actores más bajitos que yo... ¡La puta madre, háganmelo fácil! ¡Contratá jugadores de básquet! Hubieran llamado a actores de la altura de Caponi para arriba… (risas) En un momento le dije a Wino que les pusiera plataforma a todos, porque yo tiraba los hombros para adelante y bajaba un poco el cuello, tal como tenía Menem la forma de su postura, y entonces ahí ya bajaba 10 centímetros… Tenía una especie de curvatura en su columna, con el cuello hacia adelante que hacía que su voz saliera de una manera determinada, como una cosa medio nasal. Todo ese trabajo uno lo va alimentando a lo largo del rodaje, lo vas practicando, le vas queriendo darle verdad, darle organicidad.

-Sumarle a lo físico la personalidad de Menem y sus acciones como presidente.

L. S.: -También trataba de entender la acción de él, porque Menem estaba todo el tiempo seduciendo y buscando votos. Entonces, desde que entraba al set empezaba a tratar de conquistar a todos, desde los camarógrafos a los extras… Sobre todo a los extras, que estaban siempre conviviendo con nosotros y trabajaba mucho con ellos trabajando a todo el personaje, les preguntaba los nombres, trataba de establecer una conversación.

G. S.: -Yo trabajo siempre más desde el cuerpo antes que la voz, por una cuestión de formación, al ser bailarina de origen. Necesito saber cómo está en la vida, cómo se sienta, cómo mira. Cuando siento como que el cuerpo se me acomoda un poco, recién ahí pude empezar a trabajar la voz. Si antes no aparece el cuerpo, me siento medio perdida. Es un defecto de formación. Cuando entendí lo corporal en Zulema, luego de ver muchos videos y entre ellos cuando fue al programa de Mirtha Legrand, empecé a entender otras cosas. Y después también contrastarlo con los otros, porque ese trabajo solitario lo contrastás con los compañeros y asume un nuevo significado. Te espeja en algún lugar. Y después está qué cosa de tu instrumento como actriz le podés agregar al personaje, porque si no lo harían imitadores. Interpretar a un personaje real es la síntesis de esa yuxtaposición en la teoría de los conjuntos, donde la Zulema de la vida real y la mía se juntan para crear esa persona. En ese centro hay algo compartido, como una energía, que algo debe pasar ahí.


Los 90 y hoy, Menem y Milei

-Menem es un personaje histórico, polémico. ¿Les pesó saber que iban a ser protagonistas de una historia que no iba a ser solo una ficción, a la que cada espectador le va a poner su propia historia personal?

L. S.: -Sí, claro que eso te pesa y lo tenés en cuenta. En un momento, lo dejás de tener en cuenta porque te volvés loco. En un determinado momento, yo empecé a construirlo y para eso traté de entender a ese ser humano. Tratás de alejarte justamente de tu propia opinión, de tu propio prejuicio, de esa opinión que vos tenés y que es tu costado como ciudadano, el pedazo de la torta subjetiva en la cual elegís pararte en la vida. Pero para componer cualquier personaje tenés que salirte de eso y tenés que iluminar tu sombra, lo que vos no decidís iluminar en lo personal, tenés que iluminarlo y tenés que incorporarlo. Con toda la investigación que hice, con todas las charlas que tuve con la gente que lo conoció, fui completando a una persona en mi imaginario y lo fui tratando de completar de la manera más generosa posible. Así fue el trabajo. Nosotros presentamos a un Carlos que tomó vida, desde donde esté... Yo no soy creyente pero “que las hay, las hay…” ¿no? Hemos construido a un personaje cuyo legado no es el de mostrar todas las cosas que hizo bien a través de la serie. Ni creo que haya sido esa la opinión de Carlos… Creo que él, seguramente, como buen animal político que fue, debe haber dejado mucha autocrítica. La serie nos da la posibilidad de seguir elaborando y seguir mirándonos en el espejo para sanar a una Argentina herida, que está todavía sangrante, ¿no? No puedo darle tanto valor a una serie o a una ficción, como para poder decir que vamos a sanar algo con esta serie. Pero sí creo que se va a generar una discusión, se van a volver a abrir algunas heridas que creo que son importantes volver a pensar. Al margen del humor, del tremendo entretenimiento que tiene la serie, creo que se hace cargo de esta Argentina sangrante, la de ese momento y la actual.

-En la actualidad, se plantea mucho el paralelismo entre la década del noventa y la gestión actual de Javier Milei, aún con sus diferencias: Menem era mucho más carismático, mientras que Milei se presenta como mucho más brutal. ¿Qué paralelo encuentran ustedes o qué diferencias entre estas dos gestiones de liberalismo económico?

L. S.: - Sí, mirá, cuando filmamos la serie no existía Milei (se filmó en 2023). O sea, existía como panelista, pero no existía como dirigente. Estábamos en otra coyuntura completamente diferente. Cuando lo hicimos no habría reflexión de parte nuestra porque yo no sabía ni quién era en aquel momento el presidente actual. Hoy en día, a uno le duele mucho que una investidura tan importante y que uno respeta, como es la investidura de un presidente, fomente ese nivel de destrucción y de odio. Menem, por supuesto, no lo hacía. Hay anécdotas como la de Astor Piazzolla, que era totalmente contrario al gobierno y que había dicho que se iba a ir del país, y Menem lo mandó a buscar, le pidió reuniones, le dio no sé qué y se hicieron muy amigos. Si hay algo que le podemos decir a Javier es que quizás está bueno aprender un poco más de respeto, un poco más de respeto hacia el prójimo, hacia los que piensan diferente, que hay que gobernar para todos los argentinos, no solamente para algunos. Y te lo dice un tipo que también fue muy crítico en la época de Menem. Hasta me tuve que ir del país… No es que me tuve que ir del país porque me echaron, sino que me fui porque no había cine, no se hacía nada. ¡Gracias a Menem me tuve que ir a trabajar a España! Y casualmente esta noche me voy a España a filmar…. O sea que, bueno, está todo conectado de alguna manera.

G. S.: -Tienen una gran diferencia: uno fue un animal político, fue alguien que vino de la política. Ahí se arman un poquito las diferencias… Más allá de lo ideológico y de lo que uno pueda criticar y, por supuesto, de las similitudes en algunos criterios y algunas decisiones de la que yo no estoy para nada de acuerdo. Ni con las de Menem ni con las de Milei, pero sí que hay diferencias. Todo esto que dice Leo es una diferencia abismal: generar más odio o no…

L. S.: -Y todo lo que viene detrás de eso, porque eso también da ejemplo a miles de personas que, quizás, con menos herramientas quedan sin cabeza y solo queda una especie de brutalidad como prioridad. Quedan sin cabeza y sin humanidad. Y creo que tenemos que seguir pensando en la razón y en la humanidad. Esto tiene que ser la guía siempre. Si perdemos eso, aunque eso esté de moda, aunque el odio venga de Estados Unidos y sea algo que queremos importar a la Argentina, tenemos que desobedecerlo, porque eso no nos va a llevar a ningún lado positivo.