Luis Alberto y Dylan Martí (Foto: Hernán Dradik)

Atención lingüistas. En algún punto clasificado de la ciudad de Buenos Aires, hay una persona que habla el idioma de Spinetta. Lleva gorro de lana, anteojos de alta graduación. Como es su matriz emotiva, habla con fluidez esa variante del castellano rioplatense cruzada por la jerga de La Cueva, el dadaísmo barrial, algunas inflexiones trémulas y ese murmullo que produce el asombro extático y permanente frente a las cosas del mundo. El tipo se llama Eduardo “Dylan” Martí. ¿De dónde salió? ¿Por qué es así? “Yo vengo de la época de los faraones, negro”, dice. “Vengo de las máquinas, de los negativos, de las cintas. Ahora estamos en un mundo abstracto. En un segundo, si no backapeás lo que tenés en el teléfono, tu vida entera se puede evaporar en el éter. Estamos acorralados, ¿viste? Inventaron un sistema perfecto. No solamente Cristina tiene una tobillera electrónica”.

Proverbialmente reservado, Martí no sólo es uno de los fotógrafos centrales del rock argentino sino también un músico de una liga que ya no existe: los fans de Pat Metheny o Steely Dan que no fueron a la escuela de música. Los orejeros del espacio exterior. Durante el último año no sólo publicó sus primeros discos como solista (Centrifugados por la ola y Buscando oro en el lugar equivocado), sino que se prepara para editar Spinetta: un monumental libro de tapa dura que recorre la vida artística y el imaginario visual de su gran amigo.

“Ojalá que todo el mundo lo valore. No porque el libro lo haya hecho yo, sino por la figura de Luis. Yo estoy entrando en la etapa de en la que me alejo de la vida. Ahora dejé de hacer fotografía porque me empecé a quedar ciego. Y la música, emulando las palabras de Luis, es un deporte que siempre practiqué en silencio. A veces hablo con los músicos que me dan una mano y les digo que lo más divertido es el hacer. El mientras tanto. Una vez que ya está hecho, ya está hecho. Alguien lo escuchará, alguien no lo escuchará; a uno le gustará, al otro no le va a gustar. Pero ya no tiene tanta importancia. Lo importante fue haber encontrado algo que pudiéramos hacer juntos”.

Conocido tras bastidores como “El Taschen de Spinetta”, este proyecto hizo un largo recorrido hasta llegar a su publicación. Cinco años de recolección y curaduría, con la ayuda de Theo Lafleur, la familia Spinetta y dos de los hijos de Martí: Lucas y Emmanuel Horvilleur. Cinco años de devaluaciones y presupuestos caídos. De amigos nuevos. Finalmente, a través de la unión entre Sonamos (el sello de Juana Molina y Mario Agustín de Jesús González) y Vademécum (la editorial dirigida por Roque Di Pietro), el libro encontró su camino y llegó a buen puerto: una edición limitada de 900 ejemplares que incluye cerca de 300 fotografías. Desde el festival Pinap hasta las Bandas Eternas, pasando por las giras de Invisible, las mil formaciones de Jade y los ensayos del regreso de Almendra. Desde las sesiones de La La La hasta el flúor de los Socios, pasando por la geometría de Tester de violencia y todos esos destellos distorsionados de coches, cableado analógico, geometría de entrecasa y hectolitros de mate. Es, a su modo, a su vitalísimo modo, una elegía. El fotógrafo que, mientras su vista se descompone en un haz de luces, salda una deuda pendiente con su hermano del alma.

“Vos te fuiste”, dice Martí, “pero acá quedó esto”.

Con Pechigo, grabando "El mono tremendo", 1988

OLEO BOMBÉ

Cerca. Mataderos siempre estuvo cerca. Eduardo Martí nació el 9 de agosto de 1950 en ese barrio del oeste porteño. Una familia laburante de origen catalán. Durante años, su padre se dedicó a un oficio que se perdió en la noche de los tiempos: timbre por timbre, ofrecía los servicios del óleo bombé. Cuadros a pedido, enmarcados sobre un vidrio cóncavo. “Mi viejo hacía la venta, sacaba la foto del pedido, se la mandaba a un tano de Córdoba, el tano le mandaba la pintura y mi viejo la enmarcaba”, cuenta Martí. “Yo creo que el asunto de la fotografía me debe venir de ahí. En mi casa había una Agfa Gevaert, que era una cámara muy primitiva”.

En los tempranos sesenta, el pequeño Martí fue absorbido por la nave nodriza de su propia generación. Primero se enganchó con los Teen Tops, con Trini López. Las gateras sensibles para la gran aventura. Los Beatles, en ese sentido, lo agarraron preparado. Tenía 14 o 15 años, una cosa así. “En esa época, las bandas como los Shakers o Cano y los Bulldogs tocaban por los barrios”, dice. “Yo los iba a ver al Club José Hernández, en Artigas y Oribe. Y después fui a los a las fiestas de Antonio Barrios en Vélez, los bailes de carnaval. La primera vez que escuché ‘La balsa’ fue en El Ancla, una playa popular de Olivos. Ahora, para ir a un recital de ese calibre, tenés que ser un ABC1, como dicen los de marketing”.

Bautizado como Dylan por un vecino, comenzó a orbitar cada vez más cerca del centro. Ya tenía amigos como Héctor Starc. Su madre le sugirió que, aprovechando esas incursiones, se anotara en el Foto Club Buenos Aires. Así, mientras vagabundeaba con su primera guitarra, comenzó a tomar clases de fotografía con el profesor Julio Malvecín en los claustros del Pasaje Barolo. Los rayos acortaron distancias hasta que cayeron en el mismo sitio. En la primavera de 1969, agarró unos rollos de 35 milímetros y se mandó al Anfiteatro Municipal de Buenos Aires para cubrir el Festival Pinap. Cubrir es un eufemismo. La foto de Almendra que inaugura la serie es un retrato de iniciación: el tipo que levanta la cámara y los tipos que tocan son parte del mismo arca. No hay distancia profesional. Unos meses después, Martí va a fundar su propia banda.

Influenciado por Crosby, Stills & Nash, Pacífico era un trío acústico con armonías vocales: Miguel Pezzolano (flauta), Hugo Arbe (guitarra), y el propio Dylan (guitarra). Estéticamente, estaban aliados con todos esos números del Acusticazo, pero tenían un ingrediente que alteraba la ecuación: su gusto temprano por la bossa nova y otras vertientes de la MPB. Recomendados por Rodolfo García, llegaron a las oficinas de Alfredo Radoszynski y grabaron su primer y único disco: La bella época (1971). “Trova era un sello demasiado prestigioso para nosotros, que éramos unos novatos terribles”, dice. “¡Ahí grababa Piazzolla, negro!”

Menos que separarse, Pacífico se disolvió entre las presiones de la vida burguesa. Camino al interregno camporista, el big bang los desparramó por ahí como la mano de Dios. Algunos a la familia, otros al mercado laboral. Quién sabe. “Ese momento también coincide con que se murió mi padre”, recuerda. “Mi madre tuvo que salir a limpiar una oficina para poder vivir y, como mi hermano trabajaba en Editorial Abril, tuve la suerte de entrar ahí como laboratorista. Me salvaron la vida, ¿viste? No solamente podía ganarme la vida como laburante, sino aprender”.

No lo busquen. Ese mundo ya no existe. En aquel edificio ubicado en Leandro N. Alem y Paraguay, una industria funcionaba a toda marcha. Siete Días, Parabrisas, Radiolandia, Claudia, Panorama, Corsa. Un domingo llegaban veinte rollos del autódromo y se hacía la plancha de contacto. La pasaba a buscar un pinche para llevarlo a redacción, marcaban las fotos y volvía al cuarto oscuro. Destapar los carretes, engancharlos en los espirales, meterlos adentro de una cubeta y agitarlos cada treinta segundos o lo que reclamara la temperatura del líquido y la sensibilidad. “Lo interrumpías con ácido acético y después lo fijabas con hiposulfito de sodio”, dice Martí. “De ese papel blanco, de repente, aparecía una imagen”.

Es un proceso alquímico.

–Para el fotógrafo, es el momento mágico. Vos no sabes exactamente lo que pasó cuando sacaste la foto. Hay una fracción de segundo, cuando se levanta el espejo, en la que no ves.

Ahora podés ver el resultado en el momento.

–Lo cual está bárbaro, también. Yo no digo que esté mal. Nada de eso va a reemplazar la mirada humana. El soporte ya es cuestión de gustos, pero el que determina lo que va a contener ese soporte sos vos... por ahora.

Fotografiado con dirección de arte de Renata Schussheim, 1984

EL PISO DE UN FIAT 600

A mediados de los setenta, ¿qué era una película del año del orto? En su pieza de Arribeños 2853, los hermanos varones veían la trasnoche de Canal 13 en el primer televisor comprado con plata de la música. No estaban solos. Patricia Salazar abrazaba a su novio en una cama marinera. Ahí nomás, Dylan Martí veía todo ese cine argentino en blanco y negro para meter un bocadillo atrás de otro. Los cuatro estallaban en una carcajada y, en la honda madrugada del Bajo Belgrano, don Luis Santiago irrumpía en el cuarto para ponerles los puntos. Un Spinetta en calzoncillos ha de ser algo digno de verse.

“A veces me quedaba a dormir y al otro día me tomaba el 130 para ir a Editorial Abril”, dice Dylan. “Otras veces Luis me llevaba desde Núñez a Mataderos en un Fiat 600 que tenía el piso todo agujereado. Llegaba a mi casa y me tenía que bañar, negro (risas). Lo que nos hemos reído no te lo puedo explicar. Nosotros decíamos que estábamos deformando, porque era como deformar la realidad. Después estaba el amor por la música, por las guitarras, por el cine de Herzog, de Bergman. Ahora la gente no tiene más tiempo: se lo han cooptado. Y ese tiempo es el lugar para pensar, para hacer, para cultivar una amistad. Pero ahora tenés a este sujeto, el secretario de trabajo, preguntándose para qué quieren tiempo libre los trabajadores. A vos te parece. ¿Por qué no reabren el Patio Bullrich para vender esclavos?”

Spinetta y Martí se conocieron en algún punto de 1974. De la mano de Machi Rufino, Dylan cayó en los ensayos de Invisible con su flamante Nikkormat importada desde Alemania (“me la trajo mi hermano cuando fue al mundial”). El trío aún estaba en su fase victoriana: pantalones de terciopelo, pelo sobre los hombros, mangas tres cuartos, lazos al cuello, jeans con pata de elefante. De gira por la costa atlántica o dónde fuera, los retratos los capturan en la parábola hacia su versión civil. La sesión para El jardín de los presentes, en ese sentido, revela los dos lados de la época: el juego privado y la tragedia pública. En el backstage, Dyuri Gubitsch es un amigo disfrazado. En la tapa, es una aparición. Su pierrot hierático, en la noche del Proceso, es un presagio.

“Con Dyuri y Gustavito Spinetta habíamos armado un grupo que se llamaba Robot”, cuenta Martí. “Al principio, Coco Romero tocaba el bajo. Hacíamos música instrumental. No era tan parecido a lo que hago ahora, pero venía por ese lado. A mí me re-pegó la fusión, así que me puse a tomar clases de guitarra con Tomi. Era un genio. Tenía dieciocho años y tocaba que parecía McLaughlin. Me acuerdo que iba a la casa de Tomi, que vivía por Coronel Díaz y Charcas, con Emmanuel en el cochecito. Ya me había venido de Mataderos”.

En un abrir y cerrar de ojos, la vida se expandió. Como si fuera una saga bíblica, Spinetta y Patricia Salazar tuvieron a Dante y luego a Catarina y luego a Valentino. Dylan y Mercedes Villar tuvieron a Lucas y luego a Guadalupe. En el libro aparecen todos y cada uno de los integrantes del clan, pero las fotos estrictamente familiares brillan por su ausencia. Suena a paradoja, pero no lo es. Si los niños posan, están flotando en el orbe estético que sus padres crearon y ellos continuaron. Un community mánager, por decirlo así, se muere de hambre.

“A mí no me gustaba ir a ir a la casa de Luis con una cámara. Cuando alquilábamos una quinta sacaba alguna foto de un asado, pero nada más. Luis era una persona muy sencilla: el hijo de un trabajador. Muy hospitalario. Caías en su casa y lo primero que te preguntaba era si habías comido. Siempre estaba ahí. Cocinando, dibujando, escribiendo. En el medio del clima de la casa, con el quilombo de los chicos y el lavarropas, yo lo he visto haciendo un tema con la guitarra. Metido en otro mundo. Ahí, el audio que nos rodeaba, no le llegaba”.

Bueno, ustedes compusieron juntos “Quedándote o yéndote”, “Garopaba”, “Almendra”. ¿Por qué le pusieron “Almendra” al instrumental de Kamikaze?

–Mira, Luis me arruinó todas las canciones (risas). Te voy a decir por qué. Como se ocupaba de registrarlos en Sadaic, le ponía esos títulos espantosos. ¡¿”Garopaba”?! Ese era porque una vez nos fuimos de vacaciones a ese lugar de Brasil. Después le puso “Almendra” a ese tema, que era el nombre de un grupo... ¡que había tenido hacía cuarenta años, negro! (risas) Una decisión unilateral. Yo no me voy a hacer cargo de eso.

Eduardo Martí, hoy (Foto: Nora Lezano)

ATRASOS TECNOLÓGICOS

Rezo por vos, Franzetti. En uno de los segmentos más emocionantes del libro, Spinetta y Fito Páez se ponen de rodillas frente al arreglador durante la grabación de La la la. Casi podemos escuchar la risa de Franzetti, un poco avergonzada. Un poco honrada. Por aquí y allá, en estas capturas en blanco y negro, aparecen los violinistas Fernando Suárez Paz y Luis Vidal. El mozo del bar de la esquina. El Portugués Da Silva, en su arquetípica postura zen (“está igual... parece que duerme en formol”). Por aquí y allá, en treinta y cinco milímetros, la esperanza democrática. “Era un momento muy álgido”, dice Dylan. “Teníamos la ilusión de que las cosas iban a mejorar. Como el que sueña con un vaso de agua en medio del desierto y cree que lo va a alcanzar y cuando llega el agua ya se esfumó”.

Es obvio a la vista. A medida que la época se degrada, a medida que pasan las páginas, Spinetta y Martí radicalizan los colores y los ángulos. La cabeza roja y flotante de Téster. El traje blanco y poliédrico del torero corneado. El azul catódico de Don Lucero. El flúor de los Socios del Desierto. Cada viñeta es intervenida, como un recordatorio, por escenas de un trabajo monacal en el estudio. Todos medios cagados de frío, con pullovercitos de lana. “Luis vivía muy austeramente”, dice. “Se empeñó comprando una consola SSL, se empeñó comprando una máquina Studer. Toda la guita que tuvo se la gastó en la música”.

Ahí otra paradoja. Desde su primer simple con Almendra (RCA Viktor) hasta Un mañana (Universal), Spinetta siempre publicó sus discos a través de compañías grandes y/o multinacionales. Es decir, siempre estuvo en el mercado. Sin embargo, como vemos en cada tramo del libro, no hay artista con una independencia artística más intransigente en la historia de la música argentina. Su obra es mucho más soberana que la de miles de artistas sin sello que se lo pasan haciendo concesiones y tomando recaudos para, por decirlo académicamente, encontrarle el agujero el mate. Los videos son prueba.

Grabados casi al mismo tiempo, tanto “Seguir viviendo sin tu amor” como “La montaña” fueron concebidos por Martí y Spinetta por fuera de cualquier fórmula. Con presupuestos irrisorios y algunos recursos medianamente novedosos. “Más que avances, ¡atrasos tecnológicos!”, dice Dylan. “Con los pocos recursos que teníamos, tratábamos de tener una idea original. ‘Seguir viendo sin tu amor’ lo hicimos en dos horas con una cámara Magnavox que me prestó mi amigo Sergio Pérez Fernández. Lo filmamos en la casa de un chico que había traído unos láser de Miami y nos los ofreció. Luis era un personaje. Aparte, al menos con la cámara, no era tímido.”

“La montaña” es Buñuel con guion de Saborido. En algún lugar de la pampa argentina, un monje gira en señal de penitencia arrastrando un tronquito. En el centro de su círculo, titilando en stop-motion, crece una montaña de ropa. Una antena emite una señal que lo comunica con el niño Jesús del año 5000. Ambos, quizás, están dando cuerda al mecanismo de los deseos. En ese preciso momento, en una prosaica ciudad como Buenos Aires, un flete se detiene en la puerta. La familia sube a la terraza. “¡Es una heladera marca Aurora, negro!”, revela Dylan. “Nos divertíamos como locos. Era una época muy buena”.

Vos decís una época, pero fueron cuarenta años: una vida.

–Lo que pasa es que pasa todo tan rápido. Ya te vas a dar cuenta. El proceso de vivir es una cosa muy efímera, ¿viste? Dura muy poco.

Con el libro, ¿estás saldando una deuda con él o con vos? ¿O con la fotografía?

–No, no. La fotografía es un hecho casual, negro: importa la relación humana. Importan las personas. Fue una época fructífera. Imaginamos, creamos cosas, las compartimos, criamos a nuestros hijos, disfrutamos del aire y de las cosas buenas que te hacen sentir que no sos un número más. Que estás vivo.

¿Lo extrañás?

–Es un agujero terrible, ¿viste? Aparte, tan joven. Vos pensá que estaba en la mejor etapa de su vida. Empezando a disfrutar de todo lo que había hecho. Con cuerda para seguir. Era increíble, negro. Luis se estaba muriendo y estaba preocupado porque se había comprado un auto usado y había que cambiarle las cubiertas. Estaba en el hospital, con los días contados, y ¡mandó a comprar las cubiertas! Yo creo que se la vio venir y dijo: ‘Me voy de acá’. Me rajo antes del quilombo. Se avivó a tiempo y se las tomó. Algo de eso debe haber. Estuvo tan presente y fue tan poderoso. Luis es como un planeta que se aleja.

Portada del libro Spinetta: Fotografías de Eduardo Martí

Spinetta se consigue en www.spinettaxmarti.com.ar. Su presentación se realizará el viernes 1 de agosto en el Auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional, Agüero 2502. A las 18.30.