Un cuento de Navidad
El Pueta Lugurúa, o la Navidad de los bancarios

Al Flaco Rolín lo llamaban El Pueta Lugurúa, aunque Lugurúa no era su apellido y nadie supo jamás quién se lo puso. Y en cuanto a lo de “pueta”, con u, era una burla de los bancarios del Bar La Estrella, que sólo leían páginas futboleras los lunes pero se la daban de gente informada y hasta aguda.

Claro que bancarios no eran solamente los que trabajaban en el Provincia o el Nación, sino que en el Bar La Estrella y alrededores se llamaba “bancarios” a la caterva de hombres que a toda hora se sentaban en los bancos de la Plaza 25 de Mayo, o de las veredas como las que había antes, o en las sillas duras e incómodas que puso el viejo Ideo Terada para que la clientela circulase, lo que sólo consiguió que Carmelo Pietrobono las definiera como “bancos de tortura japonesa”.

El Flaco Rolín amaba la poesía, y todos lo sabían. Era un lector que hoy se diría competente, propietario de una nutrida biblioteca de clásicos y colmada de ediciones de autor, de esas que en provincias suelen ser tan enternecedoras como inútiles y en general pésimas poéticamente hablando. 

Justo el día de la Navidad del 57, cuando el país entero se preparaba para echar a los milicos votando a Perón –que no fue Perón sino Frondizi, e igual ganó por paliza dos meses después– el Pueta Lugurúa estaba sentado a una mesa que daba a Pellegrini, escribiendo con la zurda y con lápiz en su cuaderno y con la derecha marcando las sílabas y el ritmo de unos versos.

Ninguno de los parroquianos le prestaba atención, y si alguna vez el Pueta se entusiasmaba corcoveando en la silla, todos lo miraban con sorna o hacían comentarios insidiosos. Suponían, probablemente, que era un mediocre bardo pueblerino porque una vez Hilda Varela, la profe de Literatura y de Francés del Nacional, así lo había dictaminado.

Aquel 24, cuando apenas pasadas las nueve oscureció de súbito y el rigor del verano dio paso a un millón de truenos y ventoleras fenomenales, el Pueta se puso de pie y golpeando la cucharita contra un vaso de vidrio, y con un vozarrón que todos le desconocían, pidió un minuto de atención. Y en cuanto el silencio se hizo, más por sorpresa que por interés, dijo en voz muy alta que su memoria no le alcanzaba para recitar toda la poesía del mundo que había leído; que él sabía que ninguno de los presentes conocía ni medio verso de Espronceda, Rafael Hernández, Guido-Spano, Sor Juana o Baldomero, y que por eso ni siquiera corría el riesgo de recitar mal y confundiendo poetas, siglos y versos. Pero sí sabía de memoria versos propios que quería cantar para los presentes. 

Todos lo miraron, en silencio y con los vasos como suspendidos en el aire, mientras afuera la tormenta arreciaba. “Mojada Navidad, señores, vamos a tener –arrancó bienpronunciando un alejandrino perfecto–, para regalar a los nuestros, que amor menester”. 

Algunos de los bancarios se guiñaron los ojos, sobradores, y como el Pueta los viera le descerrajó al Corcho Lucinez, que medía medio metro y era redondo y cabezón como corcho de champán: “Salve, oh tapón de licores de Baco / que en noches de luna te empeda y grita / tu alma vacía, inútil se agita / anhelando de nadie un arrumaco”.

–No le permitas –le dijo a Lucinez, Cheque Valdez, abogado y funcionario del Banco Italia–. Que se limpie la boca antes de hablar de vos.

El Pueta Lugurúa, sintiéndose a sus anchas, sonrió lanzando dos endecasílabos: “Atendé primero estos versos, Valdez / y limpiate el culo y la boca a la vez”

Varios se pusieron de pie como para ir a la guerra, pero el viejo Terada intervino con su voz chillona: “tlanquilos, tlanquilos que somos todos pelonistas”, al tiempo que Chito Roldán, el Turco Seba, Isaqui Lischinsky y Carmelo se levantaban para detener la pelea, especialmente este último, analcóholico y blandiendo una botella de Bidú, que era la bebida cola más popular de entonces, al menos en el Chaco y todo el norte del país, y que ofreció a Rolín pidiéndole en cambio una poesía que bajara la tensión, lo que fue respondido con un único, mordiente verso: “Carmelo, hermano, agarrámela con la mano”.

Eran más de las diez y media de la noche cuando todos los bancarios se alistaron para ir a sus casas, sus familias, sus vidas grises. Pero la mayoría debió quedarse en La Estrella porque arreció la tormenta, feroz, tropical y chaqueña como decía mi madre, bonaerense del sur que siempre odió haberse enamorado de mi viejo, que amaba esta tierra inexplicable, inexplicablemente. Volaron techos, cayeron árboles y se inundó la ciudad en un santiamén a fuerza de 350 milímetros de agua en menos de una hora.

La última docena de bancarios ya no pudo salir, porque los coches no arrancaban y era peligroso caminar con el agua a las rodillas en calles y veredas colmadas de cables caídos. 

Se improvisó entonces la celebración, que no tenía valor religioso para casi ninguno. Se dispusieron sánguches de miga, medialunas de la mañana, cerveza a discreción y enseguida se gestó un raro buen humor generalizado. Y entonces descolló el Pueta Lugurúa, el único que supo qué hacer en esa circunstancia.

Los hizo sentar a todos, una docena entre bancarios y parroquianos sin asunto o sin familias, que era lo mismo, y empezó a recitarles poemas de memoria, o al menos como los recordaba. En medio de truenos y relámpagos fue impactante la transmutación del Flaco Rolín, que en pocos minutos salió de su grisura para iluminar la Nochebuena con versos universales, emocionando a todos y en particular a Doña Midori y la pequeña Tsuneko, que atendían las mesas y a las doce menos cuarto repartieron sidra fría con pedazos del Pan Dulce que había dormido toda la semana en la barra estañada.

El Pueta Lugurúa recitó versos amables y alusivos a cada uno de los retenidos por la tormenta en el Bar La Estrella. Quizás porque corrió un aire de resignación generalizado, los ánimos se calmaron y Rolín recitó primero a Neruda y después a Octavio Paz, y luego a Delmira y Fernández Moreno y hasta a Veiravé, que era joven y era nuestro, y mirando a cada uno de los presentes a los ojos descerrajó versos que atraparon y serenaron, y fueron festejados por la banca y por los puntos de otras mesas que siguieron el recital con creciente atención y aplausos.

Contaba mi viejo, después, que lo más hermoso de aquella navidad fue el abrazo que se dieron todos a las doce en punto y uno por uno, y los juramentos de amistad y las promesas de aficionarse a la poesía gracias al estímulo precursor –lo dijo el Turco Seba, lagrimeando– del Pueta Lugurúa.

Obvio que no se cumplieron tales propósitos y que aquella Argentina, décadas después, desapareció, militarizada y violenta. Pero también es cierto que evocar navidades así pueden ser señales, quizá esperanzadoras, de que la Historia es dinámica y cambiante. Las navidades no son todas iguales ¿no?

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