A veces los libros del pasado hablan del presente. Un presente que parece caminar por los mismos o similares lugares pesadillescos.
“El período presente es de esos en los que todo lo que parece suponer una razón para vivir se evapora y, si no queremos caer en el desasosiego o la inconsciencia, debemos cuestionarlo todo. Que el triunfo de los movimientos autoritarios y nacionalistas arruine por todas partes la esperanza que las buena agentes habían depositado en la democracia y el pacifismo no es más una parte del mal”. Esa voz que me llega, tan actual, es la de Simone Weil en los años treinta (el libro Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social fue reeditado por Ediciones Godot), quien habiendo visitado Alemania y siendo testigo del ascenso del nazismo veía con preocupación lo que se venía.
Weil fue lúcida y precoz. Enferma de tuberculosis, murió de hambre, a los 34 años, tras negarse a comer otra cosa que no fueran las raciones asignadas a los soldados franceses que luchaban en la segunda guerra mundial. No lo hizo porque quería morir sino porque quería ser buena persona. Simone de Beauvoir la envidiaba por su capacidad de sentir amor por la humanidad. Estudiaron juntas. “Me explicó en un tono cortante que una sola cosa contaba hoy en toda la Tierra: una revolución que diera de comer a todo el mundo. De manera no menos perentoria le objeté que el problema no es hacer felices a los hombres, sino encontrar un sentido a su existencia. Ella me miró fijamente. "Cómo se nota que usted nunca ha pasado hambre"”, contó la filósofa feminista.
Cuando Weil moría, sus mayores temores sobre lo que pasaría en Europa se estaban cumpliendo. En esos años se gestaba la novela Sin destino, en la que el escritor húngaro Imre Kertész exhibe un aspecto particular de las condiciones de producción del dominio nazi. El número de deportados de Hungría a los campos de exterminio superó el medio millón. El autor fue deportado a Auschwitz y otros campos y lo mismo le pasa a su personaje. La novela está narrada desde el punto de vista de un chico de 15 años. Como lectores ya sabemos lo que son los campos de exterminio pero el protagonista de la novela no, y no quiere saberlo hasta que las evidencias son demasiado elocuentes. Sabía que al padre lo habían llamado a hacer “trabajos obligatorios” y que tardaría en volver a verlo. Pero él es adolescente y está en otra. Su primer beso lo da por casualidad en el refugio antiaéreo del sótano, a una chica a la que ya le crecieron las tetas por debajo de su estrella amarilla. Le cansan las charlas de los adultos que le quieren explicar cómo son las cosas. El tío le dijo que no debía olvidar que en su trabajo no estaba solo sino que representaba a toda la comunidad judía y que su comportamiento debía ser intachable, puesto que no solo lo juzgarían a él sino a todos los judíos.
Después de unos meses, el chico se anota “voluntariamente” para trabajar en Alemania y de pronto lo suben con otros miles a un tren de carga y viajan tres días sin agua, comida ni baños, como hemos visto en tantas películas. La sed es lo que más le preocupa pero igual ansía llegar al destino para trabajar. Se dice para darse ánimos que los alemanes son gente seria y que lo importante es trabajar y obedecer, no causar problemas.
Este es apenas el comienzo de la novela que luego relata un año y medio en distintos campos de exterminio nazi de los que el protagonista sobrevive milagrosamente. Lo que me pareció interesante es el punto de vista elegido por el autor, una distancia irónica que permite ver de qué forma la avanzada nazi sobre Hungría pudo hacerse con un relato anclado en ideas preexistentes acerca del deber ser, que terminó arrasando antes de lo imaginado no solo con sus principales y declarados enemigos, la comunidad judía, sino incluso con quienes podrían llegar a estar de acuerdo con el nazismo.
Mientras lo leía --y salvando las enormes distancias-- me vino un tufillo a esa mirada inocente con la que muchos argentinos y argentinas depositaron en 2023 un voto de confianza en un distinto que les dijo que hay que ser buena gente, lo que se traduciría en sufrir para salir mejores; que hay que trabajar aunque te paguen poco y si no alcanza la plata, hay que hacer una comida menos pero hay que aguantar; aguantar porque al final llegará la recompensa.
Me hizo pensar también en la distancia irónica (hoy se habla del consumo irónico) con la que sus seguidores festejan, más o menos contentos, el ascenso de un tipo que se anima a hacer lo que nadie y que, al contrario que Weil, es afecto a la crueldad y el desprecio.
Un tipo que habla a los gritos y a las puteadas y no tiene miedo de pifiarla feo porque eso sería aún más festejado por quienes entienden que el avance de un gobierno sostenido por el odio al otro, la negación de los derechos más básicos, la economía del hambre para los grupos más vulnerados, el recorte como un dios al que hay que rendirse, son motivos de exaltación del líder. También lo es la vuelta retórica por la cual habla contra la casta y está rodeado por ella, ataca a supuestos periodistas ensobrados, chorros y corruptos y acumula escándalos de corrupción, se dice liberal y es de los más conservadores en términos de derechos sociales y de género.
Volviendo a la cuestión del comienzo, el pasado que vuelve, hay que decir, por supuesto, que no lo hace exactamente igual sino con exaltaciones o desvíos.
Luisa Valenzuela habla de esto en la nueva edición de su novela Cola de lagartija (Interzona). Escrita en México entre 1980 y 1981, la novela tiene como personaje al llamado “Brujo”, el único reconocible bajo ese apodo en nuestra historia política reciente. Al revisar las pruebas para su nueva publicación, dice, la golpea la tragedia que se repite con sus “atroces visos de farsa”. El eterno retorno. El péndulo que va de una punta a la otra siempre pasando por los mismos lugares. Aunque encontrando nuevos recursos y estrategias con las que expandirse.
En Cola de lagartija es sorprendente la ambigua relación del personaje, el “Brujo”, con su cuerpo, sus genitales específicamente, donde reside según su relato, Estrella, la hermana gemela que en el vientre materno eligió incorporarse a él. Ella está arriba y él abajo, sabe mejor que él lo que tiene que hacer y es además su gran amor. Cola de lagartija es una ficción y sus construcciones, claro está, hablan metafóricamente, pero también actualizan el presente.
El “Brujo” es una amenaza para el gobierno en tanto en él (y por tanto en Estrella ya que son inseparables), en sus poderes de ocultismo, en su locura mesiánica reside su desembarco en el Poder.
En esta vida ficcionada del “Brujo” José López Rega se dice:
“--Esta desgracia se repite cada tanto en la historia de la humanidad. Se llama fascismo
--No tenía por qué ocurrirnos a nosotros. Un pueblo alfabetizado, brillante, trabajador, pacífico”.
Hay quienes dicen que no se puede hablar de fascismo en nuestro caso, porque el nombre y las características corresponden a otra época. Que más bien habría que hablar de gobierno autoritario ya que ni siquiera en las formalidades respeta un orden republicano y menos tiene apego a la Constitución.
Así y todo, vale la pena volver atrás para seguir pensando el presente.