De Mundiales, eventos e inversiones

¿En que se relacionan las obras de la “villa olímpica “ que se construye en Lugano y Soldati para los Juegos de la Juventud 2018, la foto de Mauricio Macri con los presidentes Tabaré Vázquez y Horacio Cartés postulando la realización conjunta del Mundial 2030, los inconvenientes de tránsito y de seguridad que originó la cumbre de la Organización Mundial de Comercio y los que seguramente originarán las del G-20, y la extraña alquimia entre preservación patrimonial y negocio inmobiliario en torno al Pabellón del Centenario actualmente escondido detrás de un hipermercado palermitano?

Uno de los nexos relacionales más importantes entre estos eventos es que tanto los Juegos Olímpicos como los Mundiales, como las Exposiciones Universales, como la organización de Conferencias Mundiales o ser anfitriones de reuniones globales. no son una carga impuesta al país sino que por el contrario son los países y ciudades quienes se postulan para recibirlas u organizarlas. 

Y a partir de este carácter voluntario que implica la decisión o voluntad de organizarlos es que surgen las preguntas. ¿Cuáles deben ser los parámetros de evaluación para postularse? ¿Cómo se invierte y aprovecha la infraestructura? ¿Cómo se minimizan las externalidades negativas y si se potencian las positivas? ¿Cómo se evita que estas grandes obras no caigan en los circuitos de sobornos y corrupción? ¿Las obras deben acentuar/potenciar/embellecer las fisonomías y características locales, o debe apostarse a la transformación integral?

Durante un reciente viaje a la siempre fantástica Río de Janeiro y mientras observaba las obras de infraestructura del Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos 2016, recordando la polémica por los gastos de organización y los dolores de cabeza que le trajo a Dilma Rousseff no pude menos que asociarlos con polémicas similares en la mayoría de los países/ciudades que organizaron citas similares. Hasta ocurre en aquellas donde el autoritarismo del régimen político acalla el disenso (recordar el caso tratado en esta columna sobre la demolición en China del centro histórico de la antiquísima ciudad de Cantón para construir un nuevo downtown futurista para los Juegos Asiáticos).

Si uno observa los Juegos o Mundiales organizados en las últimas décadas fueron pocos los casos donde el balance entre el costo de inversión y los beneficios de la infraestructura remanente arrojaran un saldo claramente positivo, como en Barcelona 1992. Por el contrario fueron y son muy criticados los innumerables “elefantes blancos” que quedaron en países como Grecia, Sudáfrica o Brasil. Reflexionaba en mi tour carioca no vacacional que mas allá del debido análisis sobre costos y recuperos que un país o una ciudad debe realizar antes de embarcarse organizar un evento de relevancia global, existen razones que escapan al análisis econométrico. 

Al igual que las familias al organizar eventos sociales que insumen importantes gastos y esfuerzos, como un casamiento o un cumpleaños de quince, el asunto no se define en función de la capacidad de recupero que pueda lograrse por los regalos. El eje es el grado de autosatisfacción que le pueda brindar a quienes lo encaran y también afianzar los vínculos con familiares, amigos y el entorno social. Las ciudades y los Estados, ya desde la antigüedad fueron encontrando su forma de “presentarse en sociedad”, desde la inversión de las ciudades del mundo helénico para exhibir sus mejores atletas en las Olimpiadas, hasta fastuosas fiestas de casamiento o de asunción organizadas en los castillos y palacios. 

Con la modernidad fueron ciudades y nuevos estados que buscaron exhibirse organizando Exposiciones o Ferias Universales, como la de París de 1876 o la nuestra del Centenario, cuyo único resto es el pabellón en Palermo. Para esta época las repúblicas emergentes buscaron emular las coronaciones y festejos reales de las monarquías, aprovechando para invitar a mandatarios de todo el mundo. Obviamente que la reinstalación de los Juegos Olímpicos modernos y a partir de 1930 los Mundiales de Fútbol, se convirtieron en la gran vidriera para mostrar y mostrarse. 

Y aquí vienen las preguntas que deberían hacerse las sociedades que pretenden encarar este tipo de eventos: ¿Me quiero mostrar? ¿Qué quiero mostrar? Los líderes políticos del Centenario lo tenían claro, quizás nosotros no tanto.