Opinión
Nahir y dos disparos que nos interpelan

Nahir Galarza tiene 19 años y estudiaba Derecho en la Universidad de Concepción del Uruguay. Está presa desde el viernes a la noche después de confesar que mató a su novio, Fernando Pastorizzo, de 21 años, con el arma reglamentaria de su padre policía. El caso rápidamente tiene más repercusión que cualquier femicidio porque sale de la norma:  en la Argentina cada 29 horas un varón asesina a una mujer por el hecho de ser mujer. Nos fuimos acostumbrando a esa violencia machista que arrebata casi cada día una vida de una mujer, muchas de ellas adolescentes y jóvenes. Pero que una piba le pegue dos disparos a su novio no es de todos los días. Por eso muchos medios se hacen una panzada. Cumple con una de las reglas que convierten en noticia un hecho: la excepcionalidad.

Según su propio relato, lo mató y se fue a dormir y después escribió un mensaje amoroso en Instagram. “Cinco años juntos, peleando, yendo y viniendo pero siempre con el mismo amor. Te amo para siempre, mi ángel”, posteó, el viernes por la mañana, Nahir. Acompañó el texto con una foto de Fernando, besándole el hombro. A esa hora, el joven, yacía muerto con dos disparos en el pecho al costado de una ruta en Gualeguaychú. Los actos de la adolescente mostrarían una conducta perversa: no demostró empatía con el dolor. La joven fue trasladada al sector psiquiátrico de un hospital, donde permanece detenida.

No es verdad, como afirmó Agustín Laje, en Twitter, que si fuera hombre estaría preso en una cárcel: también hay varones femicidas que terminan en neuropsiquiátricos, por decisión judicial, como el veterinario, de 27 años Mariano Alejandro Bonetto, que apuñaló y mató a las adolescentes Nuria Cuoto, de 18, y Natalia Grebenshikova, de 15, en la Plaza Irala, de La Boca, en 2016. En primera instancia fue declarado inimputable.  

En su declaración, Nahir quiso despegar a su familia, especialmente a su padre, de la autoría del hecho. ¿Está protegiendo con su versión del crimen a otra persona? Esa pregunta surge, como otras, muchas. 

Por el abordaje de algunos medios, parece un caso esperado, hasta deseado, casi como una forma de revancha frente a tanto feminismo en las calles que denuncia las violencias machistas en sus distintas caras. ¿Hay mujeres violentas? Claro que sí. ¿Hay hombres que sufren esa violencia? Por supuesto. Las mujeres no son buenas por naturaleza, como los hombres tampoco son violentos por naturaleza. Las mujeres no son en esencia puras y santas. Pero no es un caso de “violencia de género al revés”. El punto es que la violencia que sufren algunos varones de parte de sus parejas mujeres no constituye un problema social –por su magnitud– y no afecta a un grupo poblacional históricamente discriminado y subordinado, como es el caso de las mujeres. Es cierto que aquellos varones que sufren violencia en relaciones de pareja pueden sentirse avergonzados y no piden ayuda ni denuncian, porque el propio patriarcado los enseñó a ser fuertes, valientes, machos. El patriarcado es una trampa para mujeres y para varones. Por eso luchamos para que se caiga. Lo dijo con una claridad conmovedora la hermana del joven asesinado, también ella, adolescente: “La lucha feminista contra la violencia de género busca también visibilizar la violencia de mujeres hacia hombres, situaciones que no son denunciadas por las burlas impuestas por el patriarcado. Hoy le tocó a mi familia, y voy a luchar con más fuerzas que nunca porque nunca más pase algo así, que se genere conciencia acerca de las relaciones tóxicas y cuán importante es alejarse de ellas”.

El padre de Nahir dejó traslucir que ella podría haber sido víctima de violencia de parte de él. Nada, de todas formas, justifica el desenlace trágico. “Mi hija no es un monstruo, lo digo porque es una chica que no tiene el perfil de ser nada de lo que se cree, ni siquiera fuma, nunca tuvo problemas de adicción. Fue educada dentro de lo mejor que se le puede dar. Hace mucho tiempo se habían peleado con el novio. No quiero justificarla, para nada, pero hace tiempo la llevamos a hacer exámenes y tenía la entrepierna lastimada y estaba golpeada. Ella entrenaba, y el chico del gimnasio le preguntaba qué pasó y ella decía que se había caído de la escalera”, sostuvo Marcelo Galarza, dueño del arma asesina.

El caso pone en primer plano, por un lado, el grave peligro que significa que los integrantes de fuerzas de seguridad tengan el arma reglamentaria las 24 horas del día, es decir, que la lleven incluso a su casa cuando están fuera de servicio. La presencia de armas en un hogar aumenta considerablemente el riesgo de que haya muertes. Las armas no las carga el diablo, como decía mi abuelo. El fin de semana un agente penitenciario ejecutó un quíntuple femicidio con su 9 milímetros, la que le provee el propio Estado, y como señalé, tenía denuncias previas por violencia de género de parte de su ex pareja y ni en el Servicio Penitenciario ni en la Justicia se ocuparon de quitársela. Los casos no son aislados. 

El otro tema que queda en evidencia es la urgencia de que se implemente efectivamente en todas las escuelas del país, desde el nivel inicial, y transversalmente en las clases, la educación sexual integral –como fija la Ley 26.150, votada por el Congreso en 2006–, para prevenir los noviazgos violentos, desarmar los mitos del amor romántico, los amores tóxicos, posesivos, que cosifican al otrx. A muchas mujeres se les enseña que no pueden vivir sin un hombre, se nos educa incapaces de sobrevivir sin una pareja, hasta se nos machaca con la idea de que debemos estar juntos hasta la muerte. La educación sexual integral tiene un enorme potencial para construir un sistema educativo que busque reflexionar y combatir el machismo de nuestra sociedad. La decisión política del Gobierno de debilitar el Programa Nacional de ESI, desde que asumió la gestión macrista, está dilapidando una oportunidad histórica para que nuestras hijas e hijos aprendan a construir otros vínculos amorosos. Sin sometimiento ni opresión. Sin violencia. Es el gran desafío.

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