Juan y el sol

El cuento por su autor

Para mí es un dogma literario que los cuentos son cuentos, no fragmentos biográficos de sus autores/as.

Suelo recordar esto a quienes se interesan por el origen de mis relatos, y por eso ahora digo solamente que “Juan y el sol” es un cuento que escribí hace muchos años y que lo inventé no recuerdo cómo ni por qué. Aunque es presumible que haya surgido como homenaje al utopista que fue mi padre, que murió muy joven y para mí sigue siendo una figura como de puzzle inacabado, siempre incompleto.

Tengo pedacitos sueltos de él, recuerdos fragmentados, fotografías en blanco y negro. Que a veces funcionan como materiales narrativos, y siempre en circunstancias parecidas. 

Mi viejo era viajante, recorría el Chaco a bordo de un Ford 40 para mí gigantesco y poderoso, y vendía cosas, levantaba pedidos, los entregaba atravesando caminos y selvas imposibles, y tenía amigos en todos lados. Y sobre todo era un hombre bueno, noble, derecho como rayo de bicicleta, de esos que hoy casi no existen.

Todo eso está en este cuento, me parece. Y ahora que debo escribir estas líneas, me doy cuenta de que es todo lo que quiero decir de “Juan y el sol”. Un cuento que me gusta haber escrito alguna vez, y que, me parece, con los años no se ha deslucido.


Juan y el sol

Por Mempo Giardinelli

A la memoria de Buby Leonelli

nLlovía tanto que parecía que el mundo entero se estaba licuando. Hacía un mes que no paraba. Y cuando paraba era por un ratito, algunas horas, a lo mucho amainaba medio día o toda una tarde, pero enseguida se largaba otra vez. Un mes así. Un mes y pico.

Papá decía que era la lluvia más larga y copiosa que había caído en toda la historia del Chaco. Y que la situación era dramática porque tenían un amigo que se estaba muriendo en un pueblito que se llamaba Puerto Bermejo. Y es que la tuberculosis, que en aquella época era una enfermedad incurable, se combatía con sol y clima seco, que era justamente lo que las lluvias impedían.

–Pero tendríamos que ir a verlo –contaba papá que decía Tío Mingo, que era su mejor amigo, con la vista clavada en la laguna en que se había convertido la calle por la que cada tanto pasaba un coche haciendo oleaje.

Venancio, que era otro amigo, con el codo izquierdo sobre la mesa y el mentón apoyado sobre la palma de la mano asentía rítmicamente, con los ojos humedecidos. Era gordo y ancho como un sapo y más bueno que el pan, como decía papá.

–Pobre Juan, caray. Tendríamos que ir a verlo, sí.

Hacía varios meses que el amigo Juan Saravia estaba enfermo y eso los tenía muy preocupados. Según contaba papá, Juan era un salteño avecindado en la zona de Puerto Bermejo, a unos cien kilómetros de Resistencia, sobre el río de igual nombre, y vivía en una casa construida con sus propias manos, años atrás, cuando llegó de Salta como viajante de repuestos de autos. Se habían hecho amigos en un hotelito de Samuhú, una noche en que los tres coincidieron por culpa de otras lluvias que anegaban los caminos, en los tiempos en que Tío Mingo era supervisor del Banco Nación y mi papá viajante de comercio. Durante años recorrieron juntos todo el Nordeste y después Juan se retiró a vivir junto al río, solitario, por no sé qué amor contrariado. Ahora, la tuberculosis lo estaba matando.

Aquella mañana, en el Bar “La Estrella”, lo único que se podía hacer era mirar la lluvia, que caía lenta y perezosa pero constante como los dolores de muela cuando te agarran de noche. Ya habían hablado de política, de negocios, de fútbol y de todas las cosas que interesan a los hombres en los bares.

Entonces Tío Mingo dijo:

–Ché, tendríamos que ir. Hace mucho que no vamos.

–Desde que empezó a llover –recordó papá–. Hace más de un mes.

–Vos dijiste que hay que ir. Entonces hay que ir –dijo Venancio, que era de esa clase de tipos que siempre están pendientes de lo que dicen o hacen sus amigos. Y como los niños, jamás admiten el incumplimiento de una promesa. 

Todos se miraron como cambiando culpas por decisión. Sabían que los caminos estaban intransitables, y además la falta de sol no tenía remedio. Pero no podían hacer otra cosa que ponerse en marcha.

–Bueno, vamos –dijo Venancio y se puso de pie lentamente, como hacen los gordos. 

Entonces Tío Mingo llamó al japonés que atendía el bar para pagarle y después cruzaron la calle y subieron al Ford de papá, que a pesar de la humedad arrancó enseguida. Y enfilaron para el Norte, por el camino a Formosa.

El amigo Juan Saravia sólo tenía cuarenta y dos años pero la última vez que lo habían visto parecía de setenta. Flaco y consumido, escupía unos gargajos como cucarachas y no quería salir de Puerto Bermejo porque ahí un almacén era atendido por un hermano suyo, también salteño, que era toda la familia que tenía. Venancio, Tío Mingo y mi papá eran los únicos amigos que le quedaban en todo el mundo y cada tanto, algún sábado, iban a visitarlo en el Ford de papi y lo ponían a tomar sol y le contaban cosas de la ciudad.

Pero aquella temporada el sol escaseaba y eso, para un tuberculoso, era la muerte segura. Campos y caminos estaban todos inundados. El Bermejo traía agua torrentosa y como había llovido cuatro semanas sin parar el pueblo parecía sumergirse un poco más cada mañana. El Paraguay y el Paraná también estaban sobrecargados, y era como si dos países se derramaran sobre un tercero para aplastarlo. El Bermejo no tenía dónde desaguar sus aluviones, que se esparcían por una gigantesca comarca achaparrada, inabarcable, pues la falta de una sola serranía, de una miserable colina, hacía que todo el Chaco pareciera un inmensurable mar. La mancha de agua se propagaba día a día, y hora a hora, y los pocos caminos terraplenados y las vías del ferrocarril semejaban cicatrices en el agua. Y el sol, que era tan necesario para los campos como para el amigo tuberculoso que se moría inapelablemente, parecía un recuerdo. Apenas asomaba, mezquino, de tanto en tanto, para espantarse enseguida ante esos nubarrones negros y gordos que nunca cedían.

La noche anterior Tío Mingo había conseguido una comunicación telefónica con Puerto Bermejo, y el otro Saravia le había dicho que Juan estaba muy mal, grave, tosiendo como un motor y sumido en un delirio constante. La quinina que le suministraba ya no le hacía efecto y el médico del pueblo, el viejo Zenón Barrios, lo había desahuciado.

Así que partieron pasado el mediodía, bajo un cielo encapotado como en las películas de terror, y cuando llegaron –porque a pesar del agua y el barro consiguieron llegar– Juan Saravia dormía de pura debilidad. Los tres amigos y el otro Saravia se miraron, impotentes, y mientras Venancio preparaba unos mates Juan abrió los ojos y los reconoció con un débil parpadeo luego del cual volvió a sumergirse en su fiebre. Cada tanto esputaba gargajos gruesos, pesados y fieros como arañas pollito. 

Venancio, papá y Tío Mingo se sentaron a su lado a tomar mates, ineficaces pero fieles. 

Cada tanto, uno se levantaba e iba a mirar afuera. Calculaba las nubes, como si las sopesara, y volvía con un gesto de contradicción en la cara, reconociendo la imposibilidad de que reapareciera el sol. 

–No hay caso. No sale –decía.

Y los otros comentaban:

–Si saliera aunque sea un ratito.

–Lo bien que le vendría.

Y el mate cambiaba de manos. Y Juan tosía. Y todos, junto a la cama, se miraban alzando las cejas como admitiendo que no había nada que pudieran hacer.

Toda esa tarde y esa noche se quedaron junto al amigo, turnándose para secarle la frente, darle quinina, hacerlo beber de un vaso de agua, calmarlo cuando brincaba de dolor durante los accesos de tos, y sostenerle la cabeza cuando se ahogaba por la sangre que se le acumulaba en la boca y que ellos se encargaban de vaciar, inclinándole la cabeza hacia la asquerosa y oxidada lata de dulce de batata que hacía de escupidera.

Llovió toda la noche, sin parar, y al amanecer del domingo empezó a soplar un viento del sudeste que los hizo pensar que finalmente iba a salir el sol. Pero a media mañana el cielo seguía encapotado y al mediodía volvió a soltarse la misma lluvia terca, estúpida, que no paraba desde hacía cuatro semanas.

Fue entonces cuando Tío Mingo se golpeó la cabeza, de súbito, y dijo:

–Ché, éste necesita sol y va a tener sol. Vengan.

Y los tres salieron de la casita y se organizaron: mientras Venancio conseguía una escalera, papá y Tío Mingo se dirigieron al único, viejo almacén de ramos generales del pueblo. Aunque era domingo, consiguieron que Don Brauerei les vendiera dos brochas y tres tarros de pintura: amarilla, blanca y azul.

–Si el sol no sale, se lo pintamos nosotros –argumentaron ante el otro Saravia, que de entrada no comprendió los movimientos.

Y en el techo de la habitación en que agonizaba el enfermo, empezaron a pintar un cielo azul con nubecitas blancas, lejanas, y en el centro un sol furiosamente amarillo, tan amarillo y furioso que parecía el Sol de verdad.

A eso de las cuatro de la tarde, Mingo abrió las ventanas de la habitación para que entrara mejor la grisácea claridad del exterior, y Venancio encendió todas las luces y hasta enfocó el buscahuellas del Ford hacia la ventana, para que toda la luz posible se reflejara en el sol del techo. Y rodeando la cama donde moría Juan Saravia, le decían, animosos:

–Mirá el sol, chamigo, mirá que te va a hacer bien.

Y como en una imposible Piedad, como en esos cuadros del Renacimiento, Tío Mingo le sostenía un brazo al moribundo y Venancio le acariciaba la cabeza, apoyada contra su propio pecho, acunándolo como si fuera un hijo, mientras papá iluminaba la escena con el buscahuellas y el otro Saravia cebaba mates y miraba todo como miran los viejos los dibujos animados.

–Mirá el sol, Juan, mirá que te hace bien –y cada tanto, en su agonía, Juan Saravia abría los ojos y miraba ese cielo absurdo.

Así estuvieron varias horas, mientras la llovizna caía y caía como si nunca jamás fuera a dejar de caer. A las cinco y media de la tarde Juan Saravia pestañeó un par de veces y luego mantuvo la vista clavada en el techo, se diría que piadoso él para darle el gusto a sus amigos. Se quedó mirando, durante unos minutos y con una expresión entre asombrada y triste, melancólica, el enorme sol amarillo del techo.

–Mirá, ché, parece que sonríe –dijo Venancio.

–Dale, Juan, seguí mirando que te hace bien –dijo Tío Mingo. 

Pero el enfermo cerró los ojos, vencido por el agotamiento.

Enseguida, como a las seis, la luz del domingo empezó a adelgazarse, a hacerse magra, y con el caer de la noche al hombre le aumentó la fiebre, la tos recrudeció brutalmente y la sangre pulmonar se tornó imparable. 

Juan Saravia se agarró con una mano de una mano de Venancio y con la otra de la izquierda de Tío Mingo, y empezó a irse de este mundo lentamente. Pero antes abrió los ojos para ver por última vez ese sol imposible. Contempló durante unos segundos la redonda bola amarilla pincelada en el techo, y en la boca se le dibujó una sonrisa tenue, casi ilusoria, como la que le aplican a Jesucristo en algunas estampitas religiosas. Después la abrió todo lo grande que pudo para aspirar una inútil, final bocanada de aire, antes de que la última tos le ablandara el cuerpo, que se aflojó como un copo de algodón que se desprende del capullo para que el viento se lo lleve.

El otro Saravia y Venancio se abrazaron para llorar, Tío Mingo se refugió en la cocina y empezó a patear las sillas, y papá, más entero, fue a buscar al juez de paz para que labrara el acta. 

Cuando volvió, Venancio ya había organizado el velorio, para el cual cortó unas alegrías del hogar del patio cubierto y encendió unas velas que encontró en la cocina.

Lo velaron durante la noche, y todo el pueblo se acercó a despedir a Juan Saravia, con esa respetuosa y tozuda ceremoniosidad de la gente de frontera. Al amanecer ya no llovía y el viento del sur empujaba a las nubes como si fueran ganado. 

A las nueve de la mañana, después que un cortejo flaco que parecía desgastarse a cada cuadra acompañó el cuerpo de Juan Saravia hasta el cementerio, y mientras el cura rezaba el Agnus Dei, el cielo se abrió del todo, como una mano amiga. Y entonces el Sol, enorme y caliente y magnífico, irrumpió enfurecido y lo cubrió todo, sin una sola nubecita.

Ahí fue cuando mirando hacia lo alto y todo lo fijo que es posible mirar al Sol, Venancio codeó a Tío Mingo:

–¿Le viste la sonrisa? Yo digo que lo soñó antes de morir.

–Carajo con el sol –dijo Tío Mingo, y emprendieron el regreso.