Caza de brujas
El protagonismo de las lesbianas tanto en la organización del Paro Internacional de Mujeres como en diversas marchas, el protagonismo de mujeres y transexuales cuyo aspecto y modales no coinciden con la imagen de la mujer luchadora pero dentro de ciertos límites, parece proporcional a la reacción del Estado. Persecuciones, arrestos compulsivos, un protocolo para reprimir a la población lgbtiq. En estos últimos días, el procesamiento de Mariana Gómez y Rocío Girat, acusadas de “resistencia a la autoridad y lesiones graves”, se vuelve un caso testigo que alerta a la comunidad.
Imagen: Gala Abramovich

Recordaremos 2017 como el año en que el Estado estableció una forma especial de toque de queda para las lesbianas, y con broche de protocolo de cómo se debe detener a cualquier integrante del “colectivo LGBT”. Firmado y publicado en el Boletín Oficial por el Ministerio de Seguridad. Este protocolo justifica al policía que detiene y causa dolor físico o psíquico que no sea grave (o sea, que no resulte permanente) a la lesbiana, gay, bisexual, travesti o trans que tenga la mala suerte de ser señaladx por alguna razón (por ejemplo, comer pizza después de concurrir a una manifestación del Día Internacional de la Mujer Trabajadora). Porque hecha la ley, ya se sabe. Si no tengo motivo serio y fundado para apresarte, te causo dolor y fabrico el motivo que me faltaba. Es fácil: te resistís a que te lastime las cervicales con una toma de artes marciales o a que te corte la carne con un precinto, y puedo procesarte tranquilamente por “resistencia a la autoridad”. Es tan fácil y rápido como batir un cafecito en polvo para dejarlo con espuma. Eso, y un motivo cualquiera.

Este protocolo, con fecha octubre del año pasado, fue la respuesta estatal a las manifestaciones de lesbianas, feministas y agrupaciones lgbti contra la detención de Mariana Gómez, hoy procesada por “resistencia a la autoridad y lesiones graves”, detenida por negarse a tirar el cigarrillo encendido en un lugar donde muchas otras personas estaban fumando. Mariana estaba conversando con su esposa, Rocío Girat, bajo el enorme techo de policarbonato que cubre el ingreso a la estación del subte C, en Plaza Constitución. En un momento se besaron. A un empleado de Metrovías y a un policía les molestó que permanecieran allí, fumando como tantos otrxs. Y tan torta, Mariana. Tan poco femenina.

Al Estado que cierra fábricas, despide empleadxs públicxs, cambia una fórmula de ajuste para que lxs jubiladxs cobren menos, aplasta el consumo de los sectores populares y se propone llevar a cabo una reforma laboral que consagrará más profundización del empleo precario, le preocupan las feministas. Es decir, le preocupa el nuevo feminismo que exhibe una ecuación de componentes que se fueron consolidando en estos últimos años. Le preocupa que, entre las nuevas feministas jóvenes, las más visibles sean las lesbianas. Con formación teórica, de distintas clases sociales, con sensibilidad social. Sin miedo a mostrarse. A estas lesbianas hoy en ninguna comisaría van a asustarlas diciéndoles: “Le vamos a decir a tu familia que estás acá por tortillera”. Ese era el viejo truco en la época en que podían llevarse presa a una lesbiana solo por besarse con otra en la calle (artículo 2º inciso h de los edictos policiales de la Ciudad de Buenos Aires, en vigencia hasta 1996: “incitación al acto carnal en la vía pública”. La lesbiana es la que calienta a otro, las definiciones policiales las da siempre un varón heterosexual, aunque en el siglo XXI algunxs policías aleguen “en la fuerza hay muchos homosexuales”. Homosexual se dice de muchas maneras. De manera política, pero también de manera closetera). 

TORTAS DE FRENTE MARCH

El protagonismo de las lesbianas se vio en la organización de la serie de masivas movilizaciones desde el primer Paro de Mujeres de octubre de 2016, bajo una lluvia torrencial, como respuesta al femicidio de Lucía Pérez, pasando por el 8 de Marzo (Día Internacional de la Mujer Trabajadora) y hoy -febrero de 2018- sigue en primera fila en las asambleas del colectivo Ni Una Menos en los galpones ferroviarios del ferrocarril Lacroze, preparando la marcha del 8 de Marzo y Paro de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans de 2018. Las intervenciones de lesbianas son aclamadas en estas asambleas. En la lista de puntos exigidos por las tortas se encuentra el cese de la violencia institucional y la criminalización de las lesbianas.

Si la mayoría de las mujeres dieron la espalda durante décadas a un feminismo que señalaba a maridos que no hacen nada en la casa, a hombres que ganan más que las mujeres por hacer la misma tarea, a varones que dejan la marca indeleble del apellido en niñxs de los que se desentienden al separarse de la madre, porque “ay, no es para tanto”, la sociedad postindustrial -que no insiste demasiado en que las mujeres reproduzcan niñxs para las fábricas porque ya se sabe que las máquinas hacen mejor el trabajo- fue ampliando el marco para que las mujeres cuestionen el lugar de subordinación que ocupan. Y para que los colectivos lgbti ganaran derechos. Esos avances se profundizaron de la mano de las teorías feministas lesbianas que cuestionan más profundamente la organización social en torno a la familia heterosexual con cabeza en el pater familiae e impugnan la concepción binaria de los géneros y la existencia de la categoría de sexo que sirve para dividir a la sociedad en dos grupos: varones-opresores y mujeres-oprimidas. La fórmula “Muerte al macho” alude a demoler el pedestal donde el varón se ubica como opresor, a luchar por relaciones igualitarias entre los géneros.

Este nuevo feminismo que avanza con la velocidad de un tren rápido -con muy pocas estaciones intermedias- llega a los medios masivos de comunicación, no se avergüenza de su radicalidad ni se resume a una procesión de mujeres llorosas reclamando policías que las defiendan y botones antipánico. Este nuevo feminismo recibe a las mujeres que aún atraviesan el momento de las lágrimas, pero trasciende ampliamente el momento del dolor y el poder hablarlo en un grupo de pares. 

¿Cómo contener a este movimiento cuya su intención no se limita a defenderse de golpes, abusos y asesinatos sino que, por sobre todas las cosas, reclama condiciones materiales dignas de existencia y derechos para todas/todes las mujeres, lesbianas, travestis, trans y grupos sociales afectadxs por políticas de exclusión? Hasta ayer, cuando el Ministerio de Seguridad publicó el protocolo, estas barulleras podían ser catalogadas como “raras”, “locas”, “exaltadas”. Y derechito al calabozo. Pero ahora las raras, locas y exaltadas construyen sentido común desde la televisión, elevan el rating de los programas de la tarde y suscitan adhesiones masivas en las redes sociales. ¿Cómo conjuga este protocolo y el nuevo lugar de las feministas con la necesidad de “normalizar” las calles para controlarlas mejor, con la necesidad de expulsar a pobres, raros y molestos de las calles?

DESFASAJES 

Al hablar de un “toque de queda especial para lesbianas” hay que incluir a las detenidas el 7 de marzo, interceptadas por un grupo de machistas y entregadas a la policía; las bisexuales y lesbianas marcadas en la manifestación del 8 de marzo por su “pinta de tortas” y cazadas dos horas más tarde en una pizzería, golpeadas, incomunicadas y requisadas a piaccere (incluso filmadas desnudas). Se suma el caso de Estefanía Camera Da Boa Morte, periodista y activista afrodescendiente y lgbti detenida por filmar para un medio la manifestación del 14 de diciembre, encarcelada en Gendarmería y a quien no se permitió usar el baño de mujeres (contrario a lo que indica el protocolo de detención para personas LGBT: siempre se debe preguntar cuál de los dos baños quiere usar). Encarcelada 24 horas, procesada por el juez Claudio Bonadío por “intimidación pública y resistencia a la autoridad”. Abogadxs de derechos humanos trabajan para apelar todos los procesamientos de lxs detenidxs el 14 y 18 de diciembre.

Desde la derogación de los edictos que la policía de Buenos Aires no se sentía habilitada para enviar al calabozo a lesbianas con cualquier excusa. Pero en determinados lugares, el derecho de admisión funciona como un sistema policial privado. En agosto de 2016, el encargado del bar La Biela hizo echar del local a dos lesbianas se acariciaban mientras conversaban, para proteger a las miradas heterosexuales del bochornoso espectáculo. El mozo que las encaró (camisa blanca con ligas negras para arremangarse, al estilo de los años 50) las trató de “ridículas”. Las lesbianas denunciaron a los empleados del bar por discriminación y, por disposición del Gobierno de la Ciudad, todos tuvieron que asistir a una capacitación sobre “diversidad sexual”. En este nuevo contexto de “normalización” conservadora de los espacios públicos, ¿aquellos empleados ganarían un ascenso?

Dentro de este nuevo panorama “normalizador” (sinónimo de discriminador) y de giro en la concepción de “seguridad”, el 2 de octubre la policía se lleva presa a Mariana Gómez. Un policía alega que Mariana fumaba en un lugar prohibido y se resistió al arresto con golpes y arrancando un mechón de pelo. Y la Justicia solo quiere escuchar la campana uniformada. 

El 29 de diciembre, sobre la feria judicial, la jueza María Fontbona de Pombo dicta el procesamiento a Mariana Gómez. A la defensa -a cargo del abogado Lisandro Teszkiewicz- la notifican recién el 1º de febrero. La orden de la jueza era notificar después de la feria. “No tuvimos ese mes para analizar la apelación”, dice Teszkiewicz. 

La noticia del procesamiento de Mariana se desparrama por whatsapp entre las lesbianas. En el siguiente contexto: el Presidente de la Nación felicita a un policía imputado por dispararle por la espalda a un delincuente caído, herido y neutralizado. Un video desmiente la versión del agente. Mauricio Macri tuitea: “Hoy recibí a Luis Chocobar en la Casa Rosada. Quería ofrecerle todo mi apoyo, decirle que lo acompañamos y que confiamos en que la Justicia en otra instancia lo liberará de todo cargo, reconociendo su valentía”. Un mensaje al Poder Judicial de que la policía siempre hace bien su trabajo. Para qué buscarse inconvenientes investigando. Anote directamente lo que dice el señor de uniforme. Las palabras de Macri se suman al adelanto de la vicepresidenta, Gabriela Michetti, después del asesinato por la espalda de Rafael Nahuel en Villa Mascardi: “El beneficio de la duda siempre lo tiene que tener la fuerza de seguridad”. Si quiere disentir y quedó procesadx, alégrese. La sacó barata.

Pero como en la vieja ley del desarrollo desigual y combinado, formulada por León Trotsky para explicar la dinámica de desarrollo capitalista ruso y de los países atrasados, la jueza dictó el procesamiento antes de que el feminismo se convirtiera en tema central de los programas televisivos de la tevé, forjando un nuevo sentido común entre las audiencias femeninas. ¿Quién podría justificar la detención de una chica en las circunstancias en que fue detenida Mariana? Solo basta con conocer lo que ocurría en los minutos previos. 

Mariana y Rocío solo querían estar tranquilas un rato. Necesitaban despedirse antes de irse a trabajar y de un viaje decisivo de una de ellas. Fumaban como tantas personas que circulaban bajo ese techo inmenso. A ningún otro le preguntaron nunca por qué fumaba ni lo obligaron a apagar el cigarrillo. Y vaya que aquellas dos chicas tenían motivos para estar angustiadas aquel día. Merecían abrazos y acompañamiento. No golpes y muñecas esposadas. Pero hacérselo entender a La Autoridad.

LA NUEVA POLICIA DEL GENERO

En el auto de procesamiento no hay registro de las circunstancias previas que dieron lugar a la detención de Mariana. Ni una sola vez se menciona la palabra “beso”. Nadie explica que Mariana y Rocío se refugiaron de la lluvia bajo el enorme techo transparente. Que tenían que conversar un rato antes de ir a trabajar. Que Rocío estaba muy angustiada porque debía viajar a Mar del Plata, donde su padre abusador iba a ser juzgado por amenazarla de muerte -a ella y a su madre-, delante del tribunal que lo condenó. Mariana sabía muy bien qué clase de angustia apretaba la garganta de Rocío, porque ella fue abusada por su padrastro y por su abuelastro y tuvo que declarar en Tribunales soportando la revictimización que el sistema aplica a las mujeres abusadas que denuncian. 

La tensión se cortaba con cigarrillo. Mariana y Rocío fumaban. Y muchxs otrxs pasajerxs encendían su cigarrillo al atravesar los molinetes. No había carteles que prohibieran fumar en el hall abierto a la Plaza, del otro lado de los molinetes. Los carteles los pegaron después de la detención de Mariana. Las miradas de dos varones seleccionaron a Mariana. Uno, empleado de Metrovías. El otro, policía. 

¿Por qué seleccionaron a Mariana y no a Rocío? Las dos estaban fumando. La única respuesta posible es: porque Mariana no tiene aspecto femenino. Ellas denuncian que el policía trató a Mariana en masculino, de “pibe”. (Por sus hábitos de comunicación, sabemos que la policía divide a la población en masculino/femenina). ¿Por qué no hay testigos de ese primer momento? Porque a nadie le llama la atención ver a un policía y a un empleado del subte acercándose a dos chicas. Lxs pasajerxs comenzaron a arremolinarse cuando el policía se fue sobre Mariana con violencia, para detenerla. Mariana le respondió que todo el mundo estaba fumando, que terminaba el cigarrillo y se iba. Pero el policía no quiso dejar que se fuera. Desde que Mariana desconoció su facultad de tratarla de manera discriminatoria, él ya tenía intención de apresarla. 

El oficial Jonatan Rojo alega que Rocío le advirtió que Mariana se iba a poner violenta. Lo que se oculta es que Rocío no tuvo oportunidad de hablar ni de explicar cuál fue la situación que las llevó a estar un largo rato en ese lugar. Nadie le dejó explicar que Mariana ya no podía soportar ni un segundo más de la violencia de un varón sobre su cuerpo. Pero el policía solo vio la rebeldía de la torta, el beso lesbiano que excluye para siempre a los propietarios seculares de los cuerpos femeninos. Beso-cigarrillo. Y una imagen que retrotrae a la policía federal argentina de los 60, que actuaba como policía del género deteniendo a los muchachos de pelo largo y a las mujeres jóvenes de pantalones. 

A Mariana Gómez se la llevaron presa y la desnudaron en el calabozo para requisarla. A Rocío no le comunicaron adónde llevaban a Mariana ni reconocieron su condición legal de “esposa” para darle la información que pedía. Le exigieron la libreta de matrimonio, algo que no se pide a ningún heterosexual. 

Durante el mes de octubre, hubo manifestaciones de apoyo a Mariana y Rocío frente a Tribunales y en Plaza Constitución. El jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, dio su apoyo al policía y el Ministerio de Seguridad respondió con el nuevo protocolo que avanza contra derechos y libertades.

El protocolo prohíbe “todo acto por el cual se inflija intencionalmente a una persona dolores o sufrimientos graves”. Graves son los que dejan secuelas permanentes. De manera tal que los dolores y sufrimientos que no causan ese tipo de secuelas ahora están permitidos durante la detención. Lo que no dice el protocolo es que los dolores y sufrimientos provocados durante la detención resultan útiles para que se configure el delito de “resistencia a la autoridad” y así justificar judicialmente cada arresto. La Justicia puede validar este procedimiento, anotando en el expediente solamente la segunda parte de la detención: a partir de los intentos del detenido para zafar del dolor físico o psíquico, pero sin hablar de la causa sino solamente de la consecuencia. La Justicia puede elegir la historia completa o puede borrar la primera parte. Está en la conciencia de cada jueza y de cada juez la valoración de los hechos y las circunstancias. Ellxs son quienes pueden convalidar o impedir que sigan ocurriendo detenciones arbitrarias. La Justicia está en posición de plantarse y decir, “momentito, cuénteme la secuencia previa desde que seleccionó a X persona para acercarse y exhibirle su Autoridad”. Lo mismo a lxs detenidxs. Y dejar constancia en el expediente si los testigos vieron solo la segunda parte del procedimiento o lo presenciaron completo.

¿Cuándo se puede detener, según el protocolo? La privación de la libertad de una persona por la comisión de una falta o contravención solo procederá de un modo excepcional y siempre que ella tenga prevista una pena privativa de la libertad.

Esa situación no se configuró cuando el policía justificó el arresto de Mariana en su negativa de tirar el cigarrillo.

El Protocolo agrega que la privación de la libertad también procederá de modo excepcional: Cuando sea en cumplimiento de una orden precisa de las autoridades encargadas de sancionarla.

El policía Jonatan Rojo pidió autorización al fiscal de turno para arrestar a Mariana. Pero lo hizo después de esposarla y de que Mariana intentara defenderse del arresto sin sentido. No pidió autorización para detenerla cuando le ordenó dejar el cigarrillo. El fiscal no se enteró de la primera parte. Y la jueza tampoco quiso conocerla, porque no escuchó a Rocío.

Lisandro Teszkiewicz, defensor de Mariana, sostiene que “no hay resistencia a la autoridad porque la orden es ilegítima. El policía Jonatan Rojo declara que es habitual que se fume en esa zona, que solo hay carteles en el área de molinetes, y que normalmente cuando se le advierte a la gente de esa prohibición, dejan de fumar o se retiran. Cuando le pregunté si alguna otra vez iniciaron actuaciones por el tema, dijo que no. También reconoce que cuando Mariana se quiso ir, él no la dejó y da un argumento increíble: dice que porque Rocío le había advertido que se estaba poniendo violenta, él no podía dejarla ir por aplicación del protocolo de violencia de género”.

El martes hubo una nueva convocatoria de lesbianas en Buenos Aires, frente a los Tribunales de Lavalle y Libertad, para acompañar la apelación al procesamiento de Mariana. Con carteles y consignas, exigieron el cese de la criminalización de las lesbianas y el cierre de la causa contra Mariana Gómez. Prometen acompañar a Mariana y Rocío hasta que esta pesadilla llegue a su fin y el toque de queda virtual sea solo un mal recuerdo.