Era tan joven y tan cariñosa y tan hermosa –esa belleza criolla de ojos oscuros y la sonrisa fácil– que su muerte dejó a sus lectores desolados, a quienes la conocieron muy tristes, a quienes trabajaron con ella perplejos, a sus amigos destruidos. Entrevistarla era una delicia; escucharla hablar con sus fans y con alumnos en colegios era asombroso, resultaba un alivio su sencillez nunca impostada, su lucidez que se permitía la duda, la claridad ideológica que admitía matices, en fin: su inteligencia política.

Su muerte temprana, piadosa –en el sueño, como muchos proclaman desear morir– es injusta, porque Liliana Bodoc tenía muchos años de disfrute por delante: años para disfrutar de su don insólito con la palabra y de su éxito y del afecto intenso de los lectores, esa pasión por los personajes, esa ansiedad por una próxima parte, ese goce de la ficción pura. 

Llamar a su muerte “injusta” seguramente provocaría una pequeña reprimenda de Bodoc: una ceja levantada, alguna tierna sentencia, un así es la vida y la muerte está en la vida y la explicación de cómo ella escribió una trilogía entera con la Muerte como uno de sus personajes principales. Gran parte de la trama de La saga de los Confines se construye alrededor de devolverle a la Muerte su rol igualador y alejarla del horror, del sinsentido, del desamparo. “Al aliarse con el Odio”, decía Bodoc en una entrevista de 2004, “la Muerte ha perdido su función natural que es procurar al mantenimiento de la vida. La apuesta de las Tierras Fértiles es a que la Muerte vuelva a encontrarse con su esencia, que es el polo opuesto a la vida, para que entre ambas el mundo siga”. Y, con la gran belleza que deslumbra en todo el libro, escribía en Los días de la sombra: “Todos sabían que su trabajo era doloroso pero necesario. Un poco parecido al invierno. Pero desde la guerra de Misáianes, su tarea había perdido honra, justicia y medida. No es Muerte, decían las criaturas, es exterminio. Y eso no se parecía al invierno”.

No es un consuelo ante la pérdida, pero es lo que ella pensaba. También pensaba, como escribía sobre unos jóvenes que iban a ser entregados en sacrificio, que ellos no querían irse de este mundo “donde nada era puro pero todo era bello”.

Liliana Bodoc escribió un clásico. A veces, en la exaltación de su personalidad, se pierde de vista esta obviedad. La saga de los Confines y sus tres partes, Los días del Venado, Los días de la Sombra y Los días del Fuego es un clásico latinoamericano a la altura de cualquier otro y que haya quedado casi exclusivamente del lado de la literatura juvenil es apenas una muestra de que sí existe un problema en cuanto a la valoración de los géneros que atraviesan las edades de los lectores. Como si hubiese un momento de la vida adecuado para la ciencia ficción, el fantasy y toda su familia genérica y ese momento llegara a su fin en un brumoso paso a la vida adulta donde la imaginación se guarda en el arcón de los recuerdos junto con cierto tipo de sensibilidad. A partir de ahí, hay que leer la literatura del mundo adulto o más preocupante aún: sólo gusta la literatura “adulta”, una categoría complejísima de definir cuando uno trata de hacerlo. Es un mandato arbitrario y bastante cruel y en algún sentido novedoso: Borges era un adulto entrado en años cuando prologó Crónicas marcianas para Minotauro en 1955: “¡Qué ha hecho este hombre de Illinois me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima?”, escribía. Ray Bradbury no ganó un solo premio importante en su vida, ni el Pulitzer, que hasta se llevó Carl Sagan con un libro de ficción (bastante bueno, por cierto).

Sería interesante pensar cuándo se dio este corte, cuánto tiene que ver el mercado, cuánto nuestros modos de relacionarnos con la imaginación y la literatura, cuánto un cambio sociológico. Pero hay que volver a Liliana Bodoc y La saga de los Confines para repetir: es un clásico latinoamericano. El libro –hay que tomarlo en su totalidad más allá de las tres partes– es una pregunta y una respuesta sobre el poder arriesgada, nunca antes formulada y que no opera sólo en el texto. 

Lo que Liliana Bodoc hace es apropiarse del género más blanco y más europeo de todos, el fantasy, y subvertirlo. Amaba a Tolkien, a Le Guin. Entendía que para dejar de disfrutarlos como lectora y asumirlos como influencias de escritura debía tomar sus modelos y escribir una épica latinoamericana. Y para hacerlo tenía que latinoamericanizar el fantasy. Esa operación no podía ser una insoportable bajada de línea sino una épica de trama y estructura sólidas, con la obsesión en la construcción de culturas de JRR Tolkien y Ursula K. Le Guin (su mirada antropológica está por todos lados en Bodoc: se entiende que haya querido traducirla, de lo que desistió porque ya era una mujer muy mayor) y con los elementos de la narrativa tradicional, es decir, el camino del héroe, los villanos, las traiciones, los sacrificios, los mapas, las batallas, los episodios: la saga. 

Poner de cabeza la fantasía épica la llevó a investigar las literaturas y las culturas indígenas americanas. “Mi hija, que es estudiante de antropología, fue la gran proveedora de textos. Usé el Popol Vuh: aunque es críptico uno entiende el ritmo, la belleza de las imágenes, la cadencia. Y trabajé mucho con los cronistas de Indias, las leyendas mapuches, la literatura azteca, Mircea Eliade. No es difícil conseguir el material, si se rastrea por la parte de antropología. Sí es mucho menos visible: toda la cosmovisión aborigen americana está oculta. Yo conocí una poética de los aztecas que es de una sutileza y una hondura infernales. Tenían una teoría del arte refinadísima, una claridad meridiana. Decían la vasija es una mentira del barro, pero siendo mentira del barro muestra el verdadero rostro de la tierra, que es ser bella, madre, contenedora. Ese modo de tergiversar para decir la verdad, el artificio, está muy presente en la filosofía azteca. De todos modos no hay una relación directa: los pueblos de La saga de los Confines no son estrictamente los pueblos americanos. Si bien hubo una referencia y trabajo bibliográfico, trabajé libremente sobre ese referente, no puse a la ficción de rodillas ante la realidad. Hice y deshice como me dio la gana. Lo único categórico es el punto de vista ideológico. Uno tiene que ponerse de un lado. Aunque nada es ni negro ni blanco, en algunos casos hay que decir contundentemente de qué lado se está. Sin embargo, dentro de esos pueblos hay roces.”

Esa es otra inteligencia política de la saga: la traducción de la fantasía épica a América no es un nuevo maniqueísmo. En las Tierras Antiguas, el hogar de los invasores, también hay resistencia al Poder. “Si dejaba como luchadores sólo a los de las Tierras Fértiles, caía en mi misma trampa. Terminábamos siendo nosotros los buenos: los oscuros, los sureños, los pobres. Y ellos, los rubios, iban a quedar como los malos. No quería eso. No hay marcas relacionadas con la excelencia espiritual. Me parece peligroso y arriesgado decir que nosotros somos los buenos y además no es verdadero.”

También es injusto reducir a Liliana Bodoc a La saga de los Confines. Escribió notables novelas realistas e históricas, como Presagio de Carnaval o Memorias impuras. De todos sus libros de literatura infantil la serie Elementales es deslumbrante: toma a seres mitológicos como Ondinas, Silfos, Nomos y Salamandras y los reconvierte de una manera que a esta altura puede llamarse “bodoquiana”. Estaba terminando su más reciente saga Tierra de dragones cuando murió. Cada uno de sus libros merece atención. Pero sucede que muy pocos escritores contemporáneos lograron un texto con el peso de La saga de los Confines: peso político, peso narrativo, un lenguaje deslumbrante, una fluidez magistral. Esta historia parece y suena con el eco de la memoria de una batalla antigua y real. Es actual y vieja, es un ejercicio de mediunidad para traerla a este plano, como traen sus relatos de viajes los chamanes. 

Liliana Bodoc recordaba que los chamanes son, sin embargo, trabajadores de la magia: todo les cuesta. En cada viaje al otro lado dejan la vida. Cada hierba puede ser demasiado peligrosa, cada camino demasiado de- safiante. Bodoc contaba que escribir Los Confines le había costado ocho años concretos y quién sabe cuántos de rumiar, de investigar, de imaginar al héroe Dulkancellin, al mago Kupuka, al delicioso zitzahay Cucub, a la sabia y jamás sentenciosa Vieja Kush, a la estratega Acila, a la sensual Nanahuatli, al horrible Drimus, a los jóvenes idealistas Vara y Aro, a ese dúo cruel que son Misáianes y su madre, la Muerte. Imaginar una leyenda y que esa leyenda imaginada se convierta en un mito es algo de lo que no solemos ser contemporáneos. Es un privilegio ser lectores de La saga de sus confines y un honor haber conocido a Liliana y a sus libros llenos de tristeza y esperanza.