Un arqueólogo experto en el Shincal de Quimivil, la capital más austral del imperio
Los misterios del legado inca
La civilización incaica constituye el gran tesoro de Latinoamérica. Con una población que rozó los 30 millones de habitantes hacia el siglo XV, todavía esconde secretos. El arqueólogo Marco Giovannetti está dispuesto a descubrirlos.
Marco Giovannetti se especializa en el estudio arqueológico del Shincal de Quimivil (Catamarca).Marco Giovannetti se especializa en el estudio arqueológico del Shincal de Quimivil (Catamarca).Marco Giovannetti se especializa en el estudio arqueológico del Shincal de Quimivil (Catamarca).Marco Giovannetti se especializa en el estudio arqueológico del Shincal de Quimivil (Catamarca).Marco Giovannetti se especializa en el estudio arqueológico del Shincal de Quimivil (Catamarca).
Marco Giovannetti se especializa en el estudio arqueológico del Shincal de Quimivil (Catamarca). 

Los incas tenían un dominio de la naturaleza sin parangón, un conocimiento fantástico en hidráulica, agricultura (manejaban 100 variedades de maíz y papas), piedra y arquitectura (con la impresionante Machu Picchu a la cabeza). Cultivaban una relación casi perfecta con los Andes, a partir de una virtuosa facilidad para transitar y sobrevivir en la altura; fueron grandes matemáticos y astrónomos; mezclaban saberes empíricos con fuertes dosis de religiosidad, basados en el principio de reciprocidad y los sacrificios. “La forma en que estructuraron su sociedad y consiguieron gobernar un territorio tan extenso es digna de admiración. Su legado es único, sin ir más lejos palabras como “cancha” y “locro” son de origen quechua”, describe el Investigador Adjunto del Conicet, Marco Antonio Giovannetti. Es doctor en Ciencias Naturales y Licenciado en Antropología (por la Universidad Nacional de La Plata) y se especializa en el estudio arqueológico del Shincal de Quimivil (Catamarca), la capital más austral del imperio incaico. Su propuesta es suspender la mirada occidental, revisar la historia desde una perspectiva andina y “desenterrar el pasado para interpretar el presente”. 

–¿Qué particularidades tenía el imperio inca a diferencia de otros como el romano? 

–La noción de imperio implica el empleo de una categoría que engloba sociedades bien distintas. No es lo mismo estudiar Roma que cuenta con una gran cantidad de datos disponibles gracias a los escritos que sobrevivieron, que investigar a los incas que no poseían un registro escrito tal cual lo conocemos nosotros. Roma tenía un poder militarista increíble, contaba con estrategas brillantes y un ordenamiento jerárquico muy preciso, mientras que las sociedades andinas eran diferentes. 

–¿En qué sentido?

–Los incas contaban con un ejército no profesionalizado, con la excepción de unos pocos individuos que actuaban como generales responsables de conducir los ejércitos –y se encontraban muy cercanos a la figura de su máximo gobernante, El Inca–. Los soldados, por su parte, eran campesinos que cumplían un turno  –“mita”– como tributo al estado. Entonces, repartían sus obligaciones entre la milicia y el campo. 

–En su apogeo, el imperio estaba conformado por casi 30 millones de personas...

–En sus orígenes, los incas representaban un pequeño grupo que hacia el 1000 d.C. estaba instalado en el valle del Cuzco. A partir de ese momento crecieron de una manera fantástica a una velocidad asombrosa, en parte por conquistas guerreras de otras poblaciones originarias y también por sus capacidades de negociación. Las alianzas a través de pactos y casamientos entre líderes grupales permitieron la emergencia de gobernantes incas que se expandían hacia distintas áreas. En solo 300 años lograron una expansión que no había conseguido ningún otro pueblo andino. Ese espacio que ocuparon recibió el nombre de “Tahuantinsuyo”, repartido en cuatro grandes regiones. 

–Tahuantinsuyo abarcaba desde el sur de Colombia hasta Mendoza y cruzaba la cordillera hacia Chile. ¿Cómo se organizaba un territorio de estas magnitudes?

–Existían centros políticos-administrativos y sitios menores denominados “tambos” conectados por el Camino del Inca, con su eje en el Cuzco. El Inca era el mayor gobernante; luego había personas encargadas de manejar cada una de las cuatro regiones; después había gobernadores; y, por último, estaban los “curacas” (caciques) de cada una de las comunidades conquistadas. El quechua era el idioma del Cuzco pero no el de todo el imperio, ya que los incas respetaban las costumbres de los pueblos que anexaban (a menos que estos se rebelaran, por supuesto). Existían castigos y leyes que se registraban en los “quipus” (sistema de hilos y cuerdas).

–¿Cómo era el día normal de un campesino?

–Los “runas” (así llamaban a los habitantes sin jerarquía) podían comenzar el día dedicándose al cultivo del maíz, luego a la cosecha y por último al almacenamiento. Lo más sorprendente es que las crónicas españolas relatan que mientras realizaban sus deberes, se divertían con música, danzaban y tomaban “chicha” (bebida fermentada a base de maíz). El trabajo se ofrecía al estado y se dividía en turnos; como contraparte, el gobierno se comprometía a darles de comer y beber, y aseguraba los elementos de trabajo. Algo similar ocurría con los artesanos de cerámicas, los labradores y los constructores de edificios. 

–¿Qué hay de la religión? Muchos autores afirman que los incas conformaban un estado teocrático.

–Más bien diría que se trata de un estado que cargaba sobre la espiritualidad múltiples factores sociales. Incluso, es interesante ver cómo se manejan las sociedades andinas actuales, en relación a los ritos de acercamiento a la Pachamama (Madre tierra). Desde la cosmovisión incaica la naturaleza es un ser vivo, tiene conciencia, memoria y poder de acción sobre los humanos. Los ríos, las piedras, los árboles y los animales son “waka”, es decir, pueden llegar a convertirse en seres sagrados y modificar la realidad. Por ello, cuando los incas querían anexar un nuevo sitio a su imperio negociaban con los jefes pero también con los wakas, porque consideraban que protegían aquellos sitios. Sus conocimientos astronómicos acerca de los movimientos solares y de los cuerpos celestes no podían separarse de su concepción acerca de “Inti”, nombre con el que identificaban al sol, la deidad más significativa del imperio. 

–¿Por este motivo son comunes los sacrificios de altura?

–Los incas creían que la naturaleza era muy poderosa le entregaban ofrendas de privilegio. A menudo, los sacrificados eran los hijos de los gobernantes y de individuos con cargos jerárquicos. En el Museo de Arqueología de Alta Montaña (Salta) pueden observarse a los niños momificados. Fueron localizados en 1999; se cree que venían peregrinando durante meses desde Perú y murieron congelados tras ser drogados y emborrachados en las alturas. Quienes morían en estas circunstancias se convertían en deidades. 

–Sus muertes eran consideradas ofrendas. ¿Cómo eran sus festividades? 

–Según las crónicas de los españoles se puede advertir que los incas celebraban (al menos) una fiesta por mes. Estos eventos servían de ejemplo para comprender la reciprocidad de la población respecto al estado, ya que lo que obtenía del trabajo de los runas lo devolvía en construcción de infraestructura (camino del inca, terrazas de cultivo en canales de irrigación), pero sobre todo en la financiación de las celebraciones. En el Shincal, uno de los últimos centros ceremoniales del sur, hay una plaza de 175 metros de lado que se colmaba de gente y la chicha corría a mares durante una semana entera. Mientras tanto, en las adyacencias, las mujeres utilizaban morteros y producían cantidades enormes de maíz. Con este gesto, los gobernantes devolvían la generosidad del trabajo brindado por los campesinos y otros trabajadores. 

–¿Y qué encontraron en el Shincal? Sus investigaciones se concentran allí.

–Restos de vasijas que podrían indicar el trabajo simultáneo de unas 180 mujeres, una verdadera industria. Por evidencias cerámicas, a partir del análisis de activación neutrónica (realizado en el Centro Atómico de Ezeiza), también pudimos advertir que la gente se acercaba desde Chile, Santiago del Estero, La Rioja y Humahuaca. Pienso que deberíamos imitar la capacidad festiva de las sociedades andinas, ya que solo reservamos estos momentos de encuentro para fechas como Navidad y Año Nuevo. A diferencia de otros sitios que ya existían previamente al imperio, fue construido exclusivamente por los incas. Fue planificado a la manera de una cartografía cosmológica, pues la plaza estaba ubicada en el centro de cuatro cerros de baja altura (25-30 metros) distribuidos en los cuatro puntos cardinales. Esta disposición, que para nosotros podría tener un sentido geográfico, para los incas era sagrada (aún en las celebraciones andinas actuales se saluda a “los espíritus de las cuatro direcciones”). Como el espacio estaba vivo, las referencias eran importantes. Los cerros fueron modificados por los incas con peldaños, líneas marcadoras calendáricas, tumbas que aún no hemos excavado y sitios de chamanismo. En el medio de la plaza se ubicaba la plataforma ceremonial más importante, el “Ushnu”, con una geometría que respondía a la cartografía de sus cosmovisiones, como si la tierra fuera una maqueta de lo que ocurría en el cielo. El inframundo, el mundo en el que vivían las personas y el mundo de arriba estaban ampliamente conectados. 

–Usted hace divulgación, ¿por qué comunicar la arqueología?

–He escrito fascículos cuya colección es titulada “Sitios arqueológicos argentinos” con un lenguaje sencillo y fuerte apoyo visual. Allí, diferentes arqueólogos relevan los sitios locales más importantes para compartir los resultados del trabajo profesional de una manera más amena. El objetivo es mostrar que la arqueología no es un hobby, sino que implica un compromiso social. En la medida en que recuperamos el pasado y la memoria, criticamos esa corriente contemporánea que solo valoriza el presente y el futuro. Nuestro cuerpo está compuesto de miles de experiencias, mientras que la memoria está en constante actualización ya que legitima los proyectos políticos actuales que transforman nuestras realidades todo el tiempo. Tenemos que desenterrar ese pasado para poder proyectarlo. 

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